La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”Cuando el destino nos alcance”

28.03.2014 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “Cuando el destino nos alcance” (Soylent Green, Richard Fleischer, 1974) fue una noche, en televisión, en mi época de universitario, y supuso la confirmación de que las distopías se habían convertido poco a poco en mi subgénero preferido dentro de la categoría cinematográfica de la Ciencia Ficción.

Llovía sobre mojado, claro.

Porque durante mi adolescencia, y aún antes, yo ya había presenciado en “La fuga de Logan” (Logan’s Run, Michael Anderson, 1976) cómo los ciudadanos que están a punto de cumplir los 30 años de edad eran renovados en el Carrusel, como quien dice, renovados de chapa y pintura; había también presenciado con estupor las trabas administrativas que tienen que sortear los habitantes de la urbe subterránea de “THX-1138” (George Lucas, 1971) para poder salir al campo a dar un simple paseo al atardecer; gracias a “La naranja mecánica” de Kubrick (“Clockwork Orange”, 1971) fui consciente de que, quizá, no es tan buena idea darle cuerda, como si de un reloj de cuco se tratase, al cerebro de un jovenzuelo ultraviolento; por obra y gracia de Michael Radford y su “1984” advertí igualmente que tampoco debe ser bueno para la salud tener en el salón de casa un plasma full HD de 100 pulgadas con un Big Brother observándole a uno con sus ojos de búho; por último, esta vez gracias al “Fahrenheit 451” de François Truffaut, comprobé que tiene que haber mejor combustible que los libros de Kafka, Cervantes y Descartes para encender una barbacoa de jardín.

Con todo este bagaje distópico entre pecho y espalda está claro que cuando el destino me alcanzó, cuando probé el Soylent Green, allá por el 91, quedé más que fascinado.


Y eso que “Cuando el destino nos alcance” no es, ni de lejos, la mejor de las distopías filmadas, pero sí contiene uno de los planteamientos distópicos más terroríficos y sugerentes que puedan concebirse: ¿qué ocurriría si en un hipotético futuro los recursos naturales del planeta se hubieran agotado, si hubiera desaparecido en su totalidad la fauna y la flora terrestres? ¿Cómo podría alimentarse a la población?

Por cierto, no se lo he preguntado todavía: si tuviesen que elegir, ¿qué preferirían ustedes? ¿Una tableta de soja o un filete? Simple curiosidad…

Toda distopía que se precie (la palabra distopía significa etimológicamente mal lugar, por oposición al término acuñado por Tomás Moro en su obra “Utopía” = lo que no está en ningún lugar) necesita una coartada argumental solvente, un objeto, simbólico o no, algo así como una especie de Macguffin que sustente el orden social, nefasto pero necesario, en el que se apoya el Sistema: en “Cuando el destino nos alcance” ese artefacto es el soylent, en sus variedades roja, amarilla o verde, un alimento sintético gracias al cual puede nutrirse la población; en “Fahrenheit 451” la excusa es el fuego, purificador, claro, que devora entre sus fauces todo vestigio de la cultura escrita del pasado; en “THX-1138” son los fármacos de síntesis y el control mental los que mantienen a raya a los ciudadanos de las profundidades del subsuelo; y en “La Fuga de Logan” el invento que garantiza la perpetua renovación de la carne no es otra cosa que el vertiginoso Carrusel.

¿Ven qué fácil es hacer feliz al ser humano?

Por supuesto, lo digo con ironía, porque todas estas distopías literarias y cinematográficas (“Los hijos de los hombres”, “Zardoz”, “Metrópolis”, “Un mundo feliz”, “El Planeta de los simios”, “Rollerball”, “Mad Max”, “Ultraviolet”, “La isla”…) son pesadillas vívidas en las que un héroe, el protagonista, es alguien que alcanza la lucidez como consecuencia de un hecho traumático, de un fallo del sistema o de un acontecimiento fortuito que permiten una dolorosa toma de conciencia. A través de esa revelación, el héroe (o el antihéroe, según cómo se mire) puede entrever que hay algo que no encaja en la realidad que le rodea (recuerden “Mátrix” y su metáfora de la pastilla azul y la pastilla roja).
En “Cuando el destino nos alcance” la iluminación que recibe el policía Robert Thorn interpretado por Charlton Heston procede, en parte, de los descubrimientos que realiza éste a partir de su investigación en un caso de asesinato. Y digo “en parte” porque el resto de su toma de conciencia se debe a las aleccionadoras conversaciones que mantiene con su compañero de piso, el entrañable “Sol” Roth (Edward G. Robinson), un veterano profesor que le explica a Heston con tanta amargura como paciencia cómo era el mundo de antaño, un mundo donde el planeta todavía era un sitio habitable en que la hierba crecía y existía suficiente comida para todos.

“Cuando el destino nos alcance” es una película que contiene una de las secuencias más terribles que yo haya presenciado: la cruel eutanasia a la que se somete el anciano Roth, tan desencantado como vencido, que prefiere morir contemplando en un siniestro cinerama cómo era la Tierra de su juventud a seguir viviendo en un mundo tan deshumanizado como caníbal:


Es imposible no llorar cuando se contempla esta escena espeluznante, envuelta en las notas de la Pastoral de Beethoven.

Ver “Cuando el destino nos alcance” desde la atalaya del año 2014 -he de advertírselo a ustedes- es una experiencia un tanto kitsch: la fotografía, el vestuario, los decorados, e incluso ciertos diálogos, resultan acartonados, apropiados quizá para aquel 1974 en que fue rodada, pero caducos ya hace bastante tiempo. A pesar de todo, la película plantea cuestiones muy aprovechables y hasta cierto punto vigentes: dilemas éticos, medioambientales e incluso consideraciones filosóficas de lo más agudo. Es muy entretenida en todo caso y, como les he dicho antes, aparecen Charlton Heston y Edward G. Robinson. Ah… ¡y Joseph Cotten!

La película de Fleischer constituye una de esas rarísimas excepciones en que la traslación del título original al castellano resulta feliz. Reconózcanlo: “Soylent Green” frente a “Cuando el destino nos alcance” no tiene nada que hacer. Cuando-el-destino-nos-alcance: casi parece el nombre de una novela inédita de Proust, o de Murakami. Que no hay color, vamos.

Por otra parte -poniéndonos catastrofistas-, el futuro que nos plantea para el año 2022 quién sabe si algún día podría convertirse en realidad.

Twitter: José Manuel Albelda
 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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