La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”Casablanca”

20.09.2013 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi Casablanca (Michael Curtiz, 1942) debió ser por el año 85 y, para serles sincero, tengo que confesar que me aburrió un poco.
Sacrilegio, ¿no? -dirán ustedes.

Verán. Yo creo que tengo una coartada más o menos convincente para justificar aquella decepción que me produjeron sin comerlo ni beberlo Bogart y la Bergman, pobrecitos míos, y esa coartada no es otra que una predisposición anímica que podríamos denominar sobredosis de expectativas (en los últimos tiempos, algunos modernos califican al fenómeno como “hype”).

Es que lo tengo comprobado, ¿saben? Da igual que se trate de Pasaje a la India, de El mago de Oz, o como en el caso que nos ocupa, de Casablanca (por ponerles tres ejemplos dispares de películas de las que yo lo esperaba todo, películas que en un primer visionado me decepcionaron y que después, con el tiempo, acabaría adorando), como uno se halle expuesto sin chaleco antibalas y casco reglamentario a un bombardeo de recomendaciones, por bien fundadas que sean, como éstas lleguen en aluvión desde distintas trincheras cinéfilas sin dar tregua, el ánimo, que es muy suyo y se comporta de forma tan caprichosa como el juicio, acaba por volverse del revés y por rebelarse no sólo contra la película en sí, sino contra el mismísimo Rick Blaine que viniera en persona hasta Madrid a convencerle a uno de que se fuera a tomar un whisky con él a su café americano.

Es exactamente lo que me pasó a mí.

A mediados de los ochenta yo me sentía muy culpable. ¡Cómo era posible que un adolescente que mostraba tanto interés cinéfilo como yo caminara por la vida como si tal cosa sin haber visto Casablanca! Todo el mundo convenía en ello: Casablanca siempre ha sido un destino, un precepto y hasta un rito de iniciación para cualquier amante del Cine que se precie. Casablanca satisfaría –me decían-  todo lo que yo había buscado en una película, porque Casablanca era más que una película ya que trascendía los géneros cinematográficos: Casablanca era cine negro, sí, pero de una negrura más oscura que la de ninguna otra cinta porque contenía la pura esencia de la fatalidad, y Casablanca era drama bélico, sí, solo que de una violencia mucho más sutil y asesina que la de ningún otro drama bélico anterior porque Casablanca estaba cargada de desesperación existencial, y sí, por último, Casablanca era romance, romance de romances, porque Casablanca albergaba la pasión más intensa que hubiera dado el arte desde la Bovary de Flaubert. Eso decían todos de Casablanca; no con estas mismas palabras, pero casi.


Casablanca. Casablanca. Casablanca.

¡Basta! Vosotros lo habéis querido: veré Casablanca  el mes que viene, o la semana que viene; ¿qué digo?, ¡la veré hoy mismo, ésta misma noche! A ver, dejadme un periódico, quiero echar un ojo a la programación: ya está, dicho y hecho, hoy la ponen en la tele, en el cineclub de la Segunda Cadena. 
Casablanca, por fin, vista durante una tórrida medianoche de julio del 85 en el televisor ITT de casa.


Cuidado, susurra alguien: a ver si después de tanta historia va y le decepciona.


Pues sí señor, eso fue lo que pasó: que fue y me decepcionó: todo en ella me parecía un poco artificial y hasta tópico, como si ya lo hubiera visto antes, y no una, sino varias veces.


Al menos, eso fue lo que pensé en aquel momento.


Porque lo que me ocurriría después es que para empezar a amar a Casablanca yo necesitaba dejar correr el tiempo y olvidarme de Casablanca: olvidarme de París y de Ilsa Lund, de aquel vestido azul suyo en blanco y negro que tanto contrastaba con el gris uniforme de los alemanes. Necesité olvidarme del piano de Sam y de su forma aguardentosa de tocar, como nadie, “As time goes by”, a las tantas de la madrugada, solos él y yo en la barra, cuando todos se han marchado ya de Rick’s. Necesité olvidarme de indecorosos truhanes como Renault, de su cinismo, aún mayor que el mío, ese cinismo que acabaría por conducirnos a ambos hasta el comienzo de una bonita amistad. Olvidar las aguas milagrosas de los manantiales de Casablanca, olvidar la botella de Vichy, olvidar los dichosos salvoconductos de Ugarte, pobre, olvidar la Marsellesa entonada por Yvonne con aquellos ojos suyos cuajados de lágrimas…¡necesité olvidar tantas cosas antes de reencontrarme con Casablanca!


Necesité, en definitiva, llegar a Casablanca por mi propio pie.


De todas formas, a estas alturas de la película -nunca mejor dicho- tampoco les voy a engañar: aunque al final terminara por amarla y aunque ahora me emocione cada vez que cruzo el umbral de esta ciudad, Casablanca no se encuentra entre mis veinte o treinta películas preferidas. Si está, quizá, entre las cincuenta o sesenta primeras. Prioridades, compromisos, preferencias… Ya saben ustedes que las razones del corazón de un cinéfilo son extrañas. Y fútiles. Es como si Casablanca y yo siempre hubiéramos sido tres, en lugar de dos, como si Casablanca nunca hubiera sido del todo mía: ¡pero qué importan los problemas de tres pequeños seres en este loco mundo!

José Manuel Albelda
 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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