La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”Amadeus”

17.10.2013 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “Amadeus” (Milos Forman, 1984) fue a los pocos días de su estreno, en un cine de la calle Príncipe de Vergara al que yo siempre le he tenido mucho cariño, el Cid Campeador.

De “Amadeus” yo lo esperaba todo.

Siempre he mantenido en las páginas de este post que el exceso de expectativas ante un estreno es un peligroso enemigo. Hay excepciones sorprendentes, porque lo cierto es que “Amadeus” me dio todo de ella, y aún mucho más.


Antes de ver “Amadeus” yo pensé que entraba a ver una superproducción de época más, una película con muchos oscars a la espalda, como tantas otras cada año, correcta, previsible, y punto; pero lo que encontré fue una de las más descarnadas, amargas y fascinantes crónicas que yo haya presenciado sobre la ambición humana, y sobre la envidia, prima hermana de la primera.


Antes de ver “Amadeus” yo pensé que entraba a ver una película alrededor de la rivalidad entre dos compositores clásicos que para mí no significaban nada; pero salí conmocionado con la mediocridad lúcida de un Salieri del que yo no había oído hablar, y acabé enamorado de la genialidad de la música de un Mozart del que yo sí había oído hablar pero del que yo lo desconocía casi todo.


Antes de ver “Amadeus” yo no era consciente de que un película se pudiera doblar así al castellano, ni de que existían prodigios como la voz de Claudio Rodríguez -tras un F. Murray Abraham en el papel de su vida-, que me estremecería hasta el tuétano con su timbre de órgano de tubos y sus resonancias de viola de gamba.


Antes de ver “Amadeus” yo no suponía que la ópera fuera algo tan conmovedor, no pensé que la ópera sonara así de rotunda con el dichoso Dolby Stereo, ni sabía que aquel primer contacto con las notas de “La flauta mágica”, “El rapto en el serrallo” o “Don Giovanni” iban a ganar mi devoción hacia un género musical al que yo antes despreciaba con infinita intensidad (e ignorancia).


Antes de ver “Amadeus” yo no sabía qué cosa era el Requiem de Mozart, ni, por supuesto, sabía lo que era un “Dies irae”, ni un “Confutatis” ni un “Lacrimosa”. Lo descubriría con el tiempo, como también descubriría -50 grabaciones del Requiem más tarde- que nunca ha existido un conductor tan inspirado para dirigir esta pieza como Karl Böhm.

 

Antes de ver “Amadeus” yo pensaba que 158 minutos eran una eternidad, pero tras verla y salir del cine obnubilado y volver a mirar aquel cartel terrorífico con aquel dibujo de Salieri enmascarado que tiende sus brazos a Viena sentí que tenía que volver a ver aquella película como fuera, una, otra y otra vez, y aún siempre que me fuera posible.
Antes de ver “Amadeus” yo pensaba que las biografías históricas tenían que ser la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad: yo pensaba que a un dramaturgo como Peter Shaffer o a un director como “Milos Forman” les costaría caro afirmar que Salieri había matado a Mozart, como quien dice, casi con sus propias manos. Pensé que no se podía salir indemne tras dibujar a un Mozart estúpido. Sin embargo, pensándolo mejor, descubrí que por mucho que los historiadores musicales se rasgasen entonces las vestiduras ante estas licencias de “Amadeus”, la sinceridad de un guión no se puede medir con regla y cartabón según haya sido o no fiel a unos hechos reales: tratándose de Cine, y de ficción, no de exactitud documental, es otra clase de sinceridad la que debe exigirse, una clase de verdad que nada tiene que con la verdad de los arqueólogos o los archiveros; porque es un tipo de verdad que, más bien, es la verdad de los poetas.


Antes de ver “Amadeus” yo no sabía que el Cine es una arma cargada de metáfora.


Más de dos décadas después de aquella memorable tarde de 1984 que compartimos mi madre y yo en el Cid Campeador, la historia de mi relación con “Amadeus” tendría una coda agridulce. Sucedió que cuando por fin pude ver la esperada “versión del director” con 20 minutos adicionales de metraje, mi corazón quedó –literalmente- destrozado; o, si lo prefieren, dividido en dos mitades: por un lado, desde el punto de vista narrativo, me parecieron sumamente esclarecedoras las secuencias incorporadas en el nuevo montaje; por otra parte –y de esto no tiene culpa alguna Milos Forman-, mi oídos no pudieron acostumbrarse al nuevo doblaje al castellano.


Aquel “Director’s cut” fue como estrenar unos fabulosos zapatos nuevos, imponentes a la vista, pero facturados con una horma imposible de calzar.


Al igual que me ocurriría con el redoblaje del “Superman” de Donner, descubrí que cuando hay ligadas emociones tan intensas a películas del pasado que tanto han significado para uno, la memoria no perdona los cambios, por bienintencionados que éstos sean.


Definitivamente: descubrí que aquel “¡mediocres del mundo, yo os absuelvo!” no sonaba igual en labios de otro que no fuera Claudio Rodríguez.

 

José Manuel Albelda


 
 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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