La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”Alien, el octavo pasajero”

07.03.2014 | 0 Comentarios
alien_octavo

La primera vez que vi “Alien, el octavo pasajero” (Alien, Ridley Scott, 1979) fue en vídeo, tres o cuatro años después de su estreno, en un viejo VHS. Qué le vamos a hacer. Tanta arruga tenía la cinta, copia de copia de copia tirada a partir de un ya deficiente original, que el visionado fue una extenuante carrera de obstáculos; y es que aquel VHS malvado mutilaba el glorioso Panavisión en que había sido fotografiada la película de Scott y lo reducía a las proporciones de una ventanita exigua en formato 4:3. Puede decirse que vislumbré la mitad del campo visual del “Alien” original. Escandalícense y sean solidarios conmigo, porque aquella era la sutileza con que la incipiente industria del vídeo adaptaba –con tanta torpeza como saña- los primeros blockbuster destinados al consumo doméstico. Los 80 fueron tiempos crueles con lo estético. No necesito recordarles a ustedes lo que decía aquella canción de Buggles, “Vídeo killed the radio star”:

Yo creo que el vídeo no sólo asesinó a la vieja estrella de la radio sino que también liquidó sin contemplaciones la dirección de fotografía de muchas de las mejores películas de las tres décadas precedentes: “Apocalypse Now”, “2001: odisea espacial”, “Doctor Zhivago”, “West Side Story”, “El día más largo” y “Alien”, la película que nos ocupa, fueron algunas de las víctimas asesinadas a bocajarro por las cintas domésticas de VHS y Betamax. De cara a la difusión de cine en la pequeña pantalla, la banda negra superior e inferior que garantizaba la integridad del formato original se convirtió en sinónimo de peste bubónica. Pero esa es otra historia.

Aún con estos inconvenientes, ver por primera vez aquel “Alien” de Ridley Scott supuso para mí una experiencia cautivadora.

Fue sonar aquella partitura gaseosa de Jerry Goldsmith mientras se iban perfilando sobre  fondo oscuro los caracteres que dan título a la película, A L I E N, y los espectadores entendimos que allí se venía a algo más que a pasar miedo; era aquel un viaje iniciático, una inmersión en el espacio profundo que existe más allá de Júpiter y de Alderaan, una zambullida en las simas del inconsciente. A partir de “Alien” los pasados terrores del hiperespacio se convirtieron en cosa de niños.
Y probablemente me quede corto.


El miedo que inspira el “Alien” de Scott, al igual que ocurre con el Drácula de Stoker o con el moderno Prometeo de Shelley, es un horror primordial, sugerido apenas, inimaginable en toda su extensión, en todo caso inabarcable para la mente racional: en la película no se comunica en ningún momento de forma explícita, pero el espectador avezado pronto intuye que más allá del fabuloso carguero Nostromo y del planetoide desde donde se emite la desconcertante señal de socorro, según se desciende desde aquella compuerta que parte desde el útero materno hacia la ciénaga, según se atisba entre neblinas ácidas el contorno de aquella nave exótica con forma de espuela que contiene toda aquella ingeniería naufragada, según se desvelan más y más estructuras orgánicas y nuevos pasillos tubulares, ornamentos de ignominia, vestigios incomprensibles, uno se topa de bruces nada menos que con el universo abominable de Lovecraft. Y eso, amigos míos,  son palabras mayores.

Cuánto talento. Cuánta capacidad de anticipación la de aquel Ridley Scott al que tuve la oportunidad de conocer cierta noche en el Doré.

Lo comenté ya en otro post reciente: qué pena que el Ridley Scott de “Los duelistas”, el Scott de éste nuestro “Alien”, ya mitológico, y del no menos milagroso “Blade Runner”, muriera después de aquellos tres títulos; el resto de su obra, -y miren que ha llovido cine firmado con su nombre-, a excepción de “Thelma & Louise”, para mí sólo ha sido declive.
En cualquier caso, siempre nos quedará París, y siempre tendremos aquel “Alien” en que el propio Scott y el guionista Dan O’Bannon nos desvelaron con retardo, esto es, con astucia de tahúres como si de un delfín “tapado” se tratara, el estrellato de nuestra queridísima Sigourney Weaver (hasta bien entrada la segunda mitad de la película el espectador no descubre que es ella y no otro personaje, a excepción del monstruo, la auténtica protagonista de la historia).

En el cine de hoy en día estos juegos malabares son mucho más predecibles.

Todo es verdad en “Alien”. Más Verdad que el cinema verité, más Verdad que el cine ojo de Vertov, y más Verdad que el neorrealismo italiano. Lo que no está nada mal teniendo en cuenta que se trata de una simple cinta de ciencia ficción que vio la luz en el 79. Exagero, claro, pero hablo en hipérbole para que se me entienda. Las maquetas que no parecen tales, los bocetos de Giger, el diseño de la criatura alumbrada por Carlo Rambaldi, las sucesivas fases y transformaciones del xenomorfo (me encanta esta palabra y hasta la fecha no había tenido la oportunidad de colocarla), el ácido que todo lo inunda, la sangre de los infectados por el bicho que a todos salpica, las iniquidades de la vida artificial y sus recovecos, el imponente carguero Nostromo con aquel aspecto viejuno… todo es Verdad. Y es Verdad y es verosímil sin recurrir a un solo efecto digital, lo que aún tiene más mérito. Pero, sobre todo, es maravillosamente creíble la propia existencia de la nave alienígena, siniestra, ciclópea, viva y muerta al mismo tiempo: en mi opinión se trata del más espeluznante escenario en que haya sido ambientada una película espacial.

John Hurt, como siempre, preciso, puntual como un reloj dentro de su fragilidad. Ian Holm, terrible y ambiguo al mismo tiempo. Harry Dean Stanton, discretísimo, e impecable. Del resto del reparto, además de nuestra ya aludida Sigourney, debemos decir que todos y cada uno de los siete pasajeros estaban más que correctos dentro de sus respectivas posiciones. Y eso que no eran papeles especialmente agradecidos.

Porque en el “Alien” de Scott, como en el cine de Tarantino, si nos descuidamos muere hasta el apuntador.

Pero es que el Espacio no es cool, señores pasajeros: es un lugar pero que muy, muy sucio, y ciertamente peligroso.

 

Twitter: José Manuel Albelda




 

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JMALBELDA_CINE

Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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