La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”2001, una odisea espacial”

21.06.2013 | 0 Comentarios
odiseaespacio470

La primera vez que vi “2001, una odisea espacial” (Stanley Kubrick, 1968) aún no era mi película favorita. Hoy, le pese a quien le pese (incluso a mí mismo), lo es. ¿Saben? Todos tenemos un Talón de Aquiles cinéfilo, una filia o una fobia primordial de la que no es posible desprenderse por más que uno lo intente. Pues bien: si me obligaran a elegir a punta de pistola entre mis cien películas predilectas, “2001” sería mi prioridad absoluta. Así me luce el pelo. Porque verán: uno siempre queda fenomenal si confiesa públicamente que su película más querida es Casablanca o El Padrino, si presume de que el Centauros de Ford, el Sueño Eterno de Hawks o el Ciudadano de Welles están por encima de todas las otras cumbres del Séptimo Arte; pero, reconozcámoslo, si uno defiende que “2001” es su película de cabecera, el gesto del auditorio se tuerce y las sonrisas a media asta se enarbolan con fruición maligna. No es de extrañar, porque ya desde su propia gestación y aún antes de su estreno “2001” fue una película odiada y amada a partes iguales con admirable intensidad. Así, les aseguro que no es cómodo para un servidor reconocer que el amor de mi vida habita en esos irrepetibles ciento  cuarenta y tres minutos del celuloide más kubrickiano que haya sido filmado, “2001”, una pirámide cinematográfica a la que cierto crítico de cuyo nombre no quiero a acordarme calificó despectivamente “película mediocre que se resume en un par de metáforas incomprensibles acompañadas de un ballet de naves espaciales”.


¿Ven lo que les decía?


Recuerdo que con 10 años recién cumpliditos, poco antes por tanto de ver por vez primera “2001”, yo estaba absolutamente fascinado con la primera saga de “La Guerra de las Galaxias”. Corría el año 1980 y se acababa de estrenar en España “El Imperio contraataca”, la segunda entrega de la serie, lo cual, todo hay que decirlo, había dejado en mi ánimo infantil cierta sensación de amargura, por lo inconcluso de su argumento y por ser, seguramente, el capítulo más sombrío de la trilogía. Con todo, lo cierto es que el universo fabuloso de todo aquel Star Wars poblado de x-wings, destructores imperiales y halcones milenarios había enajenado mi imaginación de niño tan profundamente como, varios siglos atrás, cierto hidalgo manchego hubiera sido desquiciado por los pobladores ilusorios de los libros de caballería.

 Como tantos críos de mi generación, de la mano de George Lucas había entrado por la puerta grande en el cosmos de la ciencia ficción y yo soñaba y vivía en el hiperespacio.
Cómo me vería mi madre de hipnotizado con toda aquella ensalada galáctica que una tarde de verano, después de ojear el periódico, me anunció con astuta timidez: “para naves impresionantes, las que salían en la película 2001 de Stanley Kubrick. Fíjate: la ponen al lado de casa, en el Duplex. Vi esa película hace muchos años y me encantó. El único problema es que no sé si te va a gustar porque es un poco lenta y quizá tú todavía no la entiendas”. Pensé para mí: “¡qué problema hay en yo no entienda la bendita 2001! ¿No salen naves espaciales? ¡Pues eso es lo importante!”.

 
Rápido, vámonos a ese cine Duplex, no perdamos ni un segundo, no sea que no quedan ya entradas.


Quedaron entradas, ustedes no se preocupen, porque el cine Duplex, hoy desgraciadamente desaparecido, era una discreta sala de barrio ubicada en la madrileña calle de General Oraa, casi en la esquina con Francisco Silvela, donde se proyectaban viejas películas de reestreno.


Vimos, sí, “2001, una odisea espacial”, y las previsiones se cumplieron: en aquel momento no comprendí gran cosa de su argumento. Pero, miren, una cosa sí entendí: al lado del Discovery, al lado de la estación orbital de la Luna, al lado de la base en el cráter de Tycho, los halcones milenarios y las Estrellas de la Muerte me parecieron un chiste. Aquellas naves espaciales de Douglas Trumbull y Kubrick sí que iban realmente en serio. No quiero ponerme estupendo y  decir que al niño que entonces era yo le parecieron preferibles héroes de odisea como los Poole, Bowman o Floyd a los Han Solo y Luke Skywalker, pero sí diré que “2001” me cambió para siempre la perspectiva: la ciencia ficción era también cosa de adultos. Aquella iniciación me hizo sentir importante, ya ven lo que son los niños. Desde entonces, me embarqué en el Discovery, y hasta hoy: sigo de camino a Júpiter. De Júpiter al infinito.


En una ocasión, John Lennon, fascinado por esta película, llegó a decir que “2001” debería ser proyectada en una catedral. Yo no he necesitado tanto: habré visto “2001” en una sala de cine más de 10 veces; ninguna ocasión, para mi desgracia, en el glorioso Cinerama original en que fuera concebida. En vídeo, en televisión, en dvd y en Blue Ray, si digo que la he visto otras 50 veces… me quedo corto. Puedo rememorarla plano a plano, transitar por los pasillos de la Discovery y explicar el misterio metafísico del Monolito con la misma familiaridad que recito la tabla de sumar. Pero, para mi, aquella tarde en el Duplex en que vi pero no entendí, será para siempre una de las experiencias más memorables de toda mi vida. ¿No es acaso ese el secreto de la felicidad, experimentar instantes inefables, insignificantes para los demás pero esenciales para nosotros, que para siempre nos acompañan?


Una cosa más diré: no creo que asistiéramos al pase en el Duplex más de 10 espectadores: mi madre y yo, un par de matrimonios despistados y, aquí y allá, como setas solitarias, algún que otro cinéfilo de guardia; por cierto: recuerdo que me llamó la atención cierto personaje desaliñado, un sujeto de mediana edad con una barba muy poblada y oscura que no paró de roncar durante toda la proyección (ahora, aún a riesgo de que me traicionen las distorsiones de la memoria, diría que aquel hombre se parecía bastante, ¡qué cosas!, al mismísimo Stanley Kubrick). Pero esa es otra historia.

José Manuel Albelda


 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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