La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”¡Qué bello es vivir!”

19.12.2013 | 0 Comentarios
quebelloesvivirpeli


La primera vez que vi “¡Qué bello es vivir!” (It’s a wonderful life, Frank Capra, 1946) fue hace muchos años, allá por el 79 o el 80, pero no fue durante una Navidad.


Yo comprendo perfectamente que esta maravilla de Capra se haya convertido con el paso del tiempo en la película que más veces se ha emitido en televisión durante fechas navideñas: al fin y al cabo, su argumento, su propia arquitectura, el gigantesco flashback que narra el trascurso de la vida de nuestro entrañable George Bailey (James Stewart), está enmarcado en los momentos previos a la Nochebuena más memorable que nos haya regalado la ficción cinematográfica, con el permiso del señor Dickens y de las sucesivas adaptaciones que de su “Christmas Carol” se han hecho. Es una verdad incuestionable: “¡Qué bello es vivir!” es tan consustancial a las fechas navideñas como lo son los Reyes Magos, los mazapanes o el espumillón.

Sin embargo: ¿es posible disfrutar de “¡Qué bello es vivir!”, por poner un supuesto extremo, durante una calurosa tarde de julio?

Lo es, doy fe; yo he hecho la prueba y me ha ido estupendamente. Porque, como todos los prodigios que verdaderamente lo son, ”¡Qué bello es vivir!” contiene una lección más intemporal que una simple apelación sentimental a los buenos propósitos para el año nuevo, un trasfondo mucho más profundo que la mera la invocación al espíritu de las Navidades pasadas, presentes y futuras. Si lo pensamos bien, “¡Qué bello es vivir!”, se tengan las creencias que se tengan, se posea o no una visión trascendente de la existencia, por su mensaje, por su genialidad, por su verdad, es, quizá, una de las películas más universales que se han filmado.

“¡Qué bello es vivir!” es meridianamente clara: se entiende a la perfección, sea el espectador niño o adulto, optimista contumaz o pesimista irredento.

Que después de visionar “¡Qué bello es vivir!” uno se siente impelido a ser mejor persona es evidente. No ya por aquello de ayudarle al pobre Clarence a ganarse sus merecidas alas de ángel de primera clase sino porque esta película, como casi todas las obras de Frank Capra, apela al corazón con razones capaces de convencer, y cautiva a la razón con emociones capaces de estremecer. Dicho lo cual, les confesaré que anoche, a una semana exacta del 25 de diciembre de 2013, volví a ver esta película, por enésima vez, por recordarla mejor: en ningún momento me pareció que hiciera una sola concesión al sentimentalismo: otra cosa es que sea en todo momento emocionante, hasta el punto de que al contemplarla el alma del espectador se queda monda y lironda, desnuda, sin otro paño de pureza que no sea la verdad.

“¡Qué bello es vivir!” es, evidentemente, como su propio título indica, una reivindicación a pleno pulmón del milagro de la vida. Pero es mucho más. Vuelvo a darles la tabarra con aquello de las múltiples lecturas, pero es que no me queda otra opción:

Si, por ejemplo,  extirpamos esta película con pinzas de entomólogo, si la extraemos de su contexto navideño y la analizamos bajo el microscopio de un laboratorio de física teórica (¡ejem!, ¿tienen acaso los laboratorios de física teórica microscopios?) veremos que buena parte de su planteamiento de realidades alternativas, aquello de “sí, George, así sería Bedford Falls sin ti”, no está tan lejano a los modernos postulados de la Teoría de Cuerdas y el Multiverso. Ahí queda eso y rapidito me salgo de este jardín, no sea que pise un charco. Dicho de otro modo: los guionistas de la serie “Lost” le deben un montón al argumento de “¡Qué bello es vivir!”.

Les propongo otra lectura posible de la película de Capra: es admirable lo bien expresada que está en ella el asunto de la trascendencia que tienen nuestros actos, las causas y los efectos de los mismos. En definitiva, lo que implica cada elección del bien o del mal que realizamos a lo largo de nuestra vida. ¿Acaso pueden los tratados de Ética o de Teología exponer con mayor claridad lo que en esta película se revela con sencillez de niño explicándole al buen San Agustín por qué es imposible trasvasar toda el agua del mar hacia un agujero escarbado en la arena de la playa?

Por otra parte, a partir de visionar “¡Qué bello es vivir!”, nos surge el problemilla de la felicidad. De la búsqueda de la felicidad: ¿Qué es ser feliz? ¿Quién es feliz? ¿Cómo se logra dicha quimera? ¿Por qué y para qué existe el sufrimiento? ¿Acaso éste tiene sentido? Lo que les digo: no hace falta acudir al cine de Bergman o de Antonioni para plantearse cuestiones de enjundia y resolverlas.

Yo creo que Capra era mucho más Capra de lo que parecía a simple vista. Lo mismito que John Ford, vaya si no.

Luego está Donna Reed, claro. ¿Les parece acaso ésta una causa menos relevante, menos digna, para adorar “¡Qué bello es vivir!” que las razones anteriormente expuestas? Sepan ustedes que Donna Reed es para mí una debilidad tan grande como lo son para otros cinéfilos Ava Gardner o Kim Novak. Yo, para que ustedes me entiendan, nunca hubiera titulado una película “El curso en que amamos a Kim Novak”, como hizo Juan José Porto, sino que le habría puesto “El curso en que amamos a Donna Reed”. Manías que tiene uno.

Lo he intentado muchas veces y no he sido capaz. He intentado dejar de ver “¡Qué bello es vivir!” cada vez que la he pillado empezada en éste o aquel pase televisado. Me resulta imposible. La coja por donde la coja es ella quien me atrapa a mí, y no al revés. Esta película me habla, me habla directamente a mí, como si estuviera hecha a mi medida. Yo creo que en esto reside su magia: que en realidad está hecha a la medida de todos nosotros.


  José Manuel Albelda

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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