La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…“Amanecer”.

27.05.2013 | 0 Comentarios
sunrise_amanecer


La primera vez que vi “Amanecer” (F.W.Murnau, 1927), aún siendo todavía muy niño, ya había sido felizmente condicionado para apreciar el cine mudo.

¿Quién logró tal cosa conmigo? Muy sencillo: la televisión de la época. Los que, como yo, superen la cuarentena recordarán con nostalgia aquellos benditos interludios titulados “cine cómico”, una especie de comodines sobrevenidos con los que Televisión Española ajustaba la programación durante los años 70: un fallo en una emisión en directo, un problema técnico, un cambio de última hora, eran la maravillosa coartada para que un cortometraje de Chaplin, de Fatty, de Keaton o de Harold Lloyd amenizaran la espera de la mejor manera posible: por medio de carcajadas.


Les aseguro que yo, con siete, con ocho, con nueve años, brincaba de alegría en la butaca de casa cada vez que abruptamente se interrumpía la programación y aparecía aquella locución angelical que anunciaba: “a continuación les ofreceremos unos minutos de cine cómico”. Pensaba para mí: “¡ojalá que estos minutos no se acabaran nunca!”. De esta sencilla forma, como les decía, quedé condicionado –¡para toda la vida!- para venerar la edad dorada del Cine, los denominados años silentes.

Les cuento todo ésto para que entiendan lo que me ocurrió una tarde de invierno, allá por el año 80, cuando al llegar de casa después de visitar a mis abuelos, encendí la tele y apareció un cartel que informaba de que a continuación se iba a proyectar la película “Amanecer”.


Cuando aperecieron aquellos primeros fotogramas de “Amanecer”, de “Sunrise”, al ver yo que era una película sin habla bien podría haberme marchado pitando a mi cuarto ajugar con mis Geyperman o con el Tente (honestamente, creo que eso sería lo más natural para un crío de la edad que yo tenía). ¡Ah, pero el condicionamiento, el dichoso condicionamiento que empieza a  operar en la vida de uno cuando uno menos lo espera…! En lugar de espantarme al empezar “Amanecer”, recuerdo que un estado de estupor, incluso de excepcionalidad, se apoderó de mi: me quedé allí, plantado, delante del televisor, mirando, esperando…

Es lo que tiene la magia de las Obras Maestras: que nos atrapan, nos hacen cómplices sin que podamos hacer nada para evitarlo.

Si no han visto “Amanecer”, queridos lectores, les invito a que lo hagan con toda calma porque si lo hacen estarán disfrutando no sólo una de las 10 mejores películas de todos los tiempos sino de una bellísima elegía dedicada al poder del amor que, no les exagero, es ya patrimonio de toda la Humanidad: como el Quijote o la 9ª sinfonía de Beethoven.
Se sea niño o se sea adulto, se tengan o no prejuicios respecto al cine mudo, se sepa o no qué  fue el expresionismo de Murnau y lo que supuso su obra para la evolución del Séptimo Arte, si se empieza a ver “Amanecer” es imposible no conmoverse ante esta historia intemporal alrededor del desengaño y la traición, esta “canción de dos seres humanos” que, como rezaba la publicidad en el año de su estreno, 1927, disecciona con sutileza de cirujano cómo la piedad y el perdón pueden hacer posible el milagro de la reconciliación entre dos seres irremisiblemente separados por un disparate.


Si ven “Amanecer”, queridos lectores, verán, como yo vi con ojos embelesados aquella noche de invierno del 80, la más exquisita interpretación de Janet Gaynor de toda su carrera de actriz. Y sentirán dolor, se lo advierto: un dolor intenso de ese que se clava en el pecho y no le deja a uno respirar durante un rato; pero también les aseguro que ese dolor será benéfico, porque después de ver “Amanecer” ustedes serán mejores personas cuando sus metros de celuloide les atraviese el alma.
No tienen nada que perder.
 

José Manuel Albelda

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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