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La piel dura

24.02.2012 | 0 Comentarios
Niños mendigando en Londres
Niños son los protagonistas del último Treinta Minutos, “Tráfico de niños robados”, un espeluznante reportaje de investigación de la BBC que desvela cómo determinadas redes mafiosas utilizan masivamente a críos de entre 4 y 12 años para obligarles a ejercer la mendicidad en las calles de Londres. Estos niños de infancia cercenada, desnutridos, esclavizados, son todos ellos gitanos de procedencia rumana: observándoles en el reportaje parecieran marionetas, títeres teledirigidos por adultos encanallados que, desde Rumanía, les obligan a mendigar por las calles de Europa Occidental, pasando frío, viviendo, creciendo y muriendo como parias, como penosos personajes secundarios de una novela de Dickens.
Reflexionando sobre este drama me he acordado esta semana de lo que decía Françoise Truffaut, uno de los cineastas que mejor han sabido descender y condescender al universo y  la psicología infantiles; afirmaba Truffaut que los niños ante el sufrimiento tienen, paradójicamente, la piel dura. Aludía Truffaut en su película “L'argent de poche” a la capacidad de los niños de reponerse con presteza a los golpes de la vida y a los traumas. Esta capacidad es lo que los modernos psicólogos han bautizado como “resiliencia”. Cuando un ser humano, o un grupo, posee la capacidad de conseguir sobreponerse a un periodo de dolor emocional e incluso a salir fortalecido de la experiencia, los psicólogos afirman que esta persona o este grupo posee una resiliencia adecuada.
Yo creo que el gran Truffaut tenía y no tenía razón.
Me apoyaré en dos arquetipos literarios para argumentar esto: el Oliver de Dickens y la Cossette de Víctor Hugo. Observando de cerca estos dos ejemplos de infancias truncadas, la niñez de Oliver Twist y la de la niña protagonista de Los Miserables, vemos dos modelos de afrontamiento de la tragedia con diferentes consecuencias: si la Cossette de Hugo, una vez rescatada de su infortunio por su padre adoptivo, Jean Valjean, es capaz de salir indemne psicológicamente y continuar su vida como si tal cosa, ¿alguien cree de verdad que el pobre Oliver Twist, de haber prorrogado Dickens sus andanzas en la edad adulta, sería un ejemplo de chaval integrado en el mundo y libre de traumas? Es el privilegio que tienen los demiurgos literarios con sus creaciones: que hacen y deshacen a su antojo y configuran a sus criaturas para naufragar o sobrevivir contra todo pronóstico.
Que los niños protagonistas del reportaje de la BBC, aún rescatados por la policía y los servicios sociales de sus explotadores, sufrirán en el futuro las consecuencias psicológicas de su infancia inexistente no ofrece muchas dudas. Sin embargo también albergo la esperanza de que si alguien les ofrece la oportunidad de escapar de la marginalidad y les tiene una mano hacia el futuro, algunos, tal vez muchos de ellos, puedan dejar atrás y para siempre el infierno de su pasado.
Miren: yo creo que el ser humano tiene una capacidad sobrecogedora para olvidar, pero también para recordar. Cuando digo olvidar, digo olvidar de verdad, sin secuelas, sin heridas falsamente cerradas y sin afluentes inconscientes que reverberen los traumas. Pero también creo que determinados recuerdos pesan más que una condena, más que una bola de acero trabada a los pies con una cadena.
¿Cómo saber si un acontecimiento trágico, una infancia cercenada, dejará huella o no en un niño?
Nosotros, comunes mortales, los padres, los adultos, no tenemos forma de saberlo. Los psicólogos, aunque mejor pertrechados metodológicamente, tampoco tienen el don de la clarividencia a este respecto.
La resiliencia, a fecha de hoy, continúa siendo una cualidad misteriosa, un bien preciado difícil de cuantificar o de aquilatar en un manual de supervivencia emocional. Siempre podemos decir, claro está, desde nuestra atalaya de adultos: yo salí indemne de tal o cual calamidad que me aconteció en la infancia. O no: yo quedé marcado para siempre.
Lo que sí sabemos es que el equilibrio psicológico del adulto y la maduración sana y feliz son ecuaciones de tantas y tan complejas variables que no hay forma de hacer predicciones a largo plazo de forma generalista. Solo podemos hablar de acuerdo a nuestra propia experiencia e incluir esa experiencia en el infinito catálogo de los ejemplos prácticos comparados.
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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