1 frame de 30

La perspectiva inédita

07.09.2011 | 0 Comentarios
Edificios 11S
Preguntarnos unos a otros dónde estábamos cuando la tragedia de las Torres Gemelas es lugar común; lo mismo ocurre cuando rememoramos dónde le cogió a uno el 23-F, el asesinato de Miguel Ángel Blanco o los atentados del 11-M. Al recordar cualquiera de esos sucesos fatídicos surgen, pues, millones de distintas perspectivas, perspectivas paralelas, convergentes, divergentes, únicas: “ese día, en ese momento exacto, precisamente estaba yo examinándome; o estaba en una boda; o a punto de entrar en el quirófano; o celebrando un cumpleaños; o en una entrevista de trabajo; o redactando una carta; o comprándome un coche; o rezando; o redactando un contrato; o conduciendo; o cocinando; o nadando en la piscina…”. Perspectivas: las perspectivas de los vivos, de nosotros, los afortunados que sobrevivimos; nosotros, los de entonces, que, aunque más viejos, seguimos siendo los mismos; porque seguimos estando aquí para contarlo.
Sin embargo, al mirar ese frame maldito y espantoso que hemos congelado hoy, la fatídica imagen de una de las víctimas de las Torres Gemelas abrazándose al vacío como única escapatoria al infierno, imagen perteneciente al documental “11-S, Estado de Emergencia”, emerge otra perspectiva distinta de las anteriores, inédita, valiosísima: la de quién, estando aún con vida, se pregunta mientras se precipita contra el asfalto una única cuestión: por qué.
Verdad es que la muerte –cada muerte humana- es como un ladrón, inesperado y silencioso, que llega intempestivamente hasta nuestra morada y se cuela sin ser invitado; esta verdad, por eterna, se torna aún más incontestable cuando se produce una masacre colectiva, simultánea y vertiginosa, como la de los atentados del 11 de septiembre.
Cada vez que durante estos diez años he evocado aquella barbarie suicida e integrista, me ha espeluznado particularmente el hecho de imaginar la perspectiva de aquellas víctimas de las Torres que no murieron inmediatamente después de los impactos de los aviones, la perspectiva de los supervivientes (provisionales, por desgracia) que quedaron atrapados en las plantas superiores de los rascacielos. Me imagino a esas personas felicitándose momentáneamente por la suerte de encontrarse unos pisos por encima del lugar de los impactos. Me los imagino, tras unos segundos de shock y de noqueo, llamando a sus casas para contar que, de momento, aunque atrapados en medio del desastre, estaban bien, con vida. Me los imagino observando desde las alturas el caos progresivo de su ciudad, escuchando el zumbido de los helicópteros, artefactos impotentes e insignificantes ante una catástrofe de proporciones ciclópeas, sintiendo en sus carnes los cimbreos de la estructura de los edificios. Imagino a esos hombres y mujeres condenados a una muerte segura, frenéticos, frenéticas, exhaustos, tratando de ganar altura, de ascender hacia los pisos superiores, de escapar del fuego y de la lengua de humo. Imagino a sus familiares, al otro lado del teléfono, tranquilizándoles, hablándoles de lo que de verdad importa en momentos como esos, de lo único que en realidad importa: del amor, del cariño.
No sé si alguna de esas personas atrapadas, durante los interminables minutos que transcurrieron entre el momento de los impactos de los aviones y el instante del derrumbe, tuvo la lucidez o la intuición de imaginar que Bin Laden era el responsable de aquella infamia. Poco importa si lo pensaron, si le pusieron rostro al culpable de tanto dolor.
Lo que sí me interesa es abundar un poco más en esa perspectiva de la que antes les hablaba: la perspectiva inédita de aquellas personas condenadas, que, al mirar el mundo por última vez desde aquella inmensa tea en que se había convertido el World Trade Center, comprendieron que no morían solos.
Entiéndaseme bien cuando digo esto. Sí que morían solos, claro está, en el sentido de que, por muy rodeado de multitudes que uno se encuentre muere solo cada ser humano que muere; sin embargo, les decía a ustedes, que sería un consuelo saber que las víctimas de las Torres Gemelas murieron sabiendo que miles de millones de gentes de bien, gentes de todo el planeta, mientras contemplaban en directo su tragedia desde casa, sentían sus muertes como propias. Pocas veces en la Historia sucede que la empatía, esa capacidad de ponerse en el lugar del otro y de sentir su destino y su penuria como si le sucedieran a uno, se convierte en una experiencia de catarsis colectiva, universal. El 11 de septiembre de 2001 creo que sucedió exactamente eso. Una empatía universal. Entre las gentes de bien, repito.
El mundo entero contempló aquel día a la muerte cara a cara, miró a los ojos a ese ladrón inesperado que llega cuando menos uno le espera. Aquel día el ladrón llegó en forma de terrorismo integrista y maldito, en forma de explosiones y de secuestro, encarnado en de inservible fanatismo.
Sin embargo, creo que debemos aprender algo de aquella perspectiva inédita que experimentaron las víctimas de las Torres Gemelas que quedaron atrapadas. Quienes al vacío se arrojaron huyendo de las llamas, estoy convencido de que no abrazaban el suicidio o la muerte rápida para escapar de las llamas, así, sin más. Abrazaban, no me cabe la menor duda, unos segundos más de vida, de esperanza, de existencia; porque en los segundos que les separaban del pavimento, sépase, aún había vida: exigua, infinitesimal, cortísima, pero vida aún. Esos seis, ocho, diez segundos que les separaban del abismo, aunque terribles, eran vida. La vida, cuando menudea, se aprecia como lo que en sí es y debería ser: el bien más preciado.
Nosotros, los de entonces, los que sobrevivimos y vivimos recordando lo que pasó, tenemos la oportunidad de aprender y valorar el significado profundo de lo que sucedió aquel día.
Podemos mirar el frame del hombre saltando desde las Torres Gemelas al vacío y ver sólo a un hombre desesperado, huyendo de unas fauces de fuego y ceniza. Es una opción perfectamente válida porque seguramente es cierta. Pero también podemos ver a un hombre saltando que, desde una insólita perspectiva, decidió vivir sus últimos instantes de vida únicos abrazando la libertad de su ciudad natal, asiéndose el aire de su querida Manhattan, transformada aquel día en la capital del mundo civilizado, el mundo que los fanáticos tan histéricamente se empeñaron en atacar inútilmente.
(If you're a human, don't change the following field)
Your first name.
1 + 12 =
Para prevenir spam automático, por favor, resuelve esta pregunta de matemáticas.
Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

Artículos anteriores

La Encuesta

¿Podemos permitirnos mas tiempo sin Gobierno?
¿Podemos permitirnos mas tiempo sin Gobierno?
Si
63.3%
No
36.7%