Abre los ojos

La Palangana

02.07.2014 | 0 Comentarios
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Estamos en la España de finales de los cincuenta, la alianza con Estados Unidos puso fin al aislamiento dando paso, una década después, a una cierta recuperación económica. Comienza el éxodo rural a unas ciudades que crecen rápidamente y donde las costumbres, gracias a cierto aperturismo político, van renovándose. Son los años de la emigración y, más tarde, del baby boom, el veraneo, el seiscientos… Hay tímidos cambios a todos los niveles, incluído el artístico, y la fotografía no escapa a ellos.

Amparados por la “Real Sociedad Fotográfica”, alrededor de 1959, seis jóvenes fotógrafos formaron el grupo “La Palangana” al que está dedicada esta exposición. ¿Quiénes lo integraban? Al equipo inicial formado por:  Leonardo Cantero, Gabriel Cualladó, Paco Gómez, Ramón Masats, Francisco Ontañón y Joaquín Rubio Camín se le sumaron, en dos etapas sucesivas, Fernando Gordillo, Gerardo Vielba, Juan Dolcet y Sigfrido de Guzmán, al tiempo que algunos de los iniciadores se alejaron del proyecto. El nombre del colectivo se debe a la famosa foto, incluída aquí, obra de Ontañón. En ella aparecen los retratos de los seis fundadores depositados en una palangana, recipiente poco sofisticado, usada para contener el líquido revelador. La mayoría eran fotógrafos autodidactas, unos profesionales y otros aficionados, dedicados a esto por necesidad o por vocación. Todos compartían amistad y unas mismas inquietudes estéticas renovadoras que les llevan a formar,  junto a otros nombres, lo que se llamó “Escuela de Madrid”.

Recordemos que hasta ahora la única fotografía existente en España era la de estudio, académica y clasicista. Ahora nace una nueva mirada, cuyo punto de partida es el hombre sin idealizaciones, que inaugura una especie de neorrealismo a la española. Los miembros de “La Palangana” fueron auténticos testigos de su época y nos hablan, no de la España folklórica, sino de un país real. Con ellos decimos adiós a la fotografía oficial y damos la bienvenida a la fotografía de la vida en los pueblos, en los nuevos barrios  y de las gentes que los habitan, todo con cierto aire  subversivo que, sin embargo, no les causó problemas con un régimen consciente de su escasa repercusión mediática.
   

Vamos a ver la exposición. Su comisario, José María Parreño, no sigue un orden cronológico ni alfabético a la hora de colgar las obras. Nos propone  juegos visuales y sorprendentes  asociaciones de imágenes movido más por el interés estético que etnográfico. Nada más entrar, a mano derecha, me fascina “El herradero” de Leonardo Cantero, un sugerente paisaje, casi oriental, donde la tapia sustituye a un horizonte que sostiene un cielo brumoso. Los niños son absolutos protagonistas de la primera parte, siempre parecen felices y sonríen entre la pobreza. Ontañón retrata a un “Niño con pistola” que, a pesar de su ropa desgastada, imita las poses de los westerns americanos y a “El vendedor de pescado” rodeado de una juguetona chiquillería. Sigfrido de Guzmán capta a “Mónica y Mercedes”; una de ellas salta contenta mirando desafiante al espectador, la otra aparece triste y estática como la desnuda muñeca de la silla de al lado.

Muy originales son los encuadres de algunas fotos. Juntas cuelgan el “Pequeño atleta”, de una absoluta simplicidad compositiva, de Gerardo Vielba y la vista en picado de “Madrid 1960” de Ramón Masats que me recuerda algunos cuadros del París de Pissarro. 

Siempre hay fuertes luces y sombras y con ellas se resaltan temas muy recurrentescomo la soledad. Soledad de los animales: del caballo o, en el caso de Masats, del toro - fue retratista excepcional de los sanfermines- . Soledad también de las personas: Rubio Camín hace un retrato romántico, como un Friedrich, de “Juan Quirós” ante el paisaje. Aislada, en medio del campo, está también la “Novia con gallinas “ de Paco Gómez de un humor claramente surrealista.

Hay escenas de la vida cotidiana de los pueblos: la matanza a la puerta de la “Carnecería” de Gordillo. Los momentos alegres: bodas, bautizos o charlas entre vecinos, como “Las comadres” de Juan Dolcet, se alternan con otros más serios y religiosos como la “Procesión de San Pedro Manrique” de Sigfrido de Guzmán que parece un greco.
                                                        
Dentro del género del retrato están algunas de las mejores fotografías expuestas. De una fuerza  extraordinaria es: “El vareador” de Gordillo y su “Retrato de José”; los hay con aires clásicos como el perfil de “Mujeres de Penella” de Cualladó, costumbristas como “El zapatero de Arcos” de Guzmán o cómicos como cuando Dolcet reproduce a “Juan Genovés” tomando una taza de café metido en un armario.


Entre mis favoritas me encanta, por su aire extraño,  “Veraneo”de Villalba o la desconcertante escena de “Misa en la casa de Campo” de Ramón Masats.

Por último os recomiendo “Barrio de la Concepción” de Rubio Camín, imagen onírica de una joven tumbada en mitad del campo con los edificios al fondo que son como un sueño de la modernidad. Y, como despedida, el mensaje optimista de “Vivir en Madrid” de Ontañón. La familia merienda despreocupada, mientras el niño juega, pegados a su recién estrenado seiscientos.

  

La exposición se acaba y, a pesar de su diversidad, la sensación de unidad es clara, la forma de mirar es común en los diez artistas. El trabajo de “La Palangana” constituye, sin duda, un episodio importante, pero poco conocido, de la historia de la fotografía española que merece una visita en alguna de las calurosas tardes del verano.

María Vera.


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He sido siempre una apasionada del mundo del arte, me recuerdo adolescente comprándome en el kiosko unos coleccionables sobre museos del mundo que todavía conservo en casa. Cuando me licencié en la facultad me dediqué al arte moderno,  centrándome en Dalí, protagonista de mi tesis y de alguna de mis publicaciones. Ahora, en este blog, me apetece compartir con vosotros mis visitas a  las más interesantes exposiciones de Madrid, a sus museos y sus galerías, y teneros al tanto de la actualidad artística. ¿Os animáis a patear la ciudad conmigo?

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