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La mutación

24.04.2012 | 0 Comentarios
Blog La Mutación

Si hace 10 años un oráculo nos hubiera vaticinado a ustedes y a mí que algún día no muy lejano relataríamos con avidez, minuto a minuto, los pormenores más insignificantes de nuestras propias vidas, que expondríamos a luz pública rincones insospechados de nuestro pensamiento y que aventaríamos en el ecosistema digital millones de megapíxeles con nuestras imágenes más preciadas, seguramente, no habríamos concedido a dicha profecía el menor crédito.


Porque recuerden que ustedes y yo, hace tan sólo 10 años, cuando interactuábamos (más o menos de incógnito) por Internet, red de redes, lo hacíamos considerando que la autoprotección de la intimidad, la preservación del anonimato y la conservación de los datos personales eran una prioridad: teníamos perfectamente clara la línea que separaba nuestra vida real, física, analógica y mensurable, de nuestra vida virtual, etérea, digital e indeterminada.
Yo creo que todo eso cambió cuando llegó Facebook.

No fue Facebook, desde luego, la primera red social, ni ha sido la única, ni, por supuesto, será la red definitiva. Pero lo que sí ha conseguido Facebook al desplegar su malla digital ha sido transformar profundamente -como nadie lo ha logrado- nuestro paradigma de comunicación, hasta el punto de revolucionar la manera en que deseamos gestionar la información personal, que antes reservábamos para nuestros allegados, pero que ahora, ávidos, ansiamos compartir con miles de perfectos desconocidos.

¡Ya está otra vez el apocalíptico de turno, objetarán algunos de ustedes, estigmatizando la herramienta en sí, en lugar de advertir sobre el uso irresponsable que pueda hacerse de ella!

Nada más lejos de mi intención, créanme. Porque, verán: yo no he dicho que Facebook o las otras grandes redes sociales supongan en sí mismas un potencial peligro por el hecho de existir. Cualquier persona mínimamente informada (cualquier persona adulta, se entiende) que esté registrada en una red social sabe que es posible y también conveniente determinar el grado de privacidad en el acceso que tendrán los demás a la información que se sube a internet.
Es evidente: podemos compartir o no hacerlo, podemos limitar el acceso, podemos poner persianas, vaya, en nuestro escaparate virtual.
La cuestión es: ¿queremos hacerlo?

Mucho se ha debatido sobre si Mark Zuckerberg, el joven creador de Facebook, es o no un genio, un visionario, un profeta tecnológico a la manera de Gates o Jobs. Esa es, si me permiten la expresión, la almendra del último reportaje de Treinta Minutos, titulado “Mark Zuckerberg: dentro de Facebook”.

Hay quien piensa (si no, que se lo pregunten a los gemelos Winkleboss) que Zuckerberg es sólo un chaval sagaz que estaba en el sitio adecuado en el momento adecuado: sólo eso; quienes así juzgan a Zuckerberg le definen como un tipo con suerte que había estado tumbado sobre una mina de oro, echando una cabezadita, sin saberlo. ¿Quién le despertó de su sueño? ¡Ah…!

Otros, más numerosos quizá, entienden a Zuckerberg como el moderno Newton de la sociedad de la información, como el discípulo más aventajado que hubiera podido concebir el mismísimo Marshall McLuhan, un moderno Prometeo digital capaz de hacer añicos, cómo mínimo, uno de los eslabones de la celebérrima “teoría de los seis grados”. Es decir, alguien capaz de lograr la cuadratura del círculo: un reciente estudio de la Universidad de Milán asegura que Facebook ha reducido la distancia entre dos personas de cualquier lugar del mundo a 4’74 pasos. Lo dicho: 6 menos 4’74 igual a… echen cuentas.

Yo, que no me quiero pillar los dedos con Zuckerberg, pienso que es demasiado pronto para juzgar su genialidad: el tiempo dirá si es un gurú tecnológico capaz de sorprender al mundo con nuevos trucos extraídos de su chistera o es tan sólo un magnífico y precoz negociante dotado de gafas de visión nocturna con luz larga incorporada.

Lo que sí creo es que Zuckerberg, junto a los creadores de Tuenti, Twitter, Linkedin o MySpace, por citar cinco de las redes sociales más notables y con más usuarios del mundo, ha propiciado instintivamente una extraña mutación en el gen que regula la psicología social humana, una mutación cuyas consecuencias a largo plazo son todavía inimaginables.

La mutación es simple y se concreta así: ¿por qué reservar para nosotros mismos la imagen que nos devuelve el espejo si podemos convertir el mismísimo espejo en una ventana orientada hacia el mundo? ¿por qué desperdiciar el eco de nuestros pensamientos que resuena en nuestras cabezas si podemos amplificar ese eco al exterior y difundirlo como si fuera confeti?
Basta de metáforas. El éxito de Facebook consiste en que nos ha revelado a los seres humanos una verdad como un templo: somos exhibicionistas y cotillas por naturaleza.

Ahí reside la clave de la mutación: Facebook y las otras redes sociales no nos han hecho más cotillas ni más exhibicionistas, sino que nos han permitido librarnos de la sensación de culpa que, en el mundo real, conlleva esta característica humana.

Cuando creamos un perfil en una red, necesitamos compartir, queremos compartir, esperamos compartir. Y, recíprocamente, de los otros queremos conocerlo todo pronto, cuanto antes mejor: ideas, opiniones, informaciones, cotilleos, secretos; actualizados al segundo.

Hace un par de años, algún que otro “early adapter” bienintencionado me advirtió (yo aún era reticente a integrarme en RRSS) de que no pertenecer a la malla de las redes sociales puede provocar graves efectos secundarios: como una extraña sensación de pérdida, una nostalgia sin nombre, un sentirse desconectado, algo así como estar medio disuelto, evaporado en el magma que conforma la nueva realidad.

Queridos lectores: seguidores, amigos. Todos, de una u otra forma, estamos agregados; mejor o peor, este es el mundo que nos toca vivir.
Por cierto. Les facilito mi twitter: @jmalbelda
En Facebook y en Linkedin, por supuesto, si me buscan, también pueden encontrarme. ¡Faltaría +!

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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