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La marea

20.04.2011 | 1 Comentarios
Sábana santa

El frame no necesita presentaciones porque habla por sí mismo: la imagen corresponde al Santo Sudario, la Síndone de Turín, la reliquia más importante, célebre y misteriosa de la Cristiandad; pertenece al reportaje “La Sábana Santa”, que ha emitido esta semana Treinta Minutos, una exhaustiva investigación que recoge las últimas teorías científicas sobre la autenticidad de la tela que habría envuelto el cuerpo de Jesucristo.

Aunque estemos en Semana Santa y aunque el título de este post verse sobre la Síndone, les advierto que este post de hoy no tendrá nada que ver con la Fe, aunque sí la Razón, y también con la estética y ética literarias.

El post de hoy trata sobre lo que yo denominaría sobresaturación de las editoriales de “esoterismo conspiratorio”; fíjense que no empleo, como algunos, la expresión “literatura esotérica conspiratoria”; y no la empleo porque, como es evidente, no deseo concederle a este subgénero editorial la categoría de fenómeno artístico. Simplemente, no creo que la merezca; es lo que es: un negocio editorial, legal y legítimo, sin duda, inmenso desde el punto de vista estrictamente mercantil, prolífico y en infinito en extensión en cuanto a consumo de tinta y papel se refiere, pero modesto y limitado desde una perspectiva historiográfica y estética, un negocio que se sostiene en pie gracias a que los esforzados autores de dichos volúmenes, devenidos en apóstoles universales de la duda y la sospecha, utilizan vagos trasfondos históricos teñidos de brumas para levantar una ficción en que verdad y mentira se entremezclan sin el menor sonrojo. La coartada siempre es la misma: la ficción es la ficción.

Ya, ya, ya.

Saben a qué y a quienes me refiero, ¿verdad?

Por favor, sean amables: no piensen en el señor Brown.

¡Cómo! ¿Qué no pueden evitarlo? Que conste que yo tenía buena intención y les pedí no pensaran en él. Igual que con el ejemplo del elefante.

Piensen, pues, queridos lectores, en el señor Brown si ese es su deseo: en él y en su estela de émulos, que son legión.

He dicho antes que empleo en este post la imagen de la Sábana Santa porque considero que es un icono por todos muy reconocible, un icono que, precisamente, ha servido de coartada argumental a innumerables buscadores de oro del esoterismo de ficción, colonos y pioneros del misterio cogido con alfileres, que han urdido sus tramas conspiratorias gracias a la reliquia de Turín. Al principio, la cosa tenía cierta gracia. Ahora, agotado el filón, mezcladas las churras con las merinas, el truco cansa.

He utilizado el ejemplo de la Sábana Santa como podría haber citado las pirámides de Egipto, las pinturas de Leonardo, los Rosacruces o la lanza de Longinos: indefectiblemente, en todos estos casos, la imaginación del escribiente contemporáneo trasciende lo cultural, lo religioso, lo espiritual, lo histórico y lo arqueológico para adentrarse una y otras vez en las intenciones de herméticas hermandades cuyos designios secretos habrán determinado oscuramente el devenir humano.

Vaya, vaya…

La realidad, amigos, es, sin duda, más sencilla y profunda. Más imprevisible. Más auténtica. En definitiva: más maravillosa que lo que la mente del fabulador esotérico más prolífico y pródigo pueda concebir. ¿Pero saben qué les digo también? Que, inversamente, la ficción literaria, cuando verdaderamente es así, literaria, estéticamente intachable, se comporta de manera parecida a esa realidad profunda y sencilla.

Hubo un tiempo en que el misterio esotérico conspiratorio se circunscribía a las revistas de divulgación paranormal. Era su hábitat natural y bien estaba así. Los beneficios eran limitados, pero daban razonablemente de comer a quienes se volcaban voluntariamente “investigación” de lo inverosímil.

Pero después, ¡ay, después!, después se descubrieron las Minas de Moria. ¡Ay, amigo, ahí todo cambió!

Llegaron hasta Moria, hasta Jauja, las grandes editoriales procedentes de todos los rincones del universo mundo, con sus máquinas perforadoras, sus picos y sus palas, llegaron sus legiones de escribientes dispuestos a todo, pertrechados de calentura y brocha gorda, preparados a reescribir la Historia. El misterio, irreconocible, nos estalló en la cara y nos tiznó de hipótesis.

Y así, llegados al presente, estamos como estamos, tiznados; y empantanados.

Los grandes centros comerciales, los supermercados, los dutyfrees de los aeropuertos, los kioskos, la red de redes, el circuito de e-books y audiolibros, han quedado inundados, anegados por cientos, miles de voluminosos legajos esotéricos de ficción donde, a simple vista, no hay forma de distinguir las metáforas y los símbolos de la tesis doctoral y la verdad histórica.

En una situación así, en un naufragio tal, ¡cómo no dudar de todo y de todos!

Así, no es extraño que un prestigioso documental, riguroso, independiente y bien fundado, como es “La Sábana Santa”, un programa que ofrece datos reveladores que permiten considerar como muy probable que el Santo Sudario tenga, efectivamente, 2000 años de antigüedad –y no sólo siete siglos, como los escépticos sostienen-, un programa que defiende que la impresionante figura que está impresa en la tela corresponde, efectivamente, a un crucificado de hace veinte siglos, pase desapercibido. Después de todo, ¡quién puede competir en impacto y resonancia social con la marea esotérica de ficción de la que les hablaba en el post, distorsionante, bravísima, arrolladora, que, arrastrándolo consigo, ha retorcido cualquier suceso original y cierto hasta hacerlo irreconocible!

  • Creo que ambos podemos competir, usted siguiendo escribiendo y yo siguiendo comentando. Estoy seguro, o eso quiero creer, de que muchos otros comparten nuestra misma opinión. Soy consciente de que expresarla públicamente implicaría demasiado; yo ya tengo cierta edad y no tengo miedo, a estas alturas ya tengo claro lo que realmente importa y lo que no y, créame, hijo, lo que usted está haciendo escribiendo en este blog, significa mucho más de lo que piensa para algunos de nosotros.
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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