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La importancia de llamarse…

10.02.2012 | 0 Comentarios
Hermano islamista, 30 minutos
El último Treinta Minutos cuenta la historia de Rob y Rich, dos hermanos británicos de clase media, blancos, jóvenes, estudiantes ambos, muy parecidos físicamente, cuyos destinos se separaron irremediablemente después de que uno de ellos (Rich) se transformara, en tan sólo unos meses, en un islamista radical.
Después de ver este documental de la BBC (“My brother, the islamist”) uno se hace las mismas preguntas que Rob: cómo es posible que una persona, alguien con quien has compartido los veinte primeros años de tu vida, cambie tanto como para renegar de sus raíces y de su familia hasta el punto de conformar con sus diferencias ideológicas y religiosas un muro infranqueable. Supongo que el cambio, incluso cuando éste cambio nos resulta incomprensible, por extremo, es la consecuencia inherente y el precio del ejercicio de la libertad; quizá es la prueba palpable de que el famoso libre albedrío existe.
No obstante, aun aceptando la existencia del libre albedrío, en el que, como digo, creo, me pregunto hasta dónde estamos condicionados por determinadas circunstancias de nuestra biografía.
Lo cierto es que meditando sobre estos promontorios de la moral me ha pillado esta semana la muerte de Tapies.
¿Qué tendrá que ver Tapies, dirán ustedes, con el libre albedrío y hasta con las diferencias de dos hermanos británicos que no se reconocen entre sí?
 A ver si sé explicarme y a ver si consigo ordenar mis ideas.
Recuerdo que en una ocasión asistí a una conferencia del compositor Cristóbal Halffter en la que el autor de “Yes, speak out” habló de Tapies. O mejor: habló Halffter de cómo el nombre, o los apellidos (que, para el caso, son la misma cosa) determinan el carácter de las personas. Explicaba Halffter que estaba convencido de que la genialidad de Tapies había estado condicionada desde niño por la impronta de su propio apellido: “un hombre que se apellida así, Tapies, es decir, tapias, paredes, no es casual que alcance la maestría al proyectar su arte sobre un muro, sobre una pared”. Conclusión: los nombres condicionan nuestro carácter y, por extensión, nuestro destino. Después de decir esto, reforzó Halffter su argumentación en aquella conferencia con un ejemplo más bien prosaico: según él, sus propios perros, dos cachorros gemelos, pastores alemanes procedentes de la misma camada, habían desarrollado personalidades divergentes a partir del nombre que su amo, es decir, él mismo, les había impuesto nada más nacer: agresivo y terco uno de los canes; dócil y cariñoso el otro.
No sé si esta teoría de Halffter sobre el condicionamiento de los nombres es cierta o no; ni siquiera sé si existe la menor evidencia científica que la sustente. Me imagino que no, pero tampoco me importa mucho. Porque me parece lo suficientemente sugerente como para tomarla en consideración, siquiera como hipótesis literaria. Siendo así, me pregunto, también a modo de hipótesis o de juego metafórico: ¿tenderán todos y cada uno de los varones que se llaman “Ángel”, en España y el resto del mundo, a ser buena, buena gente de verdad? ¿Y quiénes se llaman “Caridad”? ¿Estarán condicionadas para ser dechados de generosidad y abnegación hacia sus semejantes? ¿Y las “Marinas”? ¿Tendrán propensión a vivir en ciudades de costa? ¿Y las “Salomés”, los “Tristanes”, los “Cándidos” y las “Ofelias”? ¿Llevarán sobre sí el peso de las respectivas cargas simbólicas de sus apelativos?
Podría seguir lloviendo nombres, pero por ese camino no llegaríamos a ninguna conclusión en un sentido o en otro.
Sin embargo –y con ello enlazo con el inicio de este post- me he propuesto a mí mismo meterme en un pequeño jardín, practicar un juego de palabras, nunca mejor dicho: me pregunto si los nombres de los dos hermanos protagonistas del reportaje “My brother, the islamist”, Rob y Rich, Robert y Richard, Roberto y Ricardo, en castellano, ¿habrán tenido alguna influencia en el discurso de sus respectivos destinos y elecciones de libre albedrío? ¿Sí? ¿No? ¿Alguien se atreve a realizar alguna conjetura?
Si miramos un diccionario etimológico, las cosas no parecen estar mucho más claras; Robert (de Rob, el hermano que sí se siente integrado en el modo de vida británico) significa “famoso”. Y Richard (de Rich, el hermano devenido en islamista radical) significa “rey poderoso”. Como vemos, así, a priori, ninguna pista que nos arroje luz.
Hecha la prueba del algodón, admitamos que, en este caso, la hipótesis de Halffter no parece ser verificable. Seguramente, al cien por cien, no lo será en ningún caso porque, recordemos, no es una teoría científica sino artística, una licencia que le permite al creador, al músico, al poeta, explicar procesos que se escapan a la lógica, un artificio de la fantasía para encajar coincidencias, casualidades y casualidades sin paternidad reconocida.
Dicho esto, escapo como puedo del jardín en que he metido la patita por propia voluntad y hago mutis por el foro, esto es, termino el post de esta semana no sin antes recordar que el mismísimo Oscar Wilde reivindicó las cualidades fonéticas y éticas del nombre de sus propios personajes literarios, hasta el punto de que bautizó su, quizá, segunda obra más popular con el sugerente título de “La importancia de llamarse Ernesto” (The importance of being Earnest).     Y si el nombre -Wilde así lo creía- suena… es que agua lleva.
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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