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La fragilidad de la epidermis

10.06.2011 | 1 Comentarios
Conflicto palestino israelí

Lo advierto ya: este post no versa sobre Palestina, ni tampoco sobre Israel, aunque el frame que ilustra el artículo pertenezca al reportaje “Israel, pilar de la democracia”, un documental emitido esta semana por Treinta Minutos donde se explica por qué Israel, aún con los defectos inherentes a cualquier estado que tenga un sistema político abierto y perfectible, es, hoy por hoy, la única democracia de Oriente Medio y el Magreb, homologable a la de cualquier parlamento de la Unión Europea.

Este post versa, más bien, sobre nuestro propio país, España, y sobre un hábito tan nuestro como la siesta o las tapas de patatas bravas.

No voy a hablar sobre Palestina, aunque, como punto de partida, como ejemplo, sí voy a utilizar el posicionamiento radical que existe en España, bien a favor de la causa de los palestinos, bien a favor del derecho de Israel a defenderse del terrorismo: aquí, en España, no hay término medio: o se está con unos o con otros. Ese radicalismo “a priori” en esta cuestión eterna, fronteriza y controvertida donde las haya, es uno de tantos asuntos resbalosos que conforman lo que yo denomino “epidermis” de la opinión. Epidermis de la opinión pública española.

Y es que la opinión pública hispana –ya trate sobre política, religión, historia, deporte, gastronomía, toros o filosofía de la ciencia- es a menudo dúctil, abreviada, delgadísima, casi transparente, eternamente improvisada, como de sala de urgencias nocturna e intempestiva; y, como tal, parece que la opinión esté de guardia, con ojos de búho, expectante, como esperando a que salte la liebre del disenso, para bregar.

Con bien poquitos datos sobre la materia, sobre cualquier materia, ya brote ésta de una conversación de taxi, derive de la tertulia de café o dimane de los meandros de la libertad de cátedra, el español tiende a apasionarse, a acomodarse en la trinchera, a tomar postura ante aquella u otra cuestión que mayor gloria garantice a la refriega dialéctica. Si lo pensamos bien, este amor por el desacuerdo y la contrariedad verbal va más allá de las ideologías, de las opiniones políticas y de las creencias. Tiene mucho que ver con la propensión del gusto hispano por el blanco y el negro, con la fruición por el sí y el no vehementes, con la querencia por el bien y el mal, considerados ambos como categorías implacables donde el matiz y el término medio no encuentran acomodo en mitad del ruedo ibérico.

Para todo, sobre todo -y sobre todos- existe un criterio, aunque aquel esté hilvanado con alfileres: para cada problema, un enfoque, una causa y una solución; tantas como contendientes. “Donde haya un español, que haya una opinión, ¡sea!”, parece que dicta nuestra antropología y nuestra genética.

Porque, no nos engañemos: el español no es que piense mal y tarde; es que piensa demasiado pronto, como con prisa por quitarse de en medio todo cuanto tenga que ver con espesuras, anexos y epígrafes a pie de página. Y, como españoles que pensamos pronto, hablamos pronto también, porque somos de verbo ágil; y, claro, pasa lo que pasa. Ruido. Ruido ibérico.

¿Conocen ustedes a un español que no tenga en el cajón, además de una novela a medio escribir, una baraja de remedios certeros para cualquier mal, patrio o ajeno?

Opinamos sobre todo, sabemos de todo y de todo queremos dar lecciones.

Les propongo algo: por cada español que ustedes me encuentren -por ejemplo en una encuesta callejera- que le espete al entrevistador “lo siento, pero de eso preferiría no opinar porque no tengo criterio fundado”, por cada uno de esos rarísimos especímenes que me traigan, ¡digo!, les doy a ustedes cien duros de los de antes. Y es que me temo que si un español no contesta sobre algo será porque tiene prisa, porque ya viene calentito de otra contienda anterior o porque se le echa encima la hora de la siesta; nunca será porque no lleve en el bolsillo media docena de opiniones.

Lo que digo: a poco que nos pongan un palito, nos subimos, y opinamos.

Pero se nos nota al trasluz lo endeble de los argumentos, que quedan expuestos a causa de la brevedad de ese endeble epitelio del que antes les hablaba: la epidermis de la opinión pública.

Y ocurre que, como esta epidermis es de naturaleza tenue y muy delicada cuando se la expone al contacto del sol, pronto quedan reveladas nuestras vergüenzas intelectuales en medio de la reyerta dialéctica.

Observen, si no, cualquier trifulca, tabernera o parlamentaria, cualquier riña. Obsérvenla, claro, con ojos de marciano o de comanche, no sea que al mirarla con ojos hispanos, terminen ustedes por sacarse los ojos unos a otros.

Aquí, cuando se discute, se discute: y, mientras se discute, se divaga, se bifurca, se grita o se regrita (les regalo el palabro, va por ustedes), se amaga o se faja, se pontifica o se sentencia, pero nunca, nunca, ¡nunca! (ven lo que les decía, ¿lo ven?), ni por asomo, se entregan al adversario razones o argumentos probables, nunca brilla esa preciosa lógica formal, bellísima, que, por científica, por humilde, es tan válida tanto en Algeciras como en las Antípodas.

¡Si lo sabré yo! ¡Punto en boca! ¡Lo que yo les diga!

No tenemos remedio, como ven.

Antes de que me pille yo mismo la epidermis de los dedos con otra paradoja, les dejo, queridos lectores, para que vuelvan, si lo desean, a nuestro querido ruido ibérico, tan imprescindible, quizá, para la salud y las buenas sobremesas, como lo es el jamón de bellota bien sudado y la manzanilla requetebien fresquita.

  • Por este motivo suelo estar casi siempre de acuerdo con usted, no acostumbro a opinar sobre algo si no tengo una idea bien formada o un argumento sólido para hacerlo, quizá por este motivo me apasiona leer sus artículos; tener una opinión sobre algo no es nada fácil, una opinión es una opinión y, en la mayoría de los casos, ni suma ni resta pero, afortunadamente, no es éste su caso. Le felicito nuevamente por su buen hacer.
    18.06.2011 alias
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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