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La familiaridad de lo siniestro

11.04.2012 | 0 Comentarios
El viaje del Titatic, blog

 En 1919, siete años después de la tragedia del Titanic, Sigmund Freud escribió “Das Unheimlich” (“Lo siniestro”), uno de sus más célebres ensayos. En aquel opúsculo de apenas trece o catorce páginas, el padre del psicoanálisis diseccionó el concepto de Unheimlich, “lo siniestro”, término que, según Freud, comprendería todo aquello que provoca en nuestro interior angustia o aversión, precisamente por ser antítesis de “lo familiar, lo conocido, lo íntimo”.

Cuando, por poner un ejemplo, nos topamos de bruces con un accidente de tráfico, un asesinato o una explosión de gas, en definitiva, cuando afrontamos cualquier suceso luctuoso, violento e  inesperado, aunque sea como meros testigos indirectos, se despierta en nuestra mente el sentimiento de “lo siniestro”; esto es así porque estas y otras circunstancias dramáticas contienen en sí mismas una substancia sombría que, cuando nos salpica de manera precipitada y salvaje, contamina nuestra rutina previsible, nuestra vida, manchándonos de forma atroz y comprometiendo seriamente la estabilidad de nuestra propia cordura.

Lo mismo da contemplar un avión estrellándose contra un edificio que ver a un domador de circo siendo devorado por un león: en situaciones análogas, “lo siniestro” se exalta en el interior como una costra que se arrancara de repente de la psique, una costra que desvela una herida de angustia inesperada que nos atormenta y nos perturba hasta que conseguimos apartar su presencia de nuestra vista.

Los modernos psicólogos de nuestros días, en su mayoría ajenos a cualquier condescendencia teórica hacia la teoría psicoanalítica, afirman que este mecanismo de alerta ante “lo siniestro” es un resorte adaptativo diseñado ex profeso por la biología y la evolución para proteger a la especie humana ante futuros peligros reales.

Pero, dicho esto, ¿qué sucede en los casos en que “lo siniestro” pierde ante nosotros sus atributos de extrañeza, de anomalía, para formar parte de nuestra cotidianidad, para pasar a convertirse incluso en algo familiar?

¡Ah, he aquí la espinosa cuestión que suscita la reflexión de este post!

Cuando el 15 de abril de 1912 (el día después del hundimiento del Titanic) los periódicos de todo el mundo comenzaron a divulgar las dimensiones de la tragedia, el público se sobrecogió en un clima apocalíptico donde “lo siniestro” cobró dimensiones descomunales: el barco más moderno de la tierra, por su ambición, lujo y dimensiones una torre de Babel mecánica, un artefacto que había sido calificado como “insumergible” por la prensa de la época, se había hundido en sólo tres horas tras chocar con un iceberg. Quien hasta entonces, por indiferencia o por despiste, no hubiera oído hablar del Titanic, no cabe duda de que a partir de ese momento se saturó de una sobreinformación que, poco tiempo después, convertiría aquel barco malogrado en el protagonista del naufragio más célebre de la Historia.

Ha pasado un siglo de aquello, decíamos, y han llovido al respecto decenas de novelas sobre la catástrofe, cientos de libros especulativos, miles de documentales en alta y baja definición y tres películas de ficción francamente memorables (“Titanic”, de 1953; “A night to remember”, de 1955; y “Titanic”, de 1997); entretanto, el polifacético James Cameron bajó en submarino al fondo del mar para reencontrarse con los restos del barco; falleció Millvila Dean, la última superviviente de la tragedia; y, más recientemente, la revista National Geographic, gracias a las más sofisticadas tecnologías de imágen sónar, ha ofrecido algunas de las instantáneas más impresionantes del buque que jamás se hayan registrado. Un siglo da para mucho: coleccionistas navales de todo el mundo han competido todo este tiempo por reconstruir a escala el Titanic con prodigiosa paciencia y exactitud; varias generaciones de niños han jugado y siguen jugando con centenares de reproducciones del barco que se han comercializado en todo el planeta; convenciones, congresos, posters, camisetas, tazas, cruceros conmemorativos que han recorrido la misma ruta legendaria…; es obvio que todo lo relativo al Titanic fascina y lo seguirá haciendo: lo que cenaban los pasajeros, cada objeto rescatado del barco, la vida y milagros de los tripulantes, los detalles técnicos y los pormenores de la travesía, las teorías conspirativas, las subastas de utensilios, el testimonio de los supervivientes…

¿Adónde quiero llegar?

Muy sencillo: quiero señalar que todos, involuntariamente, quizá con la mejor de las intenciones, todos, repito, las generaciones pasadas, las presentes y, previsiblemente, las futuras, si nos descuidamos, podríamos incurrir en el error de convertir aquella tragedia en una leyenda desprovista de contenido real: quizá por ser aquel un acontecimiento repleto de épica, por ser verdaderamente inmenso el suceso, o, quizá, por ser aquel naufragio el accidente más plástico de toda la historiografía naval comparada,  ¡quién sabe por qué!, lo cierto es que, aunque todos sabemos que fue verdaderamente terrible el suceso, no ignoramos que el impacto en el inconsciente colectivo del hundimiento del Titanic ha terminado más por fascinar que por espantar; al final, aún sin pretenderlo, hemos acabado por familiarizarnos demasiado con todo “lo siniestro” que rodea aquel desdichado hundimiento, por incorporarlo a nuestra cotidianidad y, por consiguiente, por desproveer aquella desdichada travesía de su contenido psicológicamente aversivo; en otras circunstancias, sin la estela posterior de mistificación, aquel suceso, seguramente, habría despertado en las masas únicamente horror y aprensión. Pero, poco a poco, con el transcurrir de las décadas, al mismo tiempo que el sedimento marino cubría de podredumbre el casco del Titanic, arriba, en la superficie, todo ha ido inundándose de una magnética atracción…

Pero lo cierto es que 1517 personas murieron en aquella tragedia, tal y como reconstruye el documental que ha emitido esta semana Treinta Minutos, “El viaje del Titanic”. Aquellos que sobrevivieron, por largas que fueron sus vidas, no olvidaron en toda su existencia lo que experimentaron aquella gélida noche del 14 de abril de 1912 esperando al Carpathia en aguas de Terranova: el ruido del remolino al sumergirse la popa del barco en la negrura del océano, la muerte congelada rondando por todas partes, el silencio lúgubre en los botes salvavidas.

Por eso, en este aniversario centenario, reivindico más que nunca contemplar aquella catástrofe con el mismo respeto y consideración que si hubiese ocurrido antes de ayer.

Por las víctimas, por sus familiares y por nosotros mismos.

Porque nunca olvidemos que, al final, “lo siniestro”, cualquier manifestación de “lo siniestro”, es sólo eso: negrura, muerte y silencio.

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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