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La falacia del control

07.10.2011 | 1 Comentarios
Alijo de pastillas

Ketamina, mefedrona, cristal, 2cb, hongos, estramonio... sustancias estupefacientes –algunas de ellas viejas conocidas de la farmacología y otras, en cambio, frutos de la novísima síntesis- que se han hecho un peligroso hueco en el mercado de las drogas que consumen los jóvenes españoles.

Es sólo una pequeña muestra del abanico de sustancias que pueden adquirirse sin mayor dificultad con sólo dar una vuelta por el lado salvaje de la noche.

Por si no era suficiente con las drogas duras clásicas y las incorporaciones sobrevenidas de los años 90, más leña al fuego: viejos venenos, anestésicos de veterinario, derivados de derivados moleculares; piruletas de puro estiércol, por decirlo finalmente, vaya.

¿Qué hacer? ¿Cómo es posible que toda ésta ponzoña siga teniendo tanta demanda?

Las últimas generaciones de nuestros jóvenes tienen información, contemplan una y otra vez en los medios de comunicación los devastadores efectos del consumo de sustancias estupefacientes, están concienciados con campañas de prevención inteligentes y honestas, y, por suerte, también se hayan inmunizados en cierta medida contra la imagen de glamour y rebeldía con que contemplaban el consumo de sustancias ilegales las generaciones de los 60 y los 70. Aun así, continúa aumentando la demanda de droga. Y la oferta. Una y otra van de la mano. Y luego está, para colmo, el otro problema: la iniciación al consumo es cada vez más temprana.

¿Qué estamos haciendo mal?

Creo sinceramente que, en este caso particular de las drogas, no se trata tanto de hacerlo bien o mal por parte de las autoridades sanitarias, de acertar más o menos con tal o cual campaña, de ser más rigurosos en la educación paterna o de insistir con reportajes de divulgación que enseñen las orejas del lobo, que las tiene y bien grandes. Se hace lo que se puede, cada uno dentro de sus respectivas posibilidades.

Pienso que una de las claves para entender lo que está pasando consiste en que dirijamos nuestra mirada hacia una falacia que se ha instalado en nuestra sociedad y que afecta a todos los ámbitos posibles de nuestra existencia, desde la seguridad vial hasta la sexualidad, desde la ingesta de proteínas y grasas saturadas hasta la práctica de deportes de riesgo, desde los depósitos que tenemos en el banco hasta al uso que hacemos del teléfono móvil. Esta falacia se resume en una palabra: control.

Creemos que controlamos nuestra vida. No hay nada más lejos de la realidad.

¿Conocen ustedes a alguien que –salvo que ese alguien sea cogido en un renuncio de sinceridad- reconozca que no controla los aspectos clave de su vida?

“Yo conduzco con cabeza, disfruto con cabeza, como y bebo con cabeza, sé cuáles son mis límites, sé lo que me hago, pienso, elijo, mido mis fuerzas, estoy al tanto, sé de sobra, veo más allá, administro, piloto, me conozco, intuyo, tengo un sexto sentido”.

Para más inri, somos los adultos quienes presumimos de todas estas lindezas, nosotros, aquellos que supuestamente hemos adquirido madurez y responsabilidad para contemplar correctamente el corto, el medio y el largo plazo, nosotros, aquellos que ya tenemos una cortecita cerebral pre frontal perfectamente configurada para administrar nuestra libertad y nuestras decisiones.

Miren: si toda esta falacia del control fuera cierta, no existiría entonces el delito, las imprudencias, las intoxicaciones alimentarias, los excesos mortales; ni tampoco, ya puestos, las injusticias, las iniquidades, las adicciones y las monomanías; lo cual equivaldría, más o menos, a decir que no existiría el mal.

Somos muy frágiles, tanto en lo que respecta a la gestión de la responsabilidad como en las consecuencias de la misma.

A este respecto, los jóvenes, esto es, los adolescentes y aún los veinteañeros y treintañeros, lo tienen bastante más crudo que nosotros, los de mayor edad. Como antes les señalaba a ustedes, ellos (al menos y los primeros y segundos del grupo de jóvenes al que aludo) se encuentran en una sensible inferioridad de condiciones respecto a los adultos, al menos en lo que se refiere a gestión de los impulsos y cálculo de las derivaciones de los actos. Y están en inferioridad no sólo por la vulnerabilidad que les confiere su condición de crecimiento inacabado, sino a causa del bombardeo masivo de estímulos al que se ven sometidos, un bombardeo que, literalmente, les persuade de que la supuesta culminación de la felicidad y la libertad humanas se consiguen a través de todas y cada una de las manifestaciones del descontrol: “no hay límites”, “que nadie te diga qué tienes que hacer”, “sigue tus propias reglas”. ¿Les suena esta monserga?

Se ha dicho mil veces pero no por ello deja de ser cierto. Aún con autorregulación, aún con códigos éticos y vigilancias institucionales, la publicidad, el cine, los videojuegos, cierta televisión, internet y la literatura basura bombardean con torbellinos de mensajes irrefrenables que afirman el descontrol como el mejor y mayor el paradigma deseable.

No permanezcamos ciegos. Y, lo que es más grave: no seamos cínicos ni nos engañemos.

La situación, aun siendo grave, no obstante, puede revertirse. Y lo que es más importante: puede reconducirse sin mermar nuestra libertad.

Debemos –y podemos- intensificar un mensaje hacia los jóvenes, no sólo en el terreno de las drogas sino en todos los ámbitos, con el fin de que perciban que la irresponsabilidad sin consecuencias no es posible. Debemos transmitirles que el cuerpo y la salud son más frágiles de lo que piensan, que tienen límites finitos, aún en la segunda y tercera décadas de nuestra existencia, cuando pensamos en comernos el mundo a pulso, cuando aún nos creemos inmortales y eternos, cuando nuestros sentidos nos engañan haciéndonos percibir que nada escapará a nuestro alcance, a nuestra experiencia, a nuestro poder.

El control no existe como valor absoluto. El sentido común y la prudencia, sí.

  • En mi opinión, el problema es siempre el mismo. La necesidad de escapar, de escapar de un mundo que nos es hostil, de unas personas que nos son hostiles, en definitiva, de un entorno aparentemente hostil. Pero no hay alternativa, no podemos escapar, al menos físicamente. He ahí la cuestión. ¿Cómo escapar?. A partir de aquí podemos empezar a discutir las mil y una respuestas a esta pregunta.
    23.11.2011 alias
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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