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Jamón tres delicias

23.09.2011 | 0 Comentarios
Ternera con pimientos

No se sorprendan, queridos lectores, si un amigo de origen chino les invita a su banquete de boda y se encuentran ustedes con que algunas de las delicias que sirven los camareros no son empanadillas orientales al vapor sino suculentos platos de jamón ibérico o cochinillos asados al estilo sepulvedano. A pesar de las apariencias, chinos y españoles se parecen más de lo que se cree: ambos pueblos comparten un refinado culto por la gastronomía considerada como arte, como estilo de vida y como punto de encuentro de familia y amigos. En el último reportaje de Treinta Minutos, titulado “Mis vecinos chinos” se muestra como son algunas de las costumbres y tradiciones de los ciudadanos chinos que residen en nuestra comunidad: sin duda, la comida y su consiguiente despliegue de manjares constituye uno de los momentos más especiales del día, y recibe, por consiguiente, la consideración preeminente que merece.

El chino, como el español, sabe que maneja tesoros cuando se adentra en territorio de fogones. Por ello, ambos pueblos se admiran y respetan mutuamente cuando, de reojo pero con cariño, otean sus respectivos arsenales gastronómicos. Las cosas bien hechas bien parecen. Y gastronomía china y española son cosas muy bien hechas, mejor elaboradas, eficaces en su fondo y en su forma, como es bien sabido, aún en sus manifestaciones más modestas.

Dicen los entendidos que la comida que se sirve en los restaurantes chinos españoles no es auténtica comida china; dicen que los platos que se sirven a los españoles están adaptados al paladar hispano con el fin de hacer los sabores y las texturas más asequibles, tanto a nuestro gusto como a nuestro bolsillo. Puede ser. ¿Y?

Lo cierto es que, aunque así fuera, no deja de ser un interesante fenómeno observar cómo la cocina china (más tarde, la cocina oriental en general en su especialidad india, japonesa, tailandesa, vietnamita y coreana) ha ido conquistando el territorio español desde los años 70 sin más armas que la seducción de sus sabores y su variedad de matices.

Tiempo atrás, Norteamérica nos colonizó culinariamente gracias al cine y la publicidad: se hicieron hueco en nuestra mesa hamburguesas, perros calientes y costillares de cerdo con mazorcas de maíz. Bien. Después, Italia, de manera más sutil pero no menos eficaz, nos apabulló con su repertorio sinfónico y operístico hasta hacer casi de la pasta, del risotto y de la buena masa de pizza el pan nuestro de cada día. También fue un trabajo bien hecho el italiano, hay que reconocerlo. Después, llegó China. China no recurrió a fuegos artificiales (podría haberlo hecho, que para eso inventaron ellos la pólvora) ni a grandes aspavientos para que fijáramos nuestros ojos en sus menús occidentalizados. No. China desplegó discretamente sus platos sobre las mesas de los enésimos restaurantes de la esquina: precios modestos, sabor inmediato y directo, extensísimos y homogéneos menús, amplios horarios de apertura, personal solícito y diligente; así, China llegó un buen día y convenció.

China convenció de una manera curiosa porque lo cierto es que, a diferencia de los precedentes norteamericanos e italianos, la gastronomía china no tuvo recorrido alguno desde los recetarios hacia los manteles de los hogares españoles. La cosa aconteció al revés: fueron los españoles quienes acudieron en masa a sentarse en los manteles chinos para servirse rollitos, tallarines con gambas y demás variedades tres delicias. Victoria absoluta de China en nuestro campo, como decía la chirigota, desde Cabo de Gata hasta Finisterre: murallas y budas felices por doquier. Se me podrá objetar que fue una vitoria fácil, que los ingredientes y la elaboración son sencillos y monotemáticos, que la soja omnipresente empapa la materia prima de forma inmisericorde hasta decir basta y que el arroz, ¡ay, el arroz, amor de mi vida!, es tropa y artillería, oficialidad e intendencia, todo una misma cosa. (Respondo yo: no nos pongamos estupendos con el tema de la soja, porque también nuestro bendito aceite de oliva todo lo inunda de una forma u otra en la gastronomía hispana, y está bien que así sea, porque es delicioso y sanísimo, como la soja, que es la sazón del oriente).

Me ofende especialmente la equiparación condescendiente que hacen algunas personas de la comida china que se sirve en los restaurantes españoles como si fuera una manifestación más de “fast food”. Nada más lejos. Podrán ser los platos chinos que se sirven en los restaurantes de batalla menús simples o adocenados, podrán estar conformados a base de ingredientes modestos, pero no creo que su filosofía tenga nada que ver, ni en calidad ni es variedad, con la fábrica industrial de bocadillos urgentes de tocino, de pintxos y tapas de baratillo, de pollos empanizados sepa usted con qué grasa, que suministran las entreplantas de todos y cada uno de nuestros centros comerciales ibéricos.

Lo siento, pero lo digo como lo pienso: la comida china ha triunfado por méritos propios, sin necesidad de franquicias ni de promociones dos por uno. No todos pueden decir lo mismo.

Y claro, igual que todas las paellas hispanas no son de diez, sino que hay paellas y paellas, y migas del pastor y migas del pastor, y salmorejos y salmorejos, y cocidos y cocidos, lo mismo sucede con la comida china. Hay restaurantes que rozan la excelencia y otros que debieran corregir al alza, por decirlo finamente. Sin embargo, en general, tanto los platos españoles como los chinos que se sirven en restauración tienen un nivel de calidad estandarizada bastante aceptable. Podrán gustar o no, que el gusto es asunto caprichoso y subjetivo; esa es otra cuestión. Desde luego, si algo tiene en común nuestra tortilla de patatas con el arroz tres delicias es que es muy difícil encontrar un guiso de dichas especialidades que esté mal facturado. O, dicho de otro modo: hace falta ser un cocinero muy tarugo para fastidiarla en uno y otro caso. En este sentido afirmo que ambas gastronomías ofrecen un nivel mínimo de calidad más que aceptable.

Por otra parte; verdad es que en la comida china hay particularidades gastronómicas un tanto complicadas de gestionar para un paladar occidental: me refiero a determinadas materias primas animales (y vegetales) que serían consideradas exageradamente “exóticas” dentro de nuestras coordenadas geográficas y culturales. Correcto. Pero eso mismo ocurre con todas las manifestaciones culinarias del ancho mundo: el tabú gastronómico se conforma por imperativos sanitarios, religiosos o económicos. Después, el aprendizaje y los condicionamientos del cerebro humano hacen el resto (les recuerdo que nuestras queridísimas ancas de rana, las criadillas, los caracoles y los erizos de mar no son precisamente embajadores amables de nuestra cocina, sino que exigen del neófito un delicado proceso de acercamiento y una predisposición cariñosa, si ustedes me entienden).

Pero me he desviado de mi propósito, que no es otro que reivindicar como muy válido y (hasta donde yo sé) como nutritivamente muy saludable el modelo de comida china. Como en todo, lógicamente, hay que aconsejar moderación, variedad y, a ser posible, calidad, máximas a seguir, por otra parte, ante cualquier peculiaridad gastronómica, incluida la vertiente hispana.

Qué quieren que les diga: como habrán notado a estas alturas del post, creo que se me nota mi querencia por la cocina china. Pero además, hay otra cosa. Envidia. Envidia sana.

Y es que me provoca admiración y respeto que China haya exportado su cocina en el extranjero, si bien acondicionada a las peculiaridades de los países occidentales receptores de su emigración, con éxito incontestable de público y crítica. Me provoca envidia porque la cocina española, a estas alturas del partido, debiera haber hecho lo mismo, haber colocado una pequeña franquicia de nuestras joyas culinarias en cada esquina de cada barrio de Europa. Pero, que yo sepa, aún estamos a verlas venir.

¿Hasta cuándo, digo yo?

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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