La Opinión de Hermann Tertsch

Haití

13.01.2011 | 0 Comentarios
Haiti Tertsch

Este miércoles se ha cumplido un año del terremoto de Haití. Más de 300.000 seres humanos murieron el 12 de enero del 2010 en aquel país, cuyo nombre es ya para muchos sinónimo de maldición. Aplastados la mayoría, muchos agonizaron aun durante días en un país absolutamente desolado en el que nadie escapó a la tragedia. Desde entonces no ha habido en este país momento alguno para la esperanza. Todo se ha convertido en una terrible constelación maldita en un país en el que diez millonjes de habitantes parecen condenados a vivir y morir en condiciones dantescas. Cuando no fue el hambre inicial fue el cólera y otras enfermedades. Cuando no el desmoronamiento de todo el orden público, han sido las miserias y la brutalidad en una sociedad en la que la violencia se ha adueñado de la vida cotidiana. La descomposición generalizada de las estructuras del Estado, que ya era un hecho cuando se produjo aquella inmensa catástrofe, ha hecho aun más difícil todos los intentos de ayuda exterior. Haití es el paradigma del estado fracasado de los hombres, castigado con crueldad por la naturaleza.

 

Pero Haití es también una muestra de la incapacidad del mundo desarrollado de aportar respuestas efectivas a un epicentro de sufrimiento humano de dimensiones bíblicas. Nadie lo dice públicamente pero todos los países dispuestos a ayudar muestran agotamiento en una labor humanitaria que muchas veces se enfrenta al clima de violencia y encanallamiento de la sociedad destinataria. La labor de las fuerzas de la ONU y de las muchas ONGs allí activas se desarrolla en las peores circunstancias imaginables. Y de la ayuda prometida hace un año apenas un 20% ha llegado a su destino. El país parece trágicamente abocado a quedar paralizado en un estado crónico de miseria y falta de seguridad y estabilidad política.

 

Pese a todo este balance tan escaso de esperanza hay que insistir en que el mundo no puede asistir sin más al hundimiento de Haití en un estado de miseria y barbarie. Todos los países del mundo tienen hoy sus graves problemas internos. Pocos parecen dispuestos a mayores sacrificios en un país fracasado cuando además la población no parece responder.

 

Pero el mundo no puede desentenderse de Haiti pese a todo. Porque algo que necesita aquel país desesperadamente, también lo necesitamos los demás para mantener vivas nuestras propias esperanzas. Y eso es la compasión.

 

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