Abre los ojos

Giacometti y la importancia de una mirada

20.02.2015 | 0 Comentarios
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“Si la mirada- es decir, la vida- se convierte en lo esencial, no hay duda de que lo esencial es la cabeza. “

La Fundación Canal dedica a Alberto Giacometti una pequeña pero exquisita exposición. No se trata, en absoluto, de una retrospectiva sino de un conjunto íntimo y personal. Reúne unas cien obras entre esculturas y obra gráfica con litografías, aguafuertes, dibujos a lápiz, a boli, algunos hechos sobre un mantel o en un simple trozo de carta. Todas proceden de la Fundación Giacometti y muchas, restauradas para la ocasión, se exhiben por primera vez. 

A lo largo de su vida, su producción artística se vio influída por los dictados del naturalismo, del cubismo o del surrealismo, y todos estos movimientos le llevaron a la creación de una estética figurativa muy particular. Su carrera está centrada, con una continuidad sorprendente, en los temas clásicos de la figura humana que se convierte en hilo conductor de esta exposición.La primera sala está centrada en la “Cabeza” como parte del cuerpo que más le interesa. Pinta cabezas una y otra vez, a veces con suavidad, a veces con trazos envolventes y llenos de fuerza, con unas líneas tan enmarañadas que parecen querer  borrar lo ya dibujado en una tarea casi autodestructiva. Hay aquí algunos preciosos ejemplos en los retratos de Matisse o Sartre.

Intercaladas en el recorrido están las esculturas. Justo a la entrada nos recibía “Cabeza de hombre (Lotar I)” un cráneo de bronce de ojos alucinados que, un poco más allá, se estiliza al máximo en la “Cabeza sin cráneo”, tan éterea, que necesita de un pedestal para frenar su desaparición.

 

A continuación la preocupación está en la “Mirada”que obsesiona al artista y persigue, a su vez, al espectador. En una entrevista le habían preguntado: “¿esculpe usted por los ojos?” a lo que había respondido: “ Por los ojos. Únicamente por los ojos. Tengo la impresión de que si consiguiera copiar un ojo, aunque solo fuera un poquito, tendría la cabeza completa”. Para Giacometti los ojos, tan centrales en el surrealismo, son los únicos capaces de dotar a la cabeza de vida, por lo tanto, al individuo. La suya, puede ser una mirada totalitaria donde todo se confunde: cabeza, ojo y boca son inseparables en su escultura cubista “Cabeza cráneo” . Pero también una mirada individualizadora en la serie de retratos dedicados a Pierre Loeb.

Avanzamos y la representación se amplía con las “Figuras de medio cuerpo” que a pesar de su escaso tamaño transmiten una gran monumentalidad. El mejor ejemplo es el del tándem “Mujer sentada” y “Hombre sentado” que recuerdan mucho la estatuaria egipcia.Cada figura forma un bloque, un todo en el que sólo los brazos se separan un poco del tronco.

La “Mujer” ocupa una papel muy importante en su imaginario y por eso se le dedica otra de las salas. Giacometti la inmortalizó inmóvil, hierática, como un ídolo totémico y, a  su lado, el hombre caminando. Su relación con la femineidad fue muy particular. Las modelos que escogía formaban siempre parte de su entorno más cercano. Así hay delicados retratos de su esposa Annette Arm, desnuda, vestida con las piernas cruzadas y una mirada intensa, o potentes dibujos de Caroline, la camarera de un bar de Montparnasse con la que mantuvo una tumultuosa relación.

A menudo ellas no están solas sino en “Pareja” como en las  esculturas primitivas del centro del  siguiente espacio. Ambas, simplificadas según los cánones del arte primitivo, comparten pedestal pero no llegan a tocarse. En el universo de Giacometti las distancias entre el hombre y la mujer parecen ser infranqueables, sólo a veces se esboza un acercamiento como en el “Autorretrato frente al espejo” donde ella posa su mano sobre el hombro de su pareja.

La última sala, la de las arcadas, habla de las “Figuras en el lejanía”, de la separación, esta vez, entre el artista y el modelo.Aparece habitada por personajes filiformes, encerrados en vitrinas, que van disminuyendo de tamaño. Es el juego entre el cuerpo, la distancia y la escala, en el cual las esculturas van perdiendo materia hasta convertirse en simples apariencias, visiones lejanas que se van difuminando para casi desaparecer en una búsqueda obsesiva del existencialismo. Sin duda, una puesta en escena depurada y elegante a camino entre la nada y el ser. 


María Vera

 

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He sido siempre una apasionada del mundo del arte, me recuerdo adolescente comprándome en el kiosko unos coleccionables sobre museos del mundo que todavía conservo en casa. Cuando me licencié en la facultad me dediqué al arte moderno,  centrándome en Dalí, protagonista de mi tesis y de alguna de mis publicaciones. Ahora, en este blog, me apetece compartir con vosotros mis visitas a  las más interesantes exposiciones de Madrid, a sus museos y sus galerías, y teneros al tanto de la actualidad artística. ¿Os animáis a patear la ciudad conmigo?

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