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The eye in the sky

23.05.2012 | 0 Comentarios
Está usted detenido, 30 minutos blog

 “I am the eye in the sky, looking at you” (“yo soy el ojo en el cielo, que está mirándote”) advertía Alan Parsons allá por 1982 en una de las canciones más radiadas de la Historia de la música popular.

De ojos que todo lo ven versa el post de esta semana: de los millones de ojos electrónicos que nos rodean por todas partes, ojos propios y ajenos, ojos conscientes e inconscientes, los ojos que, en definitiva, construyen nuestra realidad del siglo XXI, la cual pareciera que no existe si antes no ha sido tamizada por el filtro de una lente de video digital, o, lo que es lo mismo, por su representación virtual, su simulacro, que diría el filósofo y sociólogo Jean Baudrillard.

Cierren el diafragma, encuadren, corrijan foco y observen el frame de esta semana: una imagen electrónica más, nitidísima, full HD, capturada en esta ocasión por una sofisticada cámara instalada en un helicóptero de la policía. Es un ejemplo de alta tecnología al servicio de la seguridad, cuestión que aborda el reportaje “Está usted detenido”, que ha emitido esta semana Treinta Minutos.

Sería muy fácil construir este post desde la perspectiva paranoica del típico ciudadano que un día, como cayéndose de la higuera, toma conciencia de que sus movimientos ya no son suyos, de que su imagen ya no es anónima y ni siquiera es propia, porque todo cuanto hace, adónde va, con quien habla, quien es en sí mismo, está siendo permanentemente registrado por omnipresentes cámaras de televisión que le enfocan desde todos los ángulos posibles: calles, satélites, aparatos portátiles, helicópteros, edificios, tiendas, vehículos…

Como comprenderán, decir a estas alturas de la película que el ojo de Hal9000, o del Big Brother si lo prefieren, otea desde hace décadas sobre el horizonte y nos retrata a cada instante no es ningún secreto. Sí resulta más pertinente, en cambio, preguntarnos por qué estamos encantados de salir en la foto como si tal cosa; o, dicho de otro modo: por qué nosotros, los retratados, hemos acabado por convertirnos en la propia cámara que a su vez retrata al individuo que tenemos enfrente, al semejante, en un ejercicio de vigilancia recíproca que ni el mismísimo Philip K. Dick habría elucubrado en la más desquiciada de sus ensoñaciones literarias.  

A ver si no.

En cada teléfono móvil tenemos dos cámaras, trasera y delantera, y ello nos parece fabuloso en aras de la comunicación; poco importa que portemos nuestra intimidad en un pequeño objeto que puede ser fácilmente sustraído de nuestra chaqueta, olvidado en la barra de un bar o invadido desde la puerta trasera de un bluetooth o un wifi público. En cada ordenador, en cada tableta, una webcam nos apunta al entrecejo y ello nos parece fabuloso; qué pena que no tengamos en cuenta el pequeño inconveniente de que cualquier desaprensivo, con un pequeño troyano (un programita informático elaborado por un hacker), puede grabarnos desde la distancia sin que nosotros seamos conscientes de ello. Nuestras consolas de videojuegos, portátiles o de salón, tienen una cámara orientada hacia nosotros; algunas de nuestras televisiones domésticas también empiezan a incorporar ópticas que nos vigilan y que se anticipan a nuestros deseos; nuestros vehículos disponen de cámaras de aparcamiento, cámaras interiores para evitar que nos durmamos, cámaras de detección de ángulo muerto, cámaras, cámaras…; pronto, muy pronto, las lavadoras, las neveras y hasta las tostadoras estarán dotadas de dispositivos de reconocimiento facial. ¡Ah! ¿Creen ustedes que exagero! Dejen correr el tiempo y verán… Por lo pronto, niños, adolescentes, adultos  y ancianos, tan familiarizados estamos todos con el tráfico digital, que almacenamos toneladas de gigabytes con nuestra imagen en estos y otros dispositivos dotados de cámara y nos parece de lo más normal del mundo subir toda esa información a la a la red, a la nube, al infinito, para que unos desconocidos (Ellos, Los Otros, Los de Más Allá) hagan con ella lo que crean conveniente, lo cual casi nunca es conveniente para nosotros.

Pero ahí no acaba el asunto: no se trata sólo de ellos, de los malos, de los hackers, de los espías, de los servicios secretos, de los Illuminati y del Doctor No…

Los ciudadanos de bien, los Juan Nadie, nosotros, sí, sí, ustedes y yo, todo lo grabamos, todos nos grabamos, desde cualquier perspectiva, siempre, a cualquier hora: yo grabo, tu grabas, él graba; en la calle, en el museo, en el coche, de vacaciones, de camino a todas partes y a ninguna, sentados en un banco, de paseo, en el trabajo; en los buenos, en los malos momentos, en los accidentes, en los incidentes, en los partos, en los óbitos, en las celebraciones, en la salud y en la enfermedad, en la tristezas y en las alegrías, durante todos los días de nuestra vida: si una parcela de la realidad escapa al registro electrónico pareciera que ese fragmento de la realidad nunca ha existido. O peor: pareciera que ese fragmento inédito es menos real, menos digno de mención y menos auténtico.

Es como si hubiéramos perdido la certeza en la seguridad de nuestros propios recuerdos, como si necesitáramos una muleta electrónica para creer que ha sido cierto nuestro tránsito por el mundo.

Si continúan sin creerme o si piensan que exagero, si me juzgan apocalíptico sin tener un motivo real, les recomiendo que vean el tercer episodio una pequeña serie de ciencia ficción de Channel Four titulada “Black Mirror”, una pequeña joya televisiva que se ha emitido en Reino Unido estas navidades y que ha cobrado desde entonces merecida fama y difusión en internet gracias al boca a boca: en el mencionado tercer y último episodio de “Black Mirror” se  muestra cómo sería una sociedad futura donde los seres humanos grabasen en vídeo, permanentemente y desde el día del nacimiento, cada instante de sus propias vidas gracias a unos implantes instalados en sus propios ojos. Las consecuencias… pronto dejarán de ser ciencia ficción y pasarán a ser contenido meramente documental.

La cuestión no es, por tanto, que haya un ojo en el cielo mirándonos. Lo he dicho ya: el problema es que nosotros, todos y cada uno, nos hemos convertido en el propio ojo.

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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