La Opinión de Hermann Tertsch

Esperanza y libertad

17.02.2011 | 0 Comentarios
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Debiera ser ya evidente hasta para el menos avisado que el levantamiento en los países árabes va a cambiar profundamente el mundo. Y que los acontecimientos se suceden a una velocidad vertiginosa. Y que ninguno de los muchos regímens dictatoriales de la región va a poder escapar del tsunami de esperanza y clamor por la libertad.

Sí el derrocamiento de Ben Alí en Túnez fue el detonante, la carga de energía que ha adquirido la idea misma de la emancipación después del derrocamiento de Hosni Mubarak en Egipto adquiere visos de ser imparable. Y alcanza ya de pleno a regímenes totalitarios no árabes como Irán. Este miércoles se han producido manifestaciones en contra de la dictadura en Yemen, en Bahrain, en Libia y en Iran. En todas ellas ha habido ya víctimas mortales en el desafío contra las fuerzas represivas. En todas se exigía democracia, derechos humanos y libertad. En todos ellos se han evocado las victorias populares de Tunez y Egipto.

Cierto es que son regímenes muy diferentes. Unos aliados con Estados Unidos y occidente en general, los otros sus peores enemigos. Pero todos tienen en común su caracter antidemocrático, despótico y represivo. Todos tienen una juventud que supone siempre más de dos tercios o incluso tres cuartos de la población. También hay que destacar otro dato muy importante: ninguna de estas manifestacioes tenía carácter antiamericano o antioccidental. Por el contrario, todas ellas exigían precisamente la conquista de los valores de gobierno que son la seña de identidad de las democracias occidentales.

Después de muchas semanas de titubeos y falta de definición, el presidente Obama y su secretaria de Estado, Hillary Clinton han establecido públicamente unos criterios que parecen los más sabios. Todos los pueblos hoy regidos por dictaduras, sea Arabia Saudí o Irán, Siria o Libia o los Emiratos, tienen derecho a gozar de los valores universales que son la libertad y los derechos humanos. Y gozan de la simpatía para implantar democracias que las garanticen. Nadie debe llorar una lágrima por los regímenes que no sepan satisfacer estas exigencias justas.

Y nadie debe temer a los cambios. Sino ayudarlos no sólo frente a la resistencia de quienes niegan los derechos a quienes los reclaman. También frente a quienes querrían secuestrar esta revolución para otros planes totalitarios. Imaginemos por un momento una democracia en Teherán y otra en Arabia Saudí y Egipto. Estamos lejos aun de ahí, pero por primera vez en la historia, no hablamos ya de una utopía.

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