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Envidia sana

30.03.2011 | 0 Comentarios
Pareja Amish

¿El frame? Un matrimonio, miembros ambos de la comunidad Amish, uno de los grupos religiosos más tradicionales de los Estados Unidos. Amanda y Ephrain, la pareja protagonista del reportaje “Expulsados del Paraíso”, que ha emitido esta semana Treinta Minutos, son dos Amish disconformes con algunas de las estrictas reglas de su comunidad; este grupo religioso cristiano anabaptista sigue al pie de la letra el texto del Evangelio y vive según las tradiciones de los primeros colonos del siglo XVIII; no incorporan en sus viviendas ninguna clase de tecnología, mantienen los usos y costumbres de hace tres siglos, son sencillos, humildes y extraordinariamente específicos y puntillosos en cada detalle de su vida cotidiana: ser Amish implica una forma detalladísima de vestir, de peinarse, de rezar, de leer y hasta de sanar, cuando caen enfermos. Aproximadamente, 230.000 estadounideses repartidos en 22 asentamientos, profesan esta confesión.

A mí, qué quieren que les diga, me dan envidia los Amish.

Me explico: no quiero decir que envidie su estilo de vida tradicional, que lo desee para mí y o que me resulte apetecible, siquiera como hipótesis, regresar en el tiempo tres siglos hacia atrás, como por ensalmo, y renunciar con ello a mi queridísimo siglo XXI. No. Lo que quiero decir es que me admira que los Amish puedan profesar su fe con naturalidad, sin coacciones, sin vergüenzas o humillaciones, sin experimentar en sus carnes la hostilidad del resto de sus conciudadanos; me admira, por tanto, cómo Estados Unidos, su país, respeta cualquier creencia, cualquier confesión, cualquier idea, por extraña o chocante que pueda parecer a primera vista.

Envidio, pues, la libertad. Y el respeto, claro. ¡Qué cosas tan simples, tan elementales y tan apetecibles!, ¿no creen?

Es Estados Unidos un país (como todos los pueblos libres tiene también sus “peros”, aunque ¿acaso existe algún sistema democrático que sea absolutamente perfecto?), en donde un amish, un budista, un católico, un profesante chií, un sintoísta, un judío, un pentecostal, y hasta un profesante de la cienciología, puede sentirse a salvo de de las miradas, de los cuchicheos despectivos, de los dedos apuntando, de las agresiones verbales, de las miradas altivas, de la intimidación física, de la ridiculización.

No es ya que la Constitución norteamericana ampare la libertad de culto o de creencias, que lo ampara; es que dicho principio de tolerancia y respeto religioso está grabado a fuego en el corazón de cada norteamericano, como algo irrenunciable, como parte del orgullo y de la esencia del buen ciudadano. Allí, que un político o un actor, que un empresario, una ama de casa, un jugador de baloncesto o un militar, hablen públicamente de la confesión religiosa que profesan no es motivo de escándalo, y, menos aún, se convierte en excusa para justificar agresiones e intromisiones durante el ejercicio de sus cultos particulares, excusa para propiciar escarnios o vejaciones.

Miren ustedes: yo pienso que cualquier religión, cualquier credo profesado, y, por supuesto, también cualquier postura o perspectiva no creyente, no debe ser considerada como un capricho, como una faceta accesoria del ser humano, como un complemento, como un apéndice más del pensamiento. No. Creer en algo trascendente, pero también no hacerlo, es algo muy serio, (de hecho lo más serio que existe) siempre que se viva desde el respeto y la sinceridad.

El derecho a creer y a profesar una fe, y también el derecho a no hacerlo, es, junto con el derecho a la vida, uno de los bienes más preciados que tenemos: se imbrica junto a las fibras más íntimas de nuestra condición humana, de nuestra emotividad, de nuestra inteligencia, de nuestra sensibilidad, de lo que podemos esperar o no de la existencia.

Los norteamericanos, que hace más de tres siglos tuvieron que luchar a vida o muerte por conquistar y construir su libertad como país, tienen clarísimo que la creencia y el respeto en el ejercicio de las misma es piedra angular de la convivencia; coexisten, así, cultos diversos y distantes, confesiones ortodoxas y heterodoxas, ideas y principios novedosísimos o arcaicos, sin que esta pluralidad sea interpretada por nadie como una merma para el bien común, para el progreso o para la búsqueda de la verdad.

“Quiero creer”, subrayaba, años atrás y salvando las distancias respecto a la fe religiosa, que, como antes decía, es cosa bien seria y bien distinta, el eslogan de la célebre serie Expediente X.

Sí señor, de eso se trata: quiero creer, hasta en los ovnis, por estrafalarios que me parezcan, si me da la gana.

“Quiero creer”, en efecto, dice el norteamericano medio. “O no quiero”, dice su compatriota de al lado. Y no pasa nada.

Respeto. Libertad. Los invoqué antes, ¿recuerdan?

Por eso siento envidia de ese país y de sus amish, uno de los infinitos ejemplos de convivencia y diversidad religiosa que posee la patria de Abraham Lincoln.

Y ahora, dicho todo esto, me pregunto: ¿por qué yo, que vivo en un país democrático que está dotado de una Constitución perfectamente garantista de derechos, tengo que sentir envidia de un país que está tan lejos, al otro lado del Atlántico?

Si lo pienso dos veces, que yo y otros como yo tengamos motivos para sentir envidia de un ejemplo lejano, me parece preocupante.

Como dicen ahora: a lo mejor, los europeos, los españoles, tenemos que hacérnoslo mirar.

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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