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El silencio

07.03.2012 | 0 Comentarios
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Es bien sabido que el mejor cómplice de los asesinos es el silencio.

Antes que borrar pruebas o que dejar una ristra de pistas falsas, antes que sumergirse en las sombras y confiar en el olvido del tiempo, los asesinos, puestos a elegir, prefieren el silencio, que es como un manto de invisibilidad que les protege de la vergüenza, de la justicia y hasta de la propia conciencia.

Porque el silencio y su sonido (que lo tiene), decía la canción de Paul Simon, crecen como un cáncer, que no se ve desde el exterior pero que existe.

Por ejemplo: el sicario del mafioso que acribilla por dinero sabe que el silencio es su único salvoconducto. Si no, de qué.

El violador, el pederasta, el secuestrador y el psicópata que mata en serie confían en el silencio como si de un hermano se tratase. De hecho, estas personas no conocen más familia que el silencio que el miedo inspira.

El asesino que mata a su mujer lo tuvo un poco más fácil al cometer su crimen gracias al silencio de quienes intuían que algo no iba bien en cómo trataba ese hombre a su pareja pero prefirieron no intervenir o denunciar y mirar hacia otro lado.

El que persigue y extermina a un semejante por odio racial, por tener una religión distinta, o porque no piensa igual, al exterminar, busca el silencio perpetuo y absoluto, que, en definitiva, no es otra cosa que quedarse el perseguidor a solas con su odio en un mundo devastado en el que ya no existe para replicar nadie más que él mismo.

Pero nada es eterno. Ni siquiera el silencio.

Como ha dicho tantas veces el profesor García Andrade, los muertos hablan. Siempre acaban hablando de una forma u otra. Y lo hacen de forma bien elocuente.

En 1981, tres mujeres valientes, tres personas normales y corrientes pertenecientes a una España que se había quedado muda ante los asesinatos de ETA, años de plomo en que parecía que ser víctima del terrorismo era una vergüenza o una ignominia, esas tres mujeres, digo, Ana María Vidal Abarca, Sonsoles Álvarez de Toledo e Isabel O’Shea, decidieron no permanecer calladas por más tiempo y dieron un paso al frente: fundaron la Asociación de Víctimas del Terrorismo sin más medios materiales que un anuncio en un periódico y un apartado de correos con el que poder contactar con las cientos de viudas de los asesinados por ETA. Digo viudas, como podría decir hermanos y hermanas, hijos, hijas, padres y madres de inocentes a quienes los terroristas trataron de callar para siempre.

“Pues yo no he de callar”, se dijeron  esas tres mujeres.

Sépase lo que ellas de verdad hicieron: sobre todo, más que pelear por conseguir ayudas económicas del Estado, más que reclamar justicia, más que hacer causa común con los débiles, esas tres mujeres emprendieron una batalla bravísima contra el silencio. Con su decisión, con su dignidad y con su decencia esas mujeres contradijeron, aún sin pretenderlo, los versos de Becquer:

Ante aquel contraste
de vida y misterio,
medité un momento:
“¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!”

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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