La torre del alquimista

El Sagrado Bosque

02.11.2010 | 1 Comentarios
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Se  hace difícil intuir las verdaderas intenciones de aquellos que originaron “El Jardín  de las maravillas” en Bomarzo. Hoy,  después de varios visitas al sagrado bosque  Italiano, intento ordenar mis impresiones de una manera clara y reconozco la dificultad de la empresa.

 

 

El viaje ha resultado ser, como todo viaje que diferencia la actitud del viajero de la del  turista, una acumulación de preguntas  que se atropellan en mi cabeza en búsqueda de respuestas.

 

 

La pequeña villa de Bomarzo se encuentra cerca de Viterbo, en la región del Lazio, a unos cien kilómetros de Roma. Se puede llegar por la autopista Roma- Florencia, en la que viene convenientemente anunciada la desviación a tomar. También por tren desde Termini a Attigliano y desde allí a Viterbo, donde podemos coger un autobús hasta Bomarzo. 

 

 

También denominado “el Bosque sagrado” o el “jardín de los monstruos”, el jardín mandado construir por el príncipe Pier Francesco Orsini, llamado Vicino, como un “Sol para desahogar el corazón”, y finalizado en 1552 por el arquitecto Pirro Ligorio, a la muerte de su mujer Julia Farnesio.

 

 

Se alza como un intento contra la lógica de la razón por parte de un sueño, ¿o quizás una pesadilla?, de un príncipe renacentista perteneciente a una de las familias más importantes de la historia Italiana.

 

 

En mis manos se encuentra la novela “Bomarzo” del escritor Mujica Lainez. Un acercamiento de leyenda que posteriormente se convirtió en una ópera de las manos del compositor Alberto Ginastera. Lejos de esclarecerme, me envuelve con su hermoso discurso y me zambulle en los remolinos de la   prosa preciosista de su autor, me separa de una comprensión cabal de lo por mí observado en Bomarzo.

 

 

Pero, en realidad, ¿que es lo que he visto? Figuras talladas en la roca expresando imágenes, la mayoría de ellas, de mitos y alegorías de la Grecia clásica. Decenas de imágenes ciclópeas, sorprendentes por su tamaño y que configuran un inquietante paseo.  ¿Un recorrido iniciático de un príncipe instruido en la cábala y alquimia?.

 

 

Me cuesta aceptar la hipótesis de simple divertimento estético  como defienden algunos racionalistas contemporáneos. No creo que sea únicamente la razón el único vehículo adecuado para acercarse a estas esculturas, más bien me siento inclinado a observar  las impresiones que el recorrido de sus senderos producen en mi alma.

 

 

Por otra parte, no se me escapa el carácter humoral que rodea toda la obra, forneciéndola de un tono entre amable, irónico y distante. De esta forma, el conjunto escapa a la gravedad de la que, seguramente, un poco avezado visitante caería sin remedio, apabullado ante las proporciones ciclópeas de la misma. Por ello, las máximas que rodean por doquier el parque, además de orientar sobre algunos aspectos del mismo, ayudan a producir en el observador esa mirada “renacentista” de la que, sin duda, formaba parte el propio duque Orsini.

 

 

El mensaje que se quiere dar, sobre la vida y sobre la muerte, será entonces el producido por una mente con un objetivo claro pero no grave. No se intenta apabullar al espectador, ni dominarle en una posición que le constriña, sino enseñarle y mostrarle para dejarle en una condición de apertura y comprensión. La comprensión de las grandes verdades reconoce la ingenuidad del estadio anterior con una sonrisa entre comprensiva y reconciliadora. Sentimiento despierto que predispone a lo visto y a lo porvenir, totalmente alejado del encerramiento que produce el pavor de lo admonitorio.

 

 

Una dificultad añadida, el actual bosque está lejos de guardar el orden que le dio su primer propietario. Han pasado un poco menos de quinientos años desde que las esculturas fueron ubicadas siguiendo un orden diferente del actual. Lo mismo ocurre con las especies vegetales que nos encontramos hoy, muchas de ellas traídas posteriormente y colocadas con criterios muchas veces únicamente estéticos y preciosistas (Prunos por ejemplo).

 

 

Así pues, debemos disponernos a intentar armar un grandioso, por el tamaño de las piezas, rompecabezas. Un Puzzle gigante que, aunque aparentemente ordenado, no debemos engañarnos, se encuentra desordenado, sin el orden que su creador quiso darle.

 

 

Tampoco conocemos el significado del mensaje, deberemos desentrañarlo, ya que se trata de esculturas de tipo simbólico y alegórico. Lenguaje de una cultura, la greco romana que si bien utilizó la simbología para expresar contenidos psíquicos, hoy se encuentra separada de nosotros cientos de años. Encontrar el significado adecuado de las mismas y conectar el hilo de discurso no será una tarea fácil.

 

 

Impresiones que golpean con fuerza a mi estado de ánimo y lo sobrecogen sin contemplación. Y que a  modo de preguntas bombardean a mi espíritu en búsqueda de respuestas.

 

 

A la primera sensación de estupor y sorpresa, ante la observación de las esculturas, le continúa una suerte de recogimiento que sustituye a la admiración.

 

 

Los cristianos tienen en el viacrucis un camino guiado en el que siguiendo los pasos del fundador de su religión llegan a movilizar sus más profundos sentimientos. Igual ocurre con la recitación sentida del Credo de Nicea. ¿No nos encontraremos en la misma situación en el caso de las esculturas del “Bosque de los monstruos”?. ¿A dónde nos quiere introducir el príncipe renacentista italiano? Comencemos el recorrido.

 

 

“A la mitad del camino de la vida
yo me encontraba en una selva oscura
con la senda derecha ya perdida.
¡Ah, pues decir cuál era es cosa dura
esta selva salvaje , áspera y fuerte
que en el pensar renueva la pavura!”

 

 

Así hablaba el Dante al comienzo de su Comedia que recorrió de la mano de Virgilio, Beatriz y de San Bernardo. En esta Ocasión será Pier francesco Orsini en pos de Julia Farnesio el que hablará, con la ayuda de Pirro Liborio, y lo harán por medio de sus “monstruos” (que muestran....), de sus grandes figuras talladas en piedra que nos observan inmóviles. Testigos mudos de una gran enseñanza.

 

 

Entraremos al bosque después de cruzar un puente, sobre un río, y pasar una puerta almenada en cuya parte superior se encuentra el escudo de los Orsini.

 

 

El texto tallado en una de la dos esfinges, que a modo de guardianes encontramos a la entrada del parque, me hace recordar al Dante de la Divina comedia, en el frontispicio de la entrada al infierno: “Tú que entras con la idea de ver todo con cuidado, dime después si tantas maravillas se han hecho por engaño o bien por arte”.

 

 

Por si fuera poco, la otra esfinge, enfrentada a la primera, también nos recomienda sobre la actitud adecuada a utilizar en el recorrido a realizar posteriormente: “Quien no va por este lugar con cejas enarcadas y labios apretados, tampoco sabrá admirar  las famosas siete maravillas del mundo”.

 

 

En el interior del parque dos pequeños obeliscos. En el de la derecha una inscripción: “Vicino Orsini en el 1552”. Se interpreta que toda la obra del parque fue terminada en 1552. En el de la izda. Leemos “Sólo para desahogar el corazón”, una declaración de intenciones del propio Orsini ante la obra del bosque. Es de presuponer que en su origen estarían ubicados  cercanos al comienzo del recorrido del bosque.

 

 

La rotonda, que encontramos a la mitad del recorrido,  con una inscripción: “Ceden Menfis y cualquier otra maravilla de las que ya hubiere en el mundo en apreciación al Sacro Bosco, que sólo a sí mismo y a ningún otro se asemeja”. 

 

 

Juegos escultóricos, hasta casi treinta, ocupan el parque.

 

 

El silencio respetuoso ante la grandeza del mensaje, viene acompañado de una suave brisa, cómplice, por la forma en que éste ha sido “escrito”, con piedras que plasmaban imágenes. El duque Orsini ha hablado con “palabras” dirigidas al corazón del visitante. Su mensaje resuena más allá de los siglos y por cierto le trascienden.

 

 

No es prudente arriesgar una interpretación que condicione la de aquellos que vengan detrás. Cada uno tendrá que hacer su parte. Si por iniciación entendemos el acceso a grandes verdades que cada uno se escuche a sí mismo y se responda por el resultado.

 

 

El sagrado Bosque de Bomarzo ha sido el aporte de una persona y una época con claros ribetes humanistas. Forma parte del acerbo cultural de la Humanidad. Igual que el faro de Alejandría, de la que es deudor, su aporte servirá para guiar a aquellos que lo requieran. Los demás no tendrían porqué oponerse ya que en ello ni les va ni les viene.

                                                                       Antonio Elegido
 

  • Es uno de los lugares que merece la pena conocer, sin lugar a dudas. Gracias.
    02.11.2010 RAR
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Antonio Elegido González-Quevedo, el "profesor" del programa "Cifras y Letras". Lector infatigable de los clásicos. Viajero. Humanista. Amigo del Quijote.

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