Abre los ojos

El Palacio de Boadilla

18.09.2015 | 0 Comentarios
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A muy pocos kilómetros de Madrid se halla la localidad de Boadilla del Monte. Cuando vamos llegando, ya desde la carretera, nos llama la atención su espléndido palacio rodeado de una zona ajardinada que nos invita a pasear aprovechando los últimos coletazos del verano madrileño.

Fue el infante don Luis buscando, seguramente, la tranquilidad y los placeres del campo, entre ellos el de la caza, quien encargó a Ventura Rodríguez, uno de nuestros más importantes arquitectos del neoclasicismo, su construcción. Si indagamos un poco en la historia descubrimos que ya existía un primitivo palacio llamado de las Dos Torres. El infante Luis Antonio de Borbón y Farnesio, hijo de Felipe V y hermano de Carlos III, se había hecho en 1761 con el señorío de Boadilla, aprovechando las dificultades económicas por las que atravesaba su propietaria la marquesa de Mirabal..

Don Luis no contaba con ninguna propiedad privada y ésta le pareció conveniente por su cercanía con la corte. Y aquí fue donde vivió entre 1765 y 1776 con su esposa María Teresa de Vallabriga y rodeado de artistas que trabajaron para él. Además del propio Ventura Rodríguez, pintores como Luis Paret y Alcázar o músicos como Luigi Boccherini estuvieron bajo su protección . Esa es la razón de que el palacio albergara en su interior numerosas obras de arte, entre ellas el “Cristo” de Velázquez. Muchas se perdieron durante la guerra civil que es cuando el edificio sufrió los daños más graves. En 1974, después de muchas vicisitudes, fue declarado Monumento Nacional y en 1998 lo adquirió el Ayuntamiento de Boadilla. A partir de entonces el conjunto ha sido objeto de varias restauraciones.

Comenzamos nuestro paseo y descubrimos un palacio de planta rectangular. Se distribuye en tres cuerpos principales con tres alturas cada uno, a los que se suman otros dos secundarios de una sola situados a cada lado. Los materiales empleados para la construcción son principalmente el ladrillo rojo y secundariamente la piedra, reservada para las portadas y el zócalo, este último de sillares de granito. El conjunto está coronado por dos pequeños torreones cuadrangulares emplazados en los extremos que sirven de cuerpos de luz y que ya tenía el primitivo palacio.

La fachada de entrada está orientada al noroeste y la fachada trasera, que da al jardín, al sureste. Ambas tienen un trazado similar: lineal y muy sobrio. Están proyectadas sin relieve, con la excepción de las puertas, los frontones y la cornisa que remata el edificio. Encima de ella se extiende un antepecho y más arriba una cubierta de teja árabe.


La portada principal está enmarcada por columnas toscanas. Sobre ellas descansa un balcón con columnas jónicas, un frontón semicircular y, por encima de éste, una lápida conmemorativa con la inscripción “A.D. MDCCLXV” en alusión al año en que fue concluido el edificio.

Si cruzamos enfrente, atravesando la plaza semicircular, está la llamada “Fuente de los tres caños” que diseñó también Ventura Rodríguez. 

Es bastante espectacular, formada por tres cuerpos centrales de granito, flanqueados por otros dos de ladrillo, y tan sólo separados por unas sobrias pilastras planas con capiteles toscanos. En los cuerpos centrales, tres hornacinas y en cada una de ellas un mascarón por cuya boca sale el agua.

Para contemplar la otra fachada tenemos que rodear el palacio e ir hacia la izquierda donde encontramos la actual puerta de entrada. Es de estilo neoclásico, hecha en ladrillo y rematada por un frontón triangular. En realidad hay tres más que no se utilizan, todas ellas casi iguales y bastante más deterioradas que ésta.

Descubrimos que este frente del  palacio es prácticamente idéntico al primero. Los dos carecen de elementos ornamentales, sólo arriba vemos unos jarrones y dos escudos de armas del rey Felipe V tallados en piedra.

A los pies del palacio se extiende un jardín de trece mil quinientos metros cuadrados restaurado recientemente por la paisajista Lucía Serrendi con un diseño de clara influencia italiana. Es de forma rectangular y dispuesto en terrazas para salvar los desniveles del terreno.



 Hay dos zonas bien diferenciadas, un jardín alto y un jardín bajo separados por dos galerías. Originariamente exitían numerosos elementos ornamentales: grutas, estanques, fuentes... pero todo se trasladó al Campo del Moro, junto al Palacio Real, donde se conservan en la actualidad. Hay plantados tilos de Holanda, cipreses de la Toscana, lilos, moreras, perales y muchas plantas tapizantes que van creciendo poco a poco. El recinto está cercado con muros y paredes de cal y ladrillo y, sobre ellos, una clásica balaustrada de piedra blanca que nos invita a contemplar el paisaje.

A pesar del deterioro de algunos rincones, el conjunto conserva el aire y la escala de los grandes palacios europeos. Todo transmite orden, equilibrio y serenidad. El paseo toca a su fin o empieza uno nuevo porque, al alejarnos, el jardín desaparece y se hace, poco a poco, más agreste hasta convertirse en una maleza casi descontrolada.

MARÍA VERA




 

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He sido siempre una apasionada del mundo del arte, me recuerdo adolescente comprándome en el kiosko unos coleccionables sobre museos del mundo que todavía conservo en casa. Cuando me licencié en la facultad me dediqué al arte moderno,  centrándome en Dalí, protagonista de mi tesis y de alguna de mis publicaciones. Ahora, en este blog, me apetece compartir con vosotros mis visitas a  las más interesantes exposiciones de Madrid, a sus museos y sus galerías, y teneros al tanto de la actualidad artística. ¿Os animáis a patear la ciudad conmigo?

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