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El oro, uno de los metales más (¿sobre?)valorados

27.01.2012 | 0 Comentarios
Lingotes de oro
Oro (Au). Elemento número de 79 de la Tabla Periódica. Por él, sobre él y para él, el más bello de los metales preciosos, la raza humana ha elevado imperios deslumbrantes y hasta ha arrasado ciudadelas encumbradas sobre chamizos, ha urdido conspiraciones de Estado y, según el caso, ha tramado complós de café y ha cerrado pactos en trastiendas de usureros, ha vendido y comprado almas y cuerpos, ha idolatrado becerros blasfemos sin tener en cuenta las subsiguientes consecuencias para la salud y, para colmo, en pos de él, los más ingenuos de los cándidos, esto es, los alquimistas, se han devanado durante siglos los sesos buscando la piedra filosofal que transformase el plomo en pepitas relucientes. (tiempo después, estos mismos alquimistas, o sus herederos, de puro rubor ajeno, han desmentido esta leyenda explicando que la alquimia nunca pretendió transmutar metales brutos en nobles sino depurar el “ser interior” del hombre; pero esa es otra historia).
Hoy día sabemos que el oro, para bien o para mal, es un metal cuya cantidad en el mundo es constante. La ciencia moderna nos explica que los metales inferiores no pueden devenir, ya sea por intención deliberada o por accidente natural, en nuevo oro. Así pues: el oro que existió sobre la tierra es el que hoy día existe y, siguiendo esta lógica, el oro que hoy pesa sobre la balanza del mundo es el mismo que pesará mañana y pasado mañana. Podrá estar oculto el oro en forma de pepitas en un yacimiento en Atcacama o podrá estar moldeado como pedrusco milagroso en las entrañas de una recóndita mina de Senegal, podrá yacer en mitad del Atlántico sumergido en un galeón dentro de un cofre con monedas, o podrá dormir eternamente esculpido con forma de molar o premolar, incrustado en miles de cráneos, esto es, de calaveras, en millones de osamentas humanas que reposan sobre infinitos camposantos. Lo mismo da: si con un imán gigante atrajéramos todo el oro del mundo desde, pongamos por ejemplo, la luna, el oro que se izaría desde el horizonte hasta la estratosfera siempre sería una cantidad constante y finita.
Aunque hace tiempo que el sistema económico mundial no se rige por el denominado “patrón oro”, lo cierto es que el oro sigue teniendo una consideración preeminente en todo el ancho mundo. En todos los ámbitos. Los dichos populares de no pocas culturas, dichos que se han incrustado en el inconsciente colectivo y, lo que es más serio, en las conciencias individuales, mantienen intacta una iconografía que sacraliza este metal precioso a la categoría de bien en sí mismo, lo cual, sin duda, es discutible: “vale su peso en oro”, “tiene un corazón de oro”, “no es oro todo lo que reluce”, “ni por todo el oro del mundo”, “gallina de los huevos de oro”… son tan sólo algunos ejemplos.
Que el oro tiene propiedades beneficiosas nadie lo discute: en joyería y orfebrería es indispensable como materia prima para conformar los más bellos prodigios; aplicaciones médicas el oro las posee por centenares y, empleado el susodicho en el ámbito de la electrónica, la ingeniería industrial y la mecánica de precisión, encuentra el oro una imprescindible acogida dadas sus propiedades estables y su fiabilidad como elemento no corruptible.
Uno de los intervinientes en el último Treinta Minutos, “El verdadero precio del oro”, afirma que existe suficiente oro guardado y olvidado en los cajones de las cómodas de los ciudadanos del mundo como para que, una vez reciclado dicho oro, la industria pueda seguir funcionando a toda máquina durante los próximos cuarenta años sin tener que extraer una sola pepita de ningún nuevo yacimiento Si nos damos una vuelta por el centro de Madrid comprobaremos que la oferta y la demanda de este metal precioso sigue traqueteando a toda máquina. Con todo esto quiero decir que el oro continúa vivo, bullendo en la marmita, pasando de mano en mano y demostrando que posee un magnetismo dotado de leyes físicas propias que le hacen transitar por todas las corrientes sociales imaginables.
Que las alianzas matrimoniales seguirán forjándose en oro nadie lo discute, y que los panes de oro son y serán indispensables para todo buen restaurador de arte que se precie, tampoco es cuestionable.
Lo que sí quiero poner en duda, fíjense ustedes por dónde, es la impertinencia de ciertas propuestas que algunos prebostes culinarios, incluso en los últimos tiempos, con la que está cayendo, en mitad de esta crisis maldita que no escampa, se permiten ofrecer como alternativa gastronómica: el empleo del oro como ingrediente en la alta cocina.
¡Córcholis! Por no decir…
Miren, esto es bien sabido: el oro, empleado en cocina, sea ésta alta o baja, creativa o tradicional, no huele. Ni sabe. Ni nutre. Y tampoco ofrece textura ni destila esencia. El oro sólo deslumbra.
Deslumbrado queda el cocinero que compra pan de oro a precio de oro y tritura ese oro en polvo de oro para después derramar limaduras de oro sobre un pastel de bogavante o un flan de huevo de perdiz. Deslumbrado (y atónito) me quedé yo, poco antes de las navidades, cuando observé en youtube a cierto comodoro de los fogones españoles (muy conocido, por cierto, pero del cual, por cuestión de práctica prudencia, callaré su nombre), que se dispuso a preparar un ladrillo oblongo de foie, espolvoreándolo todo todito con oro a modo de toque final: disculparé al buen hombre admitiendo que quizá no sabía del todo lo que hacía porque el oro, como es bien sabido, nubla la vista y hasta la conciencia, pero les diré que, tan arrobado y convencido estaba el buen chef de que no sólo hacía lo correcto sino de que estaba creando arte digestivo, que, como quien no quiere la cosa, digo, se puso a esparcir el polvo de oro soplando con su propia boca sobre el pastel, una vez terminada la cocción. Sopló y sopló a pleno pulmón. Qué quieren que les diga: ni mascarilla, ni filtro, ni pantalla anti partículas mediaban entre su aliento y el pastel dorado. Minucias: “¡el genio está creando!”. Y e voilà!, lingote de foie.
Silencio.
Como quizá soy un ignorante sobre estas sutilezas de los fogones, haré caso al consejo que nos legó Wittgenstein en su “tractatus” y contendré mi lengua y mi pluma (“De lo que no se puede hablar, es mejor callar”).
No obstante, y ya que nos ponemos culturetas, pedantes y finos, les conminaré a que echen una ojeada a la consideración que tenía el viejo Sigmund Freud acerca del oro y su relación inconsciente con el último segmento físico del cuerpo humano que pone punto y final al mecanismo de la digestión. Si no tienen a mano las obras completas de Freud, no importa: escriban en Google los términos “Freud” y “Oro” y verán lo que les sale.
Es como para acudir al psiquiatra, nunca mejor dicho, y que nos lo hagan mirar.
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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