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El niño que soñaba...

13.10.2010 | 2 Comentarios
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...con el sabor de las tartas de trufa y los pasteles rellenos de chocolate.

Aunque, a simple vista, el largo encabezamiento de nuestro post de esta semana parece un mal juego de palabras derivado del título de una novela de Stieg Larsson o una película de Yasuhiro Ozu, les aseguro que mi licencia (afortunada o no) viene al caso.

No se me ocurre una situación más tristemente paradójica que la de un niño que, estando condenado a recolectar cacao de sol a sol, desconozca cómo es en realidad el sabor del chocolate. Por eso mismo, para detenerme y detenerles –siquiera por un instante- en el drama de los niños secuestrados que trabajan como esclavos en las plantaciones de Ghana y Costa de Marfil, he congelado la imagen de uno de estos desafortunados críos. Es el frame de nuestro último Treinta Minutos, titulado “Chocolate: la amarga verdad”; se trata de un documental de la BBC que desvela cómo funciona el entramado de redes mafiosas que secuestran a niños de la empobrecida Burkina Faso para derivarles hacia los vecinos países del sur, donde los pequeños son obligados a realizar trabajos forzados recolectando semillas de cacao.

Se me argumentará que así es la vida, que así son las caprichosas reglas del azar que rigen este loco mundo; se me dirá que en muchos lugares de Asia, por ejemplo, también hay decenas de miles de hileras de trabajadores que, como hormigas hacinadas, montan en cadena millones de reproductores de mp3 destinados a contener las canciones que ellos nunca oirán. Cierto. Pero, aunque pudiera ser injusta dicha situación, no es lo mismo: su trabajo, adocenado o no, es trabajo, no esclavitud infantil.

En cambio, lo que les sucede a los niños esclavos que recolectan cacao sobrepasa el concepto de injusticia; porque cuando una injusticia así se ceba en los niños, deja de ser injusticia para convertirse simple y llanamente en infamia.

El trabajo infantil, el trabajo esclavo infantil (¿acaso hay algún trabajo infantil que no conlleve de un modo u otro cierta esclavitud?), por tratarse de niños las víctimas, es más repugnante, más oprobioso, si cabe, que cualquier otra tropelía laboral que atente contra la dignidad y la libertad individual. Además, aquí se trata de secuestro, de abducción, de sadismo contra los más débiles. Les recuerdo la paradoja de la que antes les hablaba en el título de este post: la ironía de obligar a los niños a recolectar el cacao con que se elaborará un chocolate que ellos nunca podrán probar. Porque verán: el caso que nos ocupa no es una cuestión de niños pobres versus niños ricos, de comercio justo o injusto, de globalización buena o mala… se trata de que reflexionemos sobre cómo es posible que, según avanza el siglo XXI, aún no se hayan desterrado determinadas prácticas que nos hacen retroceder moralmente como género humano varios cientos de años.

Contemplando a este niño esclavo que ignora cómo es el sabor de una tarta de trufa o de un pastelillo de chocolate -a pesar de ser doctor cum laude en la recolección del cacao selecto- se me ocurre otra imagen, muy triste también: la de nuestros hijos, niños de esta vieja Europa descreída y desubicada de sus raíces, hijos nuestros que, habiendo saboreado de sobra el dulzor del chocolate en sus múltiples variantes y derivaciones, desconocen sin embargo que ese producto mágico ¡procede de la planta del cacao! Como igualmente desconocen nuestros hijos que los huevos provienen de las gallinas, los filetes empanados de las vacas o los quesitos en porciones de las ovejas. Miren qué cosas; en eso –lo digo sin ironía- nuestros hijos y los niños esclavos de Costa de Marfil son semejantes: unos y otros tienen un conocimiento fragmentado de la realidad, de lo que significan los dones de la tierra y de los insospechados mecanismos de transformación del trabajo mecanizado.

Niños de un lado y otro del mundo que, viviendo realidades radicalmente distintas, ignoran, aunque por motivos diferentes, cosas esenciales de la vida.

¿Qué podemos hacer, pues, ante esta situación?

Para acabar con el drama africano de la esclavitud… concienciación, fomento del comercio justo, mecanismos de control de las importaciones, persecución de la redes criminales de secuestro de niños, y presión internacional hacia los gobiernos africanos que se muestran tolerantes con las mafias. Las recetas para erradicar el trabajo infantil están inventadas. Sólo hay que aplicarlas.

La otra cuestión, la de los niños nuestros que creen ingenuamente que los billetes salen de los cajeros automáticos como si detrás hubiera una máquina que los imprimiera al instante, que se embeben en sus mágicos pensamientos cuando suponen que el chocolate surge por generación espontánea de dentro de las tartas… esa inquietante cuestión constituye nuestra responsabilidad más directa.

El consumo –ya sea de chocolate, de hamburguesas o de reproductores de mp3- es bueno en sí mismo. Así funciona el único sistema que funciona y que genera riqueza. Pero funciona aún mejor cuando le otorgamos un valor ético y lúcido a las cosas que compramos o que comemos, cuando le conferimos –sin por ello mermar nuestro disfrute- un plus de verdad, de respeto y de solidaridad. Y de reconocimiento agradecido.

Ya lo decían nuestros abuelos (de cualquiera de los dos bandos), que bien recordaban lo que era haber pasado necesidad y hambre a causa de nuestra “guerra incivil” (le tomo prestado este término a mi querido maestro, ya fallecido, el antropólogo Antonio Jáuregi Oroquieta): “¡qué poco valoráis los jóvenes las cosas! ¡cómo se nota que habéis nacido teniendo de todo en la vida!”.

Pues eso.

  • Gracias por tu apoyo. Yo tengo confianza en que toda esa maleza de falsos famosos sin oficio (pero con beneficio) que ha crecido en nuestras televisiones acabe secándose. Tengo confianza en que los telespectadores son inteligentes y críticos, y en que las audiencias acabarán cansándose del humo, que, en definitiva, es lo que es todo ese ansia de fama y gloria sin mérito.
    14.10.2010 josemanuelalbelda
  • Cuanta razón tienes...precisamente son nuestro niños los que deben crecer con la idea de que la vida no es tan fácil como la pintan, por ejemplo en vuestro medio, la televisión, en donde a diario (y no hablo de Telemadrid) se dedican a emitir contenidos para una sociedad cada vez más dormida, transformándola en entontecida. Los programas son siempre lo mismo...y yo pregunto ¿qué se puede esperar de una televisión que tiene a Belén Esteban (y otros muchos) convertida en reina de la pantalla? ¿Qué pueden aprender nuestros hijos de todo eso? Gracias a Dios quedan pequeños reductos y programas como 30 minutos que engrandecen la labor de tantos profesionales.
    14.10.2010 RAR
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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