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El Molde

24.06.2011 | 0 Comentarios
30 minutos pechos
El frame de esta semana no es otro que un busto, y corresponde al reportaje de Treinta Minutos “Grandes pechos, grandes complejos”, un documental de la BBC que explica los problemas físicos y psicológicos que sufren las mujeres que tienen tallas de pecho por encima de la media, mujeres que no se ajustan a los cánones estéticos establecidos, que no se ajustan a lo que hay quién define como “el molde”.
 
Porque, ¿sabían ustedes que, oculto en algún lugar, fuera de las coordenadas del                               espacio-tiempo, existe un molde?
 
Sí señor, como lo oyen: ese molde no puede verse ni tocarse, pero tiene una entidad y fuerza tan reales como un Código Penal y define cómo deben ser, estar y sentir la mujer y el hombre contemporáneos.
 
¿Qué quien ha creado el molde? De esto yo no tengo la menor noticia. Pero supongo que ustedes, queridos lectores, podrán ponerme al corriente de ello.
 
¡Ah!, ¿pero qué me dicen? ¿Qué no ha sido ninguno de ustedes, queridos lectores, el creador del molde?
 
Pues a mí tampoco me miren: les repito que yo no tengo nada que ver.
 
¡Un momento! Me informan en este preciso instante de que acaba de salir un teletipo urgente que desvela la autoría del molde. A ver qué dice… leo aquí que el molde fue creado… hace ya algún tiempo… por el dictado de la moda, la publicidad, el cine y la cultura estética postmoderna.
 
¡Ajá!, esto ya es otra cosa. Por lo menos tenemos alguna pista.
 
En 1932 Aldous Huxley delimitó con precisión de cirujano las dimensiones y contornos del molde en su obra “Un mundo feliz” (falsamente considerada novela, porque verdaderamente es un tratado hiperrealista de Historia Contemporánea). Huxley advirtió de que el molde ya estaba aquí, entre nosotros, conviviendo a nuestro lado. Y nos avisó de que estaba aquí para quedarse.
 
El molde define no sólo cuáles deben ser nuestras medidas corporales concretas, sino también especifica qué debemos comer y beber, cómo debemos hacerlo, cuándo lo haremos y por qué.
Especifica el molde, lógicamente, las calorías que debemos ingerir y quemar, la postura en que debemos caminar, de qué lado debemos dormir y con qué pie tenemos que levantarnos de la cama. Sí, ya sé que es un poco agobiante estar pendientes de los criterios del molde, pero, al fin y al cabo, tengan en cuenta que el molde está ahí por nuestro bien, para que seamos plenamente felices, por lo que no podemos reprocharle al pobre que sea demasiado categórico con nosotros. El molde es lo que es: una herramienta que nos define. Si queremos ser perfectos, debemos ajustarnos milimétricamente al molde y no al revés: porque, sépanlo ustedes, el molde jamás se ajusta a nosotros. 
 
Y es que no podemos tenerlo todo a la vez, ¿saben? No podemos desear ser físicamente perfectos y a la vez reivindicar libertad. ¿Sí o sí?
 
Sabía que estaríamos “de acuerdo”. Continuemos.
 
Lo extravagante, lo espontáneo, lo que está por encima o por debajo de la norma, lo demasiado alto o bajo, lo excesivo, lo mínimo, lo superior, lo inferior, lo ancho y lo fino, lo suave y lo agreste, lo tenue y lo brillante, lo grande y lo pequeño, lo transparente y lo opaco… quedan fuera de márgenes de el molde.
 
Es el precio de ser felices, ¿recuerdan?
 
Sinceramente: no creo que haya mejor dogal que se ajuste a nuestro cuello que el que nosotros nos hemos anudado por nuestras propias manos y por propia voluntad.
 
Pero, por cómodos que nos sintamos, no nos olvidemos de que el molde acaba por estrangular nuestro yo más íntimo. Porque el molde, como se podrán ustedes imaginar a estas alturas del post y de la vida, no se limita a comprimir o expandir nuestras carnes. El molde también esculpe nuestras ideas, nuestros sentimientos y, por supuesto, nuestra concepción del bien y del mal. Es un artefacto tan sofisticado el molde, que se perfecciona un poco más cada generación.
 
De hecho, el molde se ha refinado tanto que ha dejado obsoletos los mecanismos de control de los totalitarismos fascista y comunista.
 
El molde, como la prisión de Matrix, nos rodea por todas partes y a todas horas, con nuestra completa aquiescencia: cuando conducimos, cuando vamos al gimnasio, cuando nos tomamos una copa, cuando sacamos a pasear al perro, cuando aspiramos, cuando expiramos, cuando gritamos, cuando escuchamos música, cuando compramos un libro, cuando escribimos un libro, cuando encendemos la tele, cuando la apagamos, cuando amamos, cuando odiamos, cuando reímos, cuando lloramos.
 
El molde es funda y traje pero también es parte ya de nuestra propia piel. El molde es función, pero también es órgano. El molde ordena, pero también admite órdenes que no escucha. El molde es paradoja y es mentira, pero tiene la aparente consistencia de la verdad.
 
Es contumaz y es contundente este molde.
 
Es todo esto el molde, sí, pero, a pesar de ello, no es invulnerable. Y no es invulnerable porque, en el fondo, el molde es inhumano.
 
Y, como a todas las fieras del monte, al molde se le espanta en cuanto se agita ante él una pizca de autenticidad, de ternura, de tolerancia, de respeto, de ingenuidad liberada. Y, por supuesto, al molde se le espanta al mínimo ejercicio de libertad
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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