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El modelo Bergman

02.12.2011 | 0 Comentarios
El modelo Bergman
Desde 2005 hasta el presente se han registrado nada menos que la mitad de los divorcios producidos en España en los últimos 30 años. “Pareja en crisis”, el último reportaje emitido por Treinta Minutos, trata de ofrecer respuestas que expliquen el porqué de este incremento de naufragios matrimoniales.
 
Por continuar con un símil náutico, pareciera que las españolas y de los españoles, embarcados en masa en un galeón agitado por vientos de componente norte, se dirigieran a toda vela hacia el Mar Báltico para arribar finalmente en Estocolmo y entregarse con prisa de robinsones a abrazar podríamos denominar el “Modelo Bergman”.
 
¿Y qué diantre es el “Modelo Bergman”?
 
No se apuren ustedes, que ahora mismo se lo explico yo.
 
¿Recuerdan, queridos lectores, aquellas películas del director sueco Ingmar                                             Bergman (“La vergüenza”, “Secretos de un matrimonio”, “Cara a cara”…) en que los protagonistas –normalmente hombre y mujer, marido y esposa- se encerraban en una habitación para practicar el insalubre deporte de lacerar sus corazones mutuamente a base de bien, recuperando reproches venenosos del pasado y reabriendo heridas emocionales sin cicatrizar?
 
Imagino los ojos de marciano con que los españolitos de a pie debían contemplar aquellas películas de arte y ensayo de Bergman en los años sesenta y setenta. ¡Qué ajenas debían parecerles aquellas arideces nórdicas, aquellos intrincados laberintos pasionales que conducían, una y otra vez, al vacío y a la nada! Ardores inflamados que se consumían por inmadurez, egoísmos a raudales ahogados en ansia prematura, torsiones y más torsiones de las aristas del corazón, por ausencia de futuro y –quizá- por excesiva carencia de sol.
 
Pasión, pareja, crisis, reproche, matrimonio, divorcio, dolor, hijos, ruptura, odio, ímpetu, venganza, separación, desamor, fracaso, rencor.
 
Pues bien: ese patrón de convivencia matrimonial y de coexistencia no pacífica en el seno pareja y la familia es lo que yo denomino el “Modelo Bergman”. (entiéndame bien, no es que el pobre Ingmar Bergman propugnase como óptimo dicho patrón, sino que lo expuso en su cine, al igual que después lo haría Woody Allen, en toda su crudeza).
 
En cualquier caso: ¿por qué ha triunfado en Occidente, hasta alcanzar proporciones sociológicas, lo que yo vengo en denominar “Modelo Bergman” de convivencia, al menos entre buena parte de los contrayentes? Yo, del todo del todo, no lo sé; pero me lo imagino.
 
Se me ocurre que buena parte de la culpa la tiene el hecho de que los hombres y mujeres contemporáneos somos, literalmente, analfabetos emocionales.
 
Como lo oyen.
 
Durante años, ya sea dentro de la escuela o en el seno de la familia, se nos educa en ciencias, literatura, idiomas, religión, ética, historia, artes, sexualidad y, ahora, hasta en ciudadanía. Sin embargo, permanecemos, aún de adultos, en la más completa ignorancia acerca de la gestión de nuestros sentimientos: lo que éstos significan, hasta dónde alcanzan, de qué son capaces los mismos, como nublan o esclarecen el entendimiento y, por supuesto, como distorsionan la percepción de la persona amada.
 
Amamos u odiamos, ansiamos o aborrecemos, sin ton ni son, porque sí, porque no, sin saber cómo ni porqué, dejándolo todo al albur de la casualidad, de la fatalidad, dando por buenas todas y cada una de esas celebérrimas razones que encierran los corazones que la razón no entiende.
 
No digo yo que la instrucción sentimental (entendida esta en su más noble acepción, es decir, en el reconocimiento consciente de los sentimientos y en su sensato y ético manejo) deba recaer en manos del Estado, líbreme el Cielo; tampoco estoy seguro de que los padres deban ser los gestores exclusivos de tan delicada materia. Lo que sí digo es que no podemos ni debemos permitir por más tiempo que el romanticismo desbordado, en un extremo, o la sensualidad rebosante, en otro, sean las únicas fuerzas que soplen sobre los corazones humanos, convertidos éstos en títeres emocionales manejados por hilos lejanos que brotan desde oscuros despachos corporativos.
 
Vuelvo a lo de siempre: no puede suceder que sean las series de televisión o el cine de consumo los principales referentes educativos de nuestras emociones. Menos aún pueden serlo los “reality” o los formatos que tienen a personajes famosos como modelos de comportamiento sentimental. Sentimental, por decir algo. Digo más: ni siquiera la buena literatura, las canciones o el arte elevado deben ser consejeros preeminentes en estos asuntos del corazón.
 
Entonces, ¿qué? ¿Dónde buscar? ¿De quién aprender lo que nadie sabe a ciencia cierta? ¿Acaso existe un manual técnico que nos aleccione sobre los rudimentos del correcto gobierno del corazón?
 
Miren, ¿saben lo que les digo? Pues que, al menos, podemos descartar donde no debemos buscar esas instrucciones. Porque a nadie, salvo a las personas que sufren la desgracia de tener tendencia al masoquismo, le gusta sufrir.
 
Dicho de otro modo: igual que instintivamente alejamos nuestras narices del pescado podrido, porque huele mal y porque apesta a descomposición y podredumbre, lo mismo tenemos que hacer con los sumideros donde discurren los malos consejos emocionales que, por desgracia, en nuestros tiempo, tanto proliferan por tierra, mar y aire.
 
A este respecto, todo lo que huela a falta de respeto, de ternura, de cariño, de empatía, de comprensión, de perdón, de paciencia, de compañerismo, de complicidad, de comunicación, de mirada en perspectiva, es decir, todo lo que se olisquee desde lejos como el “Modelo Bergman”, déjenlo ustedes pasar: no merece la pena y, sobre todo, no conduce más que a la desesperación y a la nada.
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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