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El hechizo de Hamelin

16.07.2012 | 0 Comentarios
El flautista de Hamelin

 Observando a Bob Esponja, a Pocoyo y a Phineas y Ferb, los simpáticos y entrañables dibujos animados que pueblan el universo de los héroes contemporáneos de nuestros hijos y que que han protagonizado el reportaje “Cosas de niños” que ha emitido esta semana Treinta Minutos, echando a volar mis recuerdos, me han venido a la cabeza otros personajes, los de los cuentos de antaño.

 

Todas las fábulas infantiles encierran dentro de sí alguna enseñanza, una verdad más o menos oculta: La sirenita y Pinocho, Blancanieves y El soldadito de plomo, Caperucita y El flautista de Hamelin. Alrededor de este último cuento, de lo que les sucedió en la ficción a los habitantes de la ciudad alemana de Hamelin, he querido construir este post.

 

Cuenta una versión de ésta leyenda medieval (reinterpretada por los hermanos Grimm) que los vecinos de Hamelin andaban aterrados a causa de una insidiosa plaga de ratas que se había enseñoreado de su ciudad. Tan desesperados estaban los lugareños que no dudaron en contratar los servicios de un misterioso flautista que se ofreció para librarles de su peor pesadilla. Moduló el flautista una oscura melodía, tan hipnótica y seductora, que los roedores no tuvieron más remedio que seguir al dueño de la música, el cual les dirigió hasta las frías aguas del río Weser, donde perecieron. Regresó el flautista a Hamelin para reclamar su paga, pero los ciudadanos que habían aceptado sus servicios se negaron a darle el dinero que le correspondía. El músico comprobó con indignación contenida hasta dónde llegaba la ingratitud de los aldeanos: asió fuertemente su flauta y se encaminó hacia la escuela de la localidad; allí entonó de nuevo la melodía que hipnotizara a los roedores, sólo que esta vez fueron los niños quienes quedaron obnubilados por la música: uno a uno, hasta un total de ciento treinta niños, fueron saliendo de la escuela los hijos de los aldeanos siguiendo tras los pasos del flautista, que se alejó del pueblo con los pequeños para no regresar nunca más.

 

Fin de la historia.

 

Fin de la historia, o no. Porque lo que argumentaré en este post es que el hechizo de Hamelin está más vigente que nunca entre nosotros, aquí y ahora.

 

Los padres, todos los adultos que llevamos un rato largo transitando por la vida, somos como los aldeanos de Hamelin, desesperados y desorientados por una plaga devastadora: la plaga de la falta de tiempo que dedicarle a nuestros hijos, la plaga del aturdimiento en un entorno tecnológico cambiante que nos desborda, la plaga del miedo a ejercer la autoridad inherente a nuestra condición de padres, la plaga de la falta de respuestas, de certezas y de valores, rocas sólidas que debieran ser el principal legado que ofrecerle a nuestros sucesores.

 

Veamos qué sucede cuando se llega a la edad adulta: al principio, empezamos con brío la andadura por el sendero de la paternidad y la responsabilidad inherente a ella, pero un buen día, después de recorrer un considerable trecho del camino,  exhaustos,  miramos a nuestro alrededor y nos decimos con acentillo castizo: “¡no puedo con la vida!”. Como buscando confirmación, vaya.

 

Oye, tú: es pronunciar este lamento y… ¡es como si alguien nos hubiera oído!

 

Ocurre que, al día siguiente, llama a la puerta de nuestra hameliniana existencia de adultos responsables un flautista encantador que, con voz de locutor publicitario, nos propone lo siguiente: “escuchad: padres, madres; como os veo muy agobiados con todo este asunto de la educación de vuestros nenes, os voy a hacer una oferta: ¿qué tal si delegáis en mi durante un tiempo para que yo me ocupe, al menos, de una porción de vuestra carga? Veo muy claro el problema, papis: necesitáis un respiro, encontraros, dedicaros un poquito de tiempo a vosotros mismos; en una palabra: os hace falta disfrutar de la vida. Delegad, pues, en mí. Ni que decir tiene que sois unos padres estupendos y ni que decir tiene que sé de buena tinta que queréis mogollón a vuestros hijos, y que darías la vida por ellos; pero también soy consciente de que, a veces, los críos pueden convertirse en un fastidio: los niños, ya se sabe, siempre están cargados de preguntas incómodas, son muy absorbentes, siempre reclamando atención; al final, restan libertad, y con toda esa energía que les desborda pueden llegar a ser extenuantes para los adultos. Educar es duro, qué os voy a contar. Por eso, dejadme a mí, que yo sé lo que me hago: se me dan bien los niños. Delegad. Creedme: no os arrepentiréis. Delegad. Vosotros seguiréis siendo los padres, pero seréis unos padres descargados de agobios y de responsabilidades, unos padres felices, más completos, más realizados; y vuestros hijos, os lo garantizo, al veros a vosotros más felices y más relajados, besarán el suelo por donde pisáis. Lo dicho: os propongo delegar en mí. ¡Habladlo a solas, pareja, pensadlo –os dejo mi tarjeta con mi teléfono y mi tarifa- y me decís algo!”.

 

Y el flautista se esfuma. De momento, claro.

 

El matrimonio, que se ha quedado a solas, estudia la tarjeta de visita del flautista y se dice: “no es mala su oferta: el precio, para lo que nos ofrece, no parece alto; al fin y al cabo, ¿qué son unos cuántos euros a cambio de nuestro tiempo y de la felicidad para toda la familia?”. Total, que la pareja, tras consultarlo con la almohada, se decide por fin y al día siguiente recurre a los servicios del flautista.

 

A estas alturas de la metáfora y del post, se preguntarán ustedes, queridos lectores, quién es el flautista. ¿Es un hombre, es una mujer, es algún tipo de ente?

 

No. Ni mucho menos. El flautista son cosas, pequeñas cosas.

 

El flautista es una consola para cada chiquitín de la familia; una consola, o dos, no hay que olvidar los maquinitas portátiles, cargadas de juegos que han sido comprados sin atender a las recomendaciones por edad de la carátula. El flautista es un ordenador sin filtro parental, o una tableta, en el cuarto de los niños, y una tele en esa misma habitación. El flautista es un smartphone con tarifa de datos en la mochila del crío, por si acaso, por si necesitamos localizarle o que nos localice. El flautista es una bandeja de plástico con la cena precocinada en el congelador, porque quién tiene tiempo o ganas de ponerse a guisar por la noche.  El flautista son sendas pantallas de dvd colgadas en el respaldo de los asientos del coche, para que los niños estén entretenidos en el trayecto y no nos den el viaje. El flautista son dos o tres de billetes de 20 euros para que los chavales se vayan al cine y al centro comercial para que, por una tarde, tengamos la fiesta en paz. El flautista es una copia de las llaves de casa para que el niño que vuelve del colegio pueda entrar y hacerse la merienda, te he comprado tus bollos preferidos, nene, hasta que lleguen papá y mamá de trabajar. El flautista es decir a todas horas te compraré un regalo si te portas bien, y un viaje cada fin de curso por haber aprobado, y otra mochila más molona, y otras zapatillas nuevas, y toma estos 50 euros para que te diviertas con tus amigos después del cumpleaños, pero no bebas mucho, ¿eh?, que yo también he sido joven…

 

El flautista, además de cosas, también son actitudes:

 

El flautista, por ejemplo, es preferir darle siempre la razón y el beneficio de la duda a los hijos, hagan lo que hagan en el colegio, y quitársela al profesor, al maestro, que los críos son críos y hacen cosas de críos, no va a decirme usted a mi cómo tengo que educar a mis hijos. El flautista es preferir no hacerle preguntas incómodas el nene, los amigos de mi hijo son buenos chavales en el fondo; ¿y nuestra chica?, mi chica nunca tomaría drogas, si lo sabré yo, que es mi niña del alma, que la he parido. El flautista es cambiar al niño ese plato de comida que toda la familia está compartiendo en la mesa, ¿no te gusta el pescado ni la verdura, hijito, quieres que te caliente una pizza, o mejor, que te haga un perrito caliente con patatitas fritas? El flautista es no enseñarle a los niños a poner la mesa y a colaborar en la cocina, es no explicarles que las camas no se hacen solas, que la casa y la habitación hay que ordenarlas y limpiarlas. El flautista es no explicar a los hijos que todas las personas mayores, en especial los ancianos, merecen un respeto. El flautista es comprar una mascota al niño por las buenas notas y no advertirle sobre la responsabilidad que implica hacerse cargo de un animal. El flautista es no comunicarles a los hijos que el dinero no brota de los cajeros automáticos por generación espontánea. El flautista es no señalar con el dedo al futuro y decir: ¿ves aquello, hijo, allá, a lo lejos? Si luchas y te esfuerzas, hijo, lo conseguirás, pero hoy, mañana y pasado mañana hay que pelear duro.

 

Todo esto y mucho más es el flautista.

 

El flautista, más allá del coste material que suponen todas las cosas que he enumerado antes, después de que hemos contratado sus servicios exige un pago mucho más gravoso que el dinero: porque, una vez que el flautista se instala en nuestra aldea de Hamelin, roba lo que de genuina tiene la infancia de nuestros hijos, lo que tiene de espontánea y de prometedora. Porque el flautista no perdona: extrae, succiona, absorbe y arroja por el sumidero la potencialidad que albergan nuestros niños y niñas de transformarse en aquello que decía “If”, el poema de Kipling: convertirse en hombres (y mujeres, claro). 

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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