Abre los ojos

El fantasma de Goyeneche

23.05.2014 | 0 Comentarios
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Al sureste de Madrid en la cuenca del río Henares, en una extensa meseta antes ocupada por el monte de Acevedo aparece, como un sueño de piedra, el pueblecito de Nuevo Baztán. Su creación se debe al ilustrado Juan de Goyeneche (1656-1735), oriundo de Navarra, que después de desempeñar varios cargos en la corte decidió fundar aquí un complejo agrícola e industrial. En él prosperaron las fábricas de: sombreros, municiones, textiles, aguardientes, cristales o finos vidrios que atrajeron a mucha gente. Para acomodarla se creó un conjunto urbanístico formado por calles, plazas y plazuelas alrededor de un núcleo monumental. De todo se encargó el famoso arquitecto José de Churriguera que lo llevó a cabo entre 1709 y 1713.

Nada más llegar me encuentro delante del imponente “Palacio de Goyeneche” considerado como una de las obras más representativas de la arquitectura barroca española. Consta de dos edificios principales: el recinto palaciego y la iglesia de San Fco. Javier, respresentantes del poder laico y del eclesiástico respectivamente. Ambos están construidos con sillares de caliza y mampostería de piedra formando un conjunto integrado y armónico. Tiene un aire austero, muy castellano, con notables influencias herrerianas que se rompen a veces por la asimetría de los volúmenes y otros efectos visuales.

A mano izquierda está el palacio, de planta rectangular, con dos pisos separados con una cornisa plana. En la esquina noroeste se alza un torreón cuadrado con cuatro alturas. La última de ellas está algo retranqueada y la decora una balaustrada rematada por bolas de piedra. La parte más destacable es la portada principal con varios motivos ornamentales y enmarcada por un baquetón con columnas cilíndricas que también se repite en las ventanas. En el centro superior del dintel aparece un relieve de un león que sostiene entre sus fauces un escudo heráldico a modo de tablero ajedrezado.

En la segunda planta hay un balcón de hierro forjado y encima está el escudo de armas correspondiente al Conde de Saceda, título que Juan de Goyeneche consiguió para sus herederos. Me quedo con ganas de entrar pero no es posible. Actualmente sólo se han podido rehabilitar tres estancias que hoy están ocupadas por una exposición de fotografía.

Me cuentan que el espacio se distribuye alrededor de un patio, con un pozo en la parte central delimitado por dos galerías de arcos de medio punto unidas mediante una escalera parecida a la del palacio de Goyeneche de Madrid (sede actual de la Real Academia de San Fernando) y diseñada también por Churriguera.

A continuación está el edificio de la iglesia, un poco más alto que el palacio. La fachada acoge en el centro una hornacina con la figura en piedra de San Francisco Javier, copatrón de Navarra, flanqueada por dos torres con chapiteles de pizarra a cuatro aguas, idénticos al que corona exteriormente la cúpula central interior. He tenido suerte; como es domingo la parroquia está abierta para celebrar la misa de una y aprovecho para visitar el interior  El retablo del altar mayor de mármol lo preside otra escultura del santo navarro, que en el medallón que remata la parte superior aparece bautizando a un rey infiel y acompañado por dos indios. Llama mi atención una especie de capillita o vitrina que hay nada más entrar a mano izquierda. En ella se exponen tallas de marfiles filipinos del siglo XVIII: un Cristo del Socorro -muy venerado-, un San Juan Bautista, una Sagrada Familia y una Virgen con el Niño. Bajo la iglesia hay una cripta y un sin fin de túneles y galerías subterráneas por donde, cuentan los vecinos, vaga todavía el fantasma de Goyeneche.


Ahora me pierdo por el pueblo en el que se respira historia pero también paz y descanso. No son muchas las manzanas de casas que lo forman, con sus fachadas de piedra, muy parecidas; casi todas están rehabilitadas, lo que choca con el estado decadente del palacio. El plano es ortogonal, con calles ordenadas y bastante amplias que, supongo, facilitarían la entrada de los carros con mercancías. Hay tan sólo tres plazas importantes que lindan con alguna de las caras del edificio principal.  

Delante del palacio está la Plaza Mayor, también llamada de la Iglesia o del Jardín, con altos árboles y setos que protegen una bonita fuente llamada de los Tritones que está en el centro. Más pequeña es la plaza del Mercado, pegada a la iglesia, donde, como es de imaginar, tenía lugar el mercado de abastos. Hoy en día hay una fuente de construcción reciente, siguiendo el estilo rural, a la que acuden los vecinos a beber sus ricas aguas.


 
En el lado opuesto y junto a la fachada posterior está la Plaza de Fiestas o de los Toros cuyo acceso está cerrado con una doble puerta de arcos de mediopunto. Mirando a través de las verjas veo como la hierba crecida invade todo, pero puedo imaginarme a los artesanos trabajando y el bullicio los días de fiesta o durante los festejos taurinos (a alguno de los cuales parece que acudió Felipe V con su familia).

La visita ha terminado, vuelvo a Madrid y en la carretera, junto a la gasolinera, me despide un olmo de más de trescientos años, único superviviente de los plantados por su fundador y testigo mudo de la historia del pueblo.

Si os habéis quedado con ganas de más pinchad aquí


María Vera

 

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He sido siempre una apasionada del mundo del arte, me recuerdo adolescente comprándome en el kiosko unos coleccionables sobre museos del mundo que todavía conservo en casa. Cuando me licencié en la facultad me dediqué al arte moderno,  centrándome en Dalí, protagonista de mi tesis y de alguna de mis publicaciones. Ahora, en este blog, me apetece compartir con vosotros mis visitas a  las más interesantes exposiciones de Madrid, a sus museos y sus galerías, y teneros al tanto de la actualidad artística. ¿Os animáis a patear la ciudad conmigo?

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