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El efecto "camino de baldosas amarillas"

20.06.2012 | 0 Comentarios
El efecto camino de baldosas amarillas

Recuerdo que el pasado 5 de octubre de 2011, el día que murió Steve Jobs, no fue un día cualquiera: porque para muchos ese día significó descubrir que quién estaba detrás de la cortina en la habitación mágica del palacio de la Ciudad Esmeralda de Oz era un hombre de carne y hueso, no un mago.

Mucho, bueno y menos bueno, se ha escrito sobre Jobs desde entonces: algunos críticos han equiparado al creador de la manzana mordida con una especie de mesías tecnológico capaz de instaurar un nuevo credo digital a partir del cual miríadas de fieles devotos sienten la necesidad acuciante de venerar objetos electrónicos que les prometen alcanzar el máximo goce terrenal.

Personalmente, pese a las colas kilométricas en las tiendas cada vez que germina una nueva manzana electrónica, pienso que la cosa no es para tanto: permanecer cuatro días con sus noches frente a un escaparate de la Quinta Avenida para conseguir un teléfono inteligente del que fuera gurú de Cupertino es similar a permanecer cuatro días con sus noches para ver a Springsteen en primera fila en el Bernabeu: es, más bien, fidelidad de fan, y no tanto extraviada devoción religiosa.

Dicho esto, creo también que el fenómeno Steve Jobs (léase, si se prefiere, fenómeno Tim Cook), es decir, el conjunto de expectativas desmesuradas que genera cada nueva presentación tecnológica de la empresa de la manzana de Sillicon Valley, sí reúne ciertamente connotaciones mágicas, connotaciones prodigiosas, prácticamente míticas, a las cuales, desde ahora y hasta final de este post, bautizaré con el nombre de efecto “camino de baldosas amarillas”.
¿Y qué es el efecto “camino de baldosas amarillas”?

Si recuerdan el argumento de la deliciosa película “El mago de Oz” (“The Wizard of Oz”, 1939), Glinda, la Bruja Buena del Norte, le indicaba a Dorothy que el único que poseía el secreto para regresar a Kansas era el poderoso Mago de Oz que residía en la lejana Ciudad Esmeralda. “¿Y cómo podré llegar hasta allí?”, preguntaba cándidamente Dorothy. “Sigue el camino de baldosas amarillas”, respondía con naturalidad la Bruja del Norte.

Dicho y hecho: Dorothy se ponía en marcha rápidamente para, no demasiadas baldosas más tarde, irse encontrando uno a uno a sus tres inseparables compañeros de viaje, un espantapájaros sin inteligencia, un león sin coraje y un hombre de hojalata sin corazón. ¡Vaya cuarteto de cuatro, si se me permite la expresión! Tres ciegos, como quien dice, guiando a otra ciega.

La metáfora está servida, señores: estos cuatro personajes sin atributos, sujetos perdidos y desorientados en medio de su sendero amarillo, caminan hacia Oz con la esperanza de que un mago maravilloso resuelva todos sus problemas de identidad. No es muy difícil atar cabos: como Dorothy, extraviada en un entorno extraño, como sus pintorescos camaradas mutilados a priori en sus potencialidades, así caminamos todos nosotros por la vida moderna, como huérfanos tecnológicos, esperando que un gurú pertrechado de brújula, un Jobs, un Zuckerberg, un Gates o un Cook, nos provea de aquellos adjetivos que amplifiquen nuestro yo sustantivo: queremos ser (o parecerlo, en su defecto) más listos y más amados; deseamos estar más informados, anticiparnos al futuro, ser más interesantes, (o parecerlo, insisto), dar impresión de audacia, de coraje ante la incertidumbre del porvenir, ser descifradores antes que nadie del signo de los tiempos; en definitiva: anhelamos volver a Kansas con las manos llenas, que era como regresaban antaño los españoles indianos después de hacer las Américas.

Descendamos ahora al mundo real, a nuestro mundo, que a fin de cuentas no es muy diferente del de Dorothy.
Porque ocurre que nosotros también transitamos felices y contentos por el camino de baldosas amarillas, digitales, eso sí, rumbo a Oz, “we’re off to see the wizard”, la vida parece rodeada de una neblina mágica, como la llúvia de código máquina de los Wachowski: los denominados teléfonos inteligentes ya no son únicamente teléfonos listos, como tampoco las pantallas táctiles son sólo pantallas que se tocan, y, por supuesto, como las redes sociales no son sólo mallas de las que penden los diferentes integrantes del tejido social. No. Desde que todos y cada uno de nosotros nos encontrados inmersos en la tecnología posmoderna, señoras, señores, hemos quedado amplificados por la tecnología misma, hasta el punto que nos hemos convertido en el propio hardware. Como suena. Igual que sucedía en el universo Matrix, un entorno ficticio cuyos habitantes virtuales tenían por costumbre incorporar dentro de sí un software específico para practicar kung fu o para ser doctores en tal o cual campo del conocimiento, nuestros sentidos y aptitudes se despliegan como en ninguna otra etapa de la historia humana, y se extienden hasta donde permiten nuestros tentáculos digitales, lo cual es como decir que llegan muy pero que muy lejos. Pelillos a la mar. Como todo este asunto de la dependencia tecnológica ha sido descrito por otros muchas veces con anterioridad, por activa y por pasiva, y con bastante más agudeza y profundidad  que las mías, no redundaré en ello.

Lo que no ha sido descrito tan sutilmente es la parte mística del asunto digital, esa cualidad resbaladiza que tiene la tecnología para excitar nuestro sentido del asombro: el hecho de que necesitemos concentrar nuestras expectativas en un icono, en un logo, en una marca, que nos inspire la certeza de que podemos hinchar cuanto queramos nuestras potencialidades humanas; más aún, y más preferiblemente: necesitamos dirigir esas expectativas no ya sobre las inovaciones mismas, sobre tales o cuales dispositivos que nos conviertan en súper humanos, sino encomendarnos al demiurgo en sí, al hombre responsable de todas y cada una de dichas creaciones electrónicas: Jobs era este hombre.

Por eso, mirábamos a Jobs y decíamos: “este tipo sabe lo que hace, vaya que sí, porque, como verdaderamente es un visionario, siempre caminará varias leguas por delante respecto de sus contemporáneos”. Le observábamos algo así como se contempla al Tyrell de la Tyrell Corporation, el forjador de los replicantes de Blade Runner.

Y cuchicheábamos entre nosotros, como compartiendo un secreto, bajando la voz: “¿sabes lo último de Jobs? Ha echado para atrás un prototipo de teléfono atómico ¡porque decía que no era lo suficientemente revolucionario respecto al modelo anterior! Admirable”. Admirable.
Jobs tenía, qué duda cabe, cualidades magníficas, al igual que les sucede a todas personas que creen en sí mismas y que están convencidas de que las cosas pueden hacerse de un modo diferente y mejor.

Lo he dicho ya: el problema residía en nuestras expectativas: en la confianza ciega que depositábamos en un solo hombre, un hombre que resolvería todos nuestros problemas al final del “camino de baldosas amarillas”. En realidad, si lo pensamos bien, nadie nos dijo que siguiéramos el “camino de baldosas amarillas”. Comenzamos a seguirlo porque sí, instigados por la conciencia de nuestras propias limitaciones como especie.
Ninguno de nosotros nos hemos vuelto más inteligentes, ni más valientes, ni tenemos mejor corazón mordiendo la fruta madura. Y, mucho menos aún: ninguno hemos encontrado el camino a Kansas.

Porque Jobs no poseía, como tampoco la poseía el Mago de Oz, la respuesta a todas las preguntas. Tras la cortina de la Ciudad Esmeralda de Cupertino, era un hombre de carne y hueso que trabajaba duro y que hacía trabajar tan duro como él lo hacía a los que trabajaban para él; por lo demás, era un hombre que sufría y que disfrutaba de la vida como cualquier hijo de vecino, que acertaba y se equivocaba como cualquier otro: habilísimo para unas cosas, torpe para según qué otras.
Como ustedes o yo: como Tim Cook, como Zuckerberg, como Stephen Hawkins, incluso como Einstein…
Como todos los que habitamos en Kansas.

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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