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El delicado susurro del bien

04.07.2012 | 1 Comentarios
El delicado susurro del bien

El mal, en cualquiera de sus manifestaciones, siempre causa estrépito. Porque al igual que sucedía con aquella pena de la que hablaba Miguel Hernández, el mal tizna cuando estalla.

El mal, al principio, antes de ser presentado en sociedad, intenta ser en lo posible furtivo y subyacente, porque es ladino y porque sabe más por viejo que por diablo; pero cuando el mal da por fin la cara, cuando emerge tras el embozo, como se ha estado devorando a sí mismo por dentro a causa de su soberbia y de su ambición de expandirse, emerge a gritos, suciamente, con aspavientos de brazos y manos, como exigiendo ser el centro de todas las miradas.

El mal, en cualquiera de los rostros que muestra, enfermedad, devastación, violencia, podredumbre, mentira, explotación, decrepitud, crueldad, miseria o locura, es siempre llamativo y disonante, exhibicionista por naturaleza, y no tiene pudor ni sentido de la mesura.

 Por eso es el mal tan fácilmente reconocible: ¡quién no se ha cruzado con él mil veces transitando por la vida!

Así es el mal y así es su principal atributo, el ruido: al reventar, el mal hace mucho ruido y, como se ha dicho, su altisonante estruendo mancilla lo que toca, sobre todo porque tiene la peculiar cualidad de desesperar al ser humano con su mero roce.

¿Y el bien? ¿Qué sabemos del bien?

Hace veinte siglos, un hombre llamado Pablo de Tarso, un hombre que en su juventud había conocido de primera mano los mil rostros del mal y que, tras caerse literalmente de su caballo yendo hacia Damasco, se arrepentiría de su pasado y transformaría radicalmente su vida, explicó la naturaleza del bien con algunas de las palabras más bellas que jamás se han escrito en una carta: una carta que, en aquella ocasión, tuvo como receptores a los habitantes griegos de Corinto, pero que con el tiempo tendría como destinataria a la entera Humanidad. Seguramente no haría falta que les recordase a ustedes aquellas palabras, pero aun así lo haré, resumiéndolas: “la caridad (léase el bien) no tiene celos, no se engríe, no busca el interés propio, no se alegra de lo injusto, goza de la verdad, y lo cree todo, lo espera todo, lo soporta todo”.

Han pasado –aproximadamente- dos mil años desde la redacción de aquella epístola y muchos millones de hombres y mujeres continúan sintiéndose interpelados por las palabras de Pablo de Tarso.

Estos hombres y mujeres son los protagonistas del último reportaje de Treinta Minutos, “Ayuda sin precio”: sacerdotes, religiosas y religiosos, laicos y laicas comprometidos que, cada uno desde su circunstancia y en la medida de sus posibilidades, entregan sus vidas y se enrolan en la causa de expandir el bien.

Dedicarse a expandir el bien, la caridad, puede concebirse de muchas formas; la más noble y abnegada, sin duda, me parece esta: dejarlo todo, y remangarse los brazos para ir al grano, esto es, zambullirse en las simas colmadas del dolor ajeno para suprimirlo o aliviarlo.

La epilepsia, el SIDA, la esquizofrenia, la adicción a las drogas, la marginación, una condena interminable en prisión, una agonía de un enfermo terminal, el hambre de un niño… son manifestaciones ruidosas del mal que a todos espantan, que a todos sacuden por dentro, a los afectados directos y a los testigos indirectos. Pero, más allá de la empatía que podamos sentir al contemplar el sufrimiento del otro, más allá de las oleadas de solidaridad humana que brotan entre semejantes que no se conocen pero se reconocen entre sí, lo cierto es que pocas veces, incondicionalmente, tendemos la mano a un desconocido caído en desgracia y le decimos, metafórica o literalmente hablando, “levántate y anda”.

Los protagonistas del reportaje “Ayuda sin precio” sí hacen esto.

Porque estas personas, silenciosas, humildes, miran a los ojos a un enfermo de SIDA y no reparan en su delgadez terrible, ni en su debilidad extrema, sino que ven sólo a la persona que sufre y que necesita ayuda porque la sociedad y la salud le han dado la espalda; estas personas, abnegadas, pacientes, miran a los ojos a un enfermo de esquizofrenia y no se asustan de su delirio ni de su confusión perpetua, porque lo que ven ante sí es a un semejante que nunca pidió convertirse en una sombra de lo que un día fue, un semejante que merece el mismo cariño y respeto que cualquier otro hombre que se halla perfectamente lúcido; esas personas, mansas, entregadas, miran a los ojos a un anciano que se muere y no ven a un guiñapo de carne ni ven un cuerpo exangüe, sino que ven a un hermano sin fuerzas que necesita sentirse acompañado y consolado en sus últimos momentos de su vida; y esas personas, desinteresadas, tenaces, cuando miran a los ojos a un hambriento o a un drogadicto no ven a un fracasado o a un vicioso: saben que tienen ante sí a un ser humano como cualquier otro, un hombre cualquiera, que ha sido embestido por la adversidad y corneado quién sabe cuántas veces, cómo y cuándo.

Hacer el bien, buscar el bien a todas horas y para todos los semejantes sin exigir nada a cambio, requiere un doble esfuerzo abrumador; primero, porque este esfuerzo exige una decisión y una entrega constantes de la que muy pocos son capaces;  y segundo, tan importante como lo primero: porque hacer el bien es una tarea silenciosa, subterránea, que no lleva aparejada la gratificación de la recompensa inmediata ni el reconocimiento público.

El bien no hace ruido al posarse. Todo lo más, causa un delicado susurro.

Insisto: se profese la fe que se profese, o aunque no se profese ninguna fe, hace falta tener el corazón de horchata para no reconocer que esta Carta a los Corintios de Pablo de Tarso a la que nos hemos estado refiriendo es un texto sobrecogedor de una calidad literaria excepcional, pero, sobre todo, es un texto repleto de verdades apabullantes; eses palabras sencillas del converso son algo así como un mapa detallado para no perderse nunca, como un libro de instrucciones prácticas y precisas sobre cómo convertirse en un virtuoso en el arte de hacer bien sin que la mano derecha se entere de lo que hace la izquierda.

  • ..... Simplemente, BRILLANTE,......en los tiempos que corren es necesario que todos nosotros arrimemos el hombro, pq todos en un momento de nuestras vidas podemos ser víctimas y ser ayudados por los demás,....menos materialismo y menos tengo,...por SER,...... Gracias Jose Manuel, por esta profunda reflexión..... " No es más fuerte el que más tiene, sino el que menos necesita"....
    05.07.2012
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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