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Donde habita el olvido

19.12.2011 | 0 Comentarios
Dónde habita el olvido

Si le he cambiado el tiempo al verbo del poema de Cernuda (“habita”, por “habite”) es porque creo que el olvido brota donde uno menos se lo espera. Seguramente nadie que todavía sea joven y sano se imagina que el olvido, un día lejano, puede convertirse en un intruso que se introduce sigiloso dentro la propia morada, esto es, dentro del cerebro, un invasor que convierte al yo en un extraño de sí mismo. Es la realidad que muestra el último Treinta Minutos, “Viviendo con el Alzheimer”, un reportaje que explica cómo los científicos están trabajando contrarreloj para impedir que este mal neurológico extienda sus alas por el mundo y afecte nada menos que a 100 millones de personas en el año 2050.

El olvido habita en silencio mucho tiempo antes de manifestarse como enfermedad dentro de las personas que padecen Alzheimer, sí, pero también habita dentro de algunas personas sanas a causa de la forma en que contemplan el mundo, convirtiéndose en este caso en la más grave de las desmemorias, porque se trata de una sustracción moral de la realidad, consciente y deliberada.

Nuestra sociedad pareciera a veces un enorme campo donde la cizaña del olvido florece y habita por todas partes.

Por ejemplo: habita el olvido en aquel que está sano y es joven y fuerte, en aquel que se mira y se admira de su propio cuerpo, en aquel que, satisfecho y encantado de conocerse, asiente, confiado, invulnerable, sintiéndose superior a los otros, ignorando que la tersura de las formas, la lozanía de la juventud y la salud de hierro rara vez perduran para siempre.

Habita el olvido cuando no educamos a nuestros hijos en la cultura del esfuerzo y de la recompensa a largo plazo, y cuando nos centramos únicamente en el hoy y el ahora.

Habita el olvido en aquellos que sólo se oyen a sí mismos, como si de nadie más que de uno mismo pudiera aprenderse algo o escucharse cosa alguna digna de interés.

Habita el olvido en quien enciende una tele y se queda embelesado mirando a personajes famosos sin oficio (pero con beneficio), a los que se toma por héroes o líderes, desconociendo que la verdadera heroicidad consiste en levantarse de madrugada para cocer pan, para descubrir la vacuna de la malaria, izar un puente, conducir un autobús o salvar una vida en un quirófano.

Habita el olvido, por tanto, en quienes prefieren los ruidos sordos y permanentes del griterío insustancial a la elocuencia de los silencios inteligibles y pertinentes de quienes saben callar a tiempo.

Habita el olvido aquí, tanto y tantas veces, cada vez que los ancianos son contemplados como seres de otra galaxia, o peor, como parias, obviando que los ancianos fueron y son nosotros, y que nosotros somos y seremos ellos, y que su sabiduría y su palabra valen más que los trillones de bits de información que cada segundo discurren por wifi o bluetooth.

Habita el olvido cuando no vemos o no queremos ver que hay cinco millones de parados y cuando salimos a la calle y observamos los bares llenos de gente, y entonces dudamos y decimos ¿crisis, dónde está la crisis?

Habita el olvido cuando ignoramos dolosamente las raíces de nuestra civilización, o peor, cuando las extirpamos violentamente, con el pretexto de que el progreso es un tren que no se detiene ante nada ni ante nadie.

Habita el olvido cuando oímos la palabra “chatear” y, automáticamente, no pensamos en compartir un vino en una taberna sino en sentarnos ante la computadora e intercambiar extrañas frases con extraños, o cuando escuchamos la palabra “red”, y, mecánicamente, se nos pone cara de http en vez de pensar en sardinas o bacalaos.

Habita el olvido cuando la memoria se mide en gigas, o en terabytes, y no se valora lo que significa la experiencia que confieren los años.

Todo esto se olvida en nuestro mundo, acá, en esta Europa nuestra, indiferente dentro de un batiburrillo de despropósitos.

Acá, acá cerca.

Donde habita el olvido.

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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