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Dentro de Matrix

09.02.2011 | 1 Comentarios
Adderall
¿Recuerdan Matrix, ya saben, aquella secuencia en la que Morfeo le propone al protagonista, Neo, que elija entre la pastilla roja y la pastilla azul, que opte entre conocer la verdad, el despertad a la realidad, o seguir soñando una quimera de fantasías virtuales? No resulta casual que para ejemplificar su metáfora sobre la libertad los guionistas de Matrix escogieran como icono universalmente comprensible una pastilla, una píldora. Al fin y al cabo, pocos artefactos contemporáneos resumen de manera tan eficaz y minimalista la potencia de los logros científicos y técnicos como un fármaco.
 
 
Dicho esto, les presento el frame de esta semana: un bote de píldoras, de medicinas… extraídas del reportaje de Treinta Minutos de esta semana, “Niños hipermedicados”, un controvertido documental que cuestiona la excesiva propensión de la moderna psiquiatría norteamericana a prescribir psicofármacos a aquellos niños que presentan problemas de hiperactividad y déficit de atención.
 
 
Más allá de la cuestión concreta que plantea este documental, me pregunto si en el siglo XXI no estaremos viviendo en una especie de distopía química, en un mundo posmoderno construido sobre la fantasía de que cualquier problema, cualquier desajuste, cualquier error, puede solucionarse ingiriendo una pastilla. Sólo que en este mundo nuestro no se trata ya, como en Matrix, de optar entre dos pastillas metafóricas, simbólicas, filosóficas, sino de ingerir fármacos puros y duros, química real y concreta. Con todos los efectos secundarios que ello conlleva.
 
 
Recuerdo que, hará unos tres años, durante una visita a mi doctora de atención primaria del centro de salud, ésta me reconvino cariñosamente acerca de las excesivas expectativas que depositamos los pacientes, los ciudadanos, en la farmacología y en las píldoras, como si las pastillas fueran una especie solución mágica, instantánea y definitiva a todos nuestros males: una especie de Bálsamo de Fierabrás que todo lo cura. Por aquel entonces tenía yo un poco alto el colesterol y, ante mi insistencia para que me fuera prescrito algún fármaco que desatascara rápidamente mis tuberías, la doctora me dijo: “prefiero que vayamos por partes; primero, voy a pedirte que hagas más ejercicio físico y que modifiques tu dieta. Estoy segura de que eso bastará para bajarte el colesterol. Por el momento, nada de pastillas”.
 
 
Salí yo de la consulta algo decepcionado; si tenía el colesterol alto, ¿por qué no abordar el problema de la manera más expeditiva y rápida, por qué no tomar una píldora fulminante que evaporara de inmediato el exceso de grasa de mis arterias? Después, pensándolo con más calma, comprendí: lo que la doctora había querido explicarme, con muy buen juicio, era que en ocasiones resulta más eficaz y saludable, a medio y largo plazo, corregir las causas que provocan ciertos problemas que no enmascarar las consecuencias de los mismos.
 
 
No sería la primera ni la última vez que yo escuchara de labios de un médico criticar la excesiva tendencia, la recurrente facilidad que tiene nuestra sociedad moderna de recurrir al fármaco, en cuanto un obstáculo, por nimio que sea, amenaza nuestra tranquilidad, nuestro entumecimiento confortable y cálido: y es en demasiadas ocasiones empleamos el fármaco a modo de cortina, a modo de nube química que nubla nuestros ojos en cuanto la realidad se muestra tozuda.
“Por ejemplo, cuando sufrimos la pérdida de un ser querido –me argumentaba cierto psiquiatra al que entrevisté en un reportaje-, o cuando nos encontramos en medio de una crisis de pareja, de una crisis laboral, cuando tenemos un problema serio, lo apropiado, como primera opción, es tratar de afrontar el mal trago con los propios recursos emocionales y psicológicos que tiene nuestro propio organismo; es decir, sin recurrir a la química, a los ansiolíticos, a los antidepresivos; a veces –me insistía aquel sabio psiquiatra- es necesario, sufrir, y llorar, y experimentar el dolor del duelo, de la pérdida, de la crisis. Esas circunstancias, si sabemos afrontarlas como parte indisociable de la vida, de la existencia, de la experiencia, también nos hacen crecer interiormente, nos hacen aprender y madurar, nos hacen más fuertes”.
 
 
Como es comprensible, aquel psiquiatra no es que fuera refractario ante la idea de prescribir medicación ante una depresión, un trastorno bipolar, una esquizofrenia, o un trastorno de ansiedad prolongado en el tiempo. El recurso a la química, cuando es pertinente, es pertinente. Lo que el psiquiatra me quería decir es que nuestra moderna sociedad del siglo XXI tiene auténtica alergia al dolor, al propio y al ajeno, auténtica aversión a las dificultadas y a las adversidades de la vida, físicas, éticas y morales: “cada vez son más -me confesaba- los pacientes que acuden al psiquiatra en busca de ayuda química, anticipándose incluso a la aparición de los problemas y de los síntomas emocionales; es como si buscáramos ciegamente una especie de anestesia preventiva; pero de tanto querer evitar el sufrimiento, nos hemos olvidado de sentir”.
 
 
Lógicamente, en este post no estamos haciendo, ni mucho menos, apología del masoquismo, ni, por supuesto, pretendemos glorificar la épica de no sé qué padecimientos gratuitos e innecesarios; un servidor es el primero que, en cuanto experimenta en carne propia los primeros síntomas del resfriado, acude al arsenal químico “sintomático-preventivo” que existe en la farmacia más cercana. A nadie –a mí tampoco, se lo aseguro- le parece un plato de gusto encontrarse mal, sentir dolor, físico o psicológico, experimentar angustia, desasosiego, incertidumbre; lo que sí digo, como mi doctora de atención primaria, como el psiquiatra al que entrevisté en uno de mis reportajes, es que, en ocasiones, antes de depositar nuestra fe ciega en tal o cual pastilla (roja, azul, verde o mediopensionista)que nos recetará el médico, quizá puede ser más inteligente dirigir la mirada hacia nuestro interior, hacia nuestra propia vida, para identificar qué estamos haciendo mal, para comprobar si de verdad son tan exangües nuestras fuerzas como nos lo parecen, para darle una oportunidad a nuestra propia capacidad regenerativa, a nuestro propio arsenal de auto recuperación.
 
 
Por suerte para nosotros, en la vida no aparece ningún Morfeo, como en Matrix, que nos plantee la encrucijada de tener que elegir entre la pastilla roja o la pastilla azul: la libertad de afrontar con garbo nuestros propios problemas, reales o imaginarios, la tenemos en nuestro interior. Si al final resulta, después de todo, que necesitamos que los doctores terminen recetándonos un comprimido para paliar nuestros males, Dios dirá, pero a priori no parece muy razonable que nos pongamos nosotros mismos el parche antes de tener la herida.
 
 
Vamos, digo yo.
 
 
 
 
  • Creo que es tremendamente esperanzador que, dados los tiempos que corren, todavía haya personas que piensen como tú, y además lo escriban. He leído todos tus frames y estoy, objetivamente, cautivado por lo dices en cada uno de ellos. Veo el Treinta Minutos siempre que puedo y creo que es uno de los pocos programas que realmente merecen la pena ser vistos. Me alegra enormemente saber que aún quedan periodistas que también son "personas".
    14.03.2011 alias
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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