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Del hambre y de otras cornadas…

06.10.2010 | 0 Comentarios
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Les propongo que congelen conmigo la imagen del jovencísimo Daniel Menés, alumno de la escuela de tauromaquia Venta del Batán, al que contemplamos lidiando un híbrido de carretilla y toro de cartón piedra. “Ahora, todo es por vocación; ya nadie se tira a un ruedo por el hambre”, afirman algunos de los protagonistas del reportaje de Treinta Minutos “Embestida a la Fiesta”.
 
 
 
Bravo; u olé. Lo que ustedes prefieran.
 
 
 
Observando cómo Daniel aprende a torear me pregunto qué pasa por su cabeza para que, a diferencia de otros adolescentes de su generación, él sí haya encontrado un objetivo en su vida. Incluso a contracorriente, en medio de estos tiempos en los que soplan vientos prohibicionistas. No; Daniel no es –ni, probablemente, será- un “nini”. Se opine lo que se opine sobre Fiesta, Daniel, a sus trece años, tiene, como poco, una pasión a la que consagrar su futuro: quiere ser torero. Y está luchando duro para conseguirlo.
 
 
 
Sin embargo, me temo -tan mal están las cosas en esta desmotivada España nuestra- que muchos chavales de su generación, ya no es que no sueñen, como antaño, con ser toreros, futbolistas, cantantes o actores de cine. Es que, en el mejor de los casos, si sueñan con obtener el éxito en alguna de estas profesiones, querrían alcanzarlo por medio de atajos, sin esfuerzo y sin lucha: únicamente impulsados por los vapores inconstantes del deseo. Es lo que tiene esta virtualidad tóxica de famosos catódicos, impúdicos y ávidos de fama sin motivo ni mérito alguno, con la que hemos envenenado demasiadas mentes (infantiles, jóvenes y adultas) durante demasiados años.
 
 
 
Y es que forjar hombre y mujeres, mujeres y hombres, de carne y hueso, con sus virtudes y sus defectos, auténticos, no meras máscaras de cartoné, meras fachadas, es complejo.
 
 
 
Mira que nos lo advirtieron:
Las cosas que valen la pena cuestan un precio. Siempre. El “gratis total”, el “porque sí, porque me lo merezco” Y el “porque yo lo valgo”, como únicas monedas de cambio, no existen más que en las constelaciones del universo catódico. En el mundo real, en tierra firme, perseguir los sueños de gloria conlleva un largo camino de sacrificio y renuncia. También muchos valor.
 
 
 
Pues sí; como decía, nos lo enseñaron. Tiempo atrás.
 
 
 
Quienes son expertos en la Psicología del Aprendizaje bien saben lo complicado que resulta inculcar en un niño o en un adolescente valores tales como la constancia, el respeto por la autoridad del maestro, la fidelidad hacia el esfuerzo o el amor por el trabajo bien hecho. Así, aprender a tolerar la frustración que provoca la no obtención de lo inmediato, entrenarse en el arduo trabajo de diferir las gratificaciones –insisten los psicólogos-, se trata de una técnica compleja pero imprescindible en la socialización del ser humano que desea vivir en comunidad y que en el futuro deberá aportar algo útil y singular a sus semejantes. Esto vale para todos nosotros: toreros, matemáticos, albañiles, endodoncistas, barberos, agentes de bolsa, músicos, fontaneros, filósofos, soldadores, abogados del Estado, cocineros o periodistas.
 
 
 
Mira que nos lo advirtieron. Vaya que sí.
 
 
 
Pero olvidamos las lecciones, quizá por ser demasiado obvias. O porque nos sentíamos peligrosamente seguros sentados en nuestras atalayas de poliéster.
 
 
 
Quizá la crisis económica, y, más allá de ella misma, la presente crisis de valores (de izquierdas, de derechas, de arriba y de abajo), la “crisis”, ese demonio aún más infame que todo lo tizna con sus dedos de sombra, nos ha refrescado de repente las lecciones de los sabios: competitividad, esfuerzo, realismo, eficiencia, sentido común… ¿se acuerdan?
 
 
 
Aunque, bien pensado, no todos olvidaron esas lecciones. Daniel Menés, no, desde luego. Rafa Nadal, tampoco. Ellos no necesitan sentir en el estómago la cornada de la crisis, del hambre –como se decía antaño- para ser ellos mismos y perseguir sus respectivos sueños. Ellos tienen ganas de comerse el mundo -lo cual es muy lógico y muy sano a su edad-, pero ellos quieren comerse el mundo limpiamente, sudando, pagando con la moneda honrada de su trabajo y su dedicación. Ellos sienten en sus tripas una cornada mucho más poderosa que el hambre: la cornada del amor propio.
 
 
 
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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