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Como dos gotas de agua…

23.02.2011 | 0 Comentarios
Las Hermanas Hurtado. Gemelas y actrices

¡Cuánto se parecen!, ¿no creen?

Nuestro frame de hoy corresponde a la imagen de dos hermanas, protagonistas del reportaje de Treinta Minutos “Almas gemelas”, una reveladora incursión dentro del misterioso y fascinante vínculo que une de por vida a estas parejas.

Aún con sus respectivas discrepancias de carácter, de pensamiento, de visión del mundo, de gustos y preferencias respectivas; aún con sus excepciones, con sus matices físicos y psicológicos que les hacen únicos aún en su fraternidad; aún con sus singularidades evidentes, sus particularidades genéticas microscópicas, las parejas de gemelos, precisamente por aquello que les une y que tan escurridizamente escapa a nuestra comprensión, tienen mucho que enseñarnos.

De cara a este post, me interesa, pues, centrarme en ese vínculo milagroso tan difícil de definir: me fascina entender cómo es posible que las parejas de gemelos sientan esa necesidad del otro, del hermano, que experimenten esa urgencia de la compañía de aquel que no es sino fiel reflejo en el espejo de sí mismo, que anhelen su presencia, su criterio, su opinión, la certeza de la existencia del muy, muy semejante. Me intriga conocer por qué los pensamientos de estas parejas de hermanos coinciden con precisión de relojero suizo, aún separadas sus mentes por miles de kilómetros en la distancia. Querría explicarme qué les hace, en ocasiones, enfermar a un tiempo, ensombrecerse sus corazones y sus estados de ánimo de forma simétrica, aún residiendo cada hermano en ciudades ubicadas unas de otras ubicadas en las antípodas de la Tierra. Y querría descifrar qué significa ese entenderse suyo sin palabras, ese idioma tan suyo donde todo su código, todo su alfabeto, es el simple cruce de una mirada cómplice. Por último, aún más que todo lo anterior, me gustaría comprender por qué cuando discuten, si es que discuten, necesitan con apremio la reconciliación, el perdón mutuo, la evaporación del malentendido: la recolocación en el puzle de la pieza que no encaja.

A ustedes, como yo, que hemos nacido y hemos sido educados en una cultura de tradición judeocristiana, no les resultará ajena la lección bíblica de Babel que narra el libro del Génesis. Como bien saben, alarmado Dios ante los disparatados planes de los hombres que pretendían construir una torre que alcanzara los cielos, decidió castigarles confundiendo sus lenguas. Como consecuencia de aquella sanción, si nos atenemos a la narración bíblica, (que cada cual, en función de sus creencias, considere si la historia es metafórica, literal o mixta), persiste desde entonces lo que conocemos como el galimatías de idiomas, percepciones, conceptos, criterios, culturas, perspectivas, pareceres, crisoles, opiniones e intenciones que, en definitiva, conforma nuestra condición humana, nuestra existencia y la Historia.


¿Qué por qué me pongo tan trascendente sacando a colación la narración del Génesis, cuando les estaba hablando de gemelos?
Me explicaré: observando esa ligadura intangible -aunque inquebrantable- que vincula a los hermanos gemelos, pienso que es como si la maldición bíblica de Babel, la condena de la desunión fatal entre los hombres, hubiera permitido en ellos, y sólo en ellos, una deliberada, intencionada e inteligente excepción. Cierto es que entre esposos, entre amigos sinceros, entre correligionarios de cualquier credo, pasión, o idea común, entre los amantes todos, entre comunidades fraternas, entre miembros de órdenes secretas, de sociedades discretas, entre hermanos no gemelos, entre los padres y los hijos, las madres y las hijas, entre los tíos y los abuelos, entre los partidarios acérrimos de una causa, entre los cómplices y copartícipes de un plan benigno cualquiera que este sea, entre los compatriotas, los convecinos, y, si me apuran,  hasta entre los mismísimos compinches de cualquier empresa infame, existen, ¿cómo negarlo?, fortísimos nexos, proyectos compartidos, necesidades comunes, ansias mutuas, angustias, abnegaciones, sacrificios, devociones, ardores, anhelos y desvelos. Cierto es. Sin embargo –convendrán ustedes conmigo- en todos y cada uno de los casos que he citado, los puentes que unen a estas personas, a todas las personas no gemelas, tienen explicación emotiva, racional, lógica, causal, final, filial, pasional o intencional.

Con los gemelos –me da la impresión- la alianza mutua que entre ellos percibo es, cómo decirlo, no sé si más profunda, pero sí más sutil, más intrincada, más compleja; es como si esa ligazón estuviera conformada por un material más denso, más resistente, más inquebrantable, más a prueba de contingencias. 

Sé bien, sé, que el vínculo que une a una madre que se tira de cabeza a un río sin pensarlo para salvar a su hijo es difícilmente superable. No lo niego; estaría loco si lo hiciera. Pero la madre, convendrán conmigo, cuando el hijo crece y se hace adulto, precisamente por amor al hijo, desata las amarras que a él le unen, le deja ir, renuncia a él, por la propia felicidad de su criatura. Me pregunto si sucede lo mismo con las parejas de hermanos gemelos.

Cierto es que los gemelos emprenden diferentes proyectos de vida, que eligen senderos que se bifurcan, que se casan con parejas de carácter disímil, que forman familias diversas, que se pierden de vista en la distancia…

Pero, ¿este perderse de vista en la distancia es tan real como aparenta? Tengo serias dudas.

Y las tengo, entre otras razones, porque cuando se les pregunta por ese abismo insondable que es la desaparición física y definitiva del otro, cuando se les pide que imaginen su propia existencia sin su reflejo, sin su réplica formal, sin la parte del par que conforman, el horror al vacío que experimentan, por lo abominable que les parece este escenario siquiera como hipótesis, es difícilmente transmisible a quienes les contemplamos, a quienes les inquirimos con esta incómoda cuestión.

Estas parejas, a juzgar por lo que ellas mismas nos explican, es como si estuvieran obligadas a entenderse, a precisarse mutuamente, a complementarse, a quererse, a respetarse, ligadas por un cordón umbilical invisible y virtuoso, claro está, cada uno desde sus matices y desde su particular lugar en el mundo.

Es como si, con su ejemplo, nos recordaran pálidamente cómo debieron ser las cosas antes de la maldición de Babel, antes de la serpiente.
Se lo dije antes a ustedes, queridos lectores: el misterio de los gemelos, cuanto más lo miro, más que un jeroglífico, más que un enigma irresoluble, me parece una lección.
 

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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