La Opinión de Hermann Tertsch

Clase política

18.02.2011 | 0 Comentarios
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Hace tiempo ya que la clase política es uno de los principales problemas de este país, según manifiestan los españoles en todas las encuestas. La ejemplaridad percibida de los políticos se comenzó a diluir nada más concluir la transición. Y sufrió mucho con la corrupción y el terrorismo del Gal en el anterior periodo socialista.

Pero el hundimiento de su credibilidad y prestigio social en estos últimos años no tiene parangón. Las pruebas continuas de desprecio a la opinión pública, de mentiras reiteradas y confirmadas, de incompetencia manifiesta, zafiedad obscena y mala educación son una combinación letal que ya salpica a toda la clase política. Por injusto que sea.

Por muchos que sean los ejemplos de políticos con vocación de servicio, dignidad y honestidad mil veces probada. Por si todo ello fuera poco, el fenómeno de la corrupción ha adquirido en nuestro país características de plaga nacional. Que se ha agravado con la cada vez mayor falta de transparencia en los últimos años. Y amenaza no ya sólo a la muy mermada credibilidad de la clase política, sino a la percepción pública de la legitimidad del poder público y las instituciones. Ahora, la cercanía de las elecciones autonómicas y municipales y el agónico final de esta legislatura amenazan con una batalla de lodos, basura y miseria que pueden dejar a la ciudadanía definitivamente asqueada.

Todos creen tener munición suficiente para aniquilar la imagen y la reputación del contrario. Pero un fenómeno nuevo de gran crudeza supone un peligro para la calidad democrática del sistema. Porque a la necesaria fiscalización del poder por parte de la oposición se responde con la utilización de todos los mecanismos del poder para la destrucción de la imagen del adversario. Ya no son siquiera las muy evidentes dos varas de medir. Es el absoluto desequilibrio en medios y los claros intentos de utilizar los mecanismos del estado para fines de la batalla política.

Contrólense y persíganse todos los desmanes con el celo demostrado por la fiscalía en indagar al presidente valenciano con el magrio resultado final de la fiscalía. Con el mismo celo. También la trama mafiosa de los ERES de la Junta de Andalucía. Como en su día se debió hacer con las comisiones denunciados en el Parlamento catalán y que quedó oculta en la ciénaga del consenso catalán.

Tenemos que volver a un trato de igualdad a todas las fuerzas políticas democráticas. Todas tienen la misma legitimidad, aunque algunos quieran discutirlo. A una catársis en que todos los sinvergüenzas sean perseguidos como delincuentes por todos. Pero hay que salir de esta senda en la que quienes temen perder parecen capaces de cualquier cosa para evitarlo. Nos puede llevar a daños irreparables.

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