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Caso omiso

25.11.2011 | 0 Comentarios
Jóvenes adictos, 30 minutos
“Adolescentes adictos”. No hace falta ser Sherlock Holmes para deducir que dicho título alude al problema de la iniciación cada vez más temprana en el consumo de estupefacientes de los más jóvenes de los jóvenes, es decir, de los niños que están dejando de serlo. Dicho reportaje de Treinta Minutos, que fue emitido por Telemadrid en 2009 y que recientemente ha sido galardonado con el premio Reina Sofía Contra las Drogas de la Fundación Crefat de la Cruz Roja, expone una preocupante paradoja: muchos adolescentes españoles, a pesar de que cada vez disponen de más y mejor información acerca de los riesgos y peligros de las drogas, siguen acercándose a las sustancias psicotrópicas con una ingenuidad y una temeridad desconcertantes.
¿Las causas? Pueden imaginárselas: rebeldía connatural a la edad, oposición a las reglas establecidas, deseo de transgresión, atracción por lo prohibido, apetito de nuevas sensaciones, deseo de integración en el grupo, percepción de invulnerabilidad y omnipotencia del propio cuerpo, imitación de modelos culturales y estéticos poco aconsejables, deseo de escapar de una realidad en la que no encajan y ausencia de perspectivas ante un futuro incierto… Podríamos seguir con la enumeración de factores que propician que los adolescentes ignoren sistemáticamente las recomendaciones de los padres y de las campañas institucionales de prevención, pero entonces no acabaríamos nunca. Baste resumirlos todos en un principio básico: el ser y el sentir adolescente, por definición, colisiona con el mundo del adulto y, por lo mismo, hace caso omiso de los consejos de los mayores, por sabios y bienintencionados que sean.
No voy a hablar en este post de drogas, pero sí de ese principio básico del caso omiso, que conduce al adolescente por la vida con esa energía arrolladora y caótica que tanto desespera a padres y educadores desde el principio de los tiempos: “¡basta que al nene se le diga una                            cosa” –lamentan muchos padres cuando sus hijos llegan a la adolescencia- “para que, precisamente, haga la contraria!”.
Y digo yo. En lugar de desesperar, ¿no se podrían aprovechar esas fuerzas centrífugas, irracionales y automáticas, del caso omiso para ponerlas a favor de los intereses del adolescente y de los deseos de sus tutores?
Me explico: si el adolescente hace exactamente lo contrario de aquello que se le indica, habrá que proceder en consecuencia con esa ley.
Y procederá emplear la astucia como sigue a continuación:
Padres y educadores, por tanto: desaconsejen encarecidamente al adolescente que tenga contacto con los desesperados versos de Neruda, por demasiado apasionados, y prevengan a sus hijos con contundencia de los peligros evidentes de la poesía de un Octavio Paz, un Pedro Salinas, un Rosales, Cernuda, Machado, Eliot, Verlaine, Bécquer o Dante; prohíbanles taxativamente, faltaría más, los sonetos de Shakespeare, por excesivos y demasiado inductores en el arte de vivir. Insten a sus hijos, además, a que eviten frecuentar a Teresa de Ávila, a San Juan de la Cruz, a Lope de Vega, por ser el genio de estos maestros demasiado complejo e irreverente con la realidad tozuda de la materia que conforma el mundo.
Después, si eso, dejen ustedes que las fuerzas del caso omiso hagan el resto, y consientan en que los chavales menudeen por las esquinas de los parques con versos sueltos de los “Campos de Castilla”, “La voz a ti debida” o “La Divina Comedia”. (no está de más que también proscriban a Homero, por si las moscas).
Otra cosa: maestros, tutores, padres, eviten, en la medida de lo posible, que sus hijos visionen cine clásico y que, por tanto, descubran a Ford, a Hawks, a Lubitsch, Wilder, a Capra. Apaguen automáticamente los televisores en cuando una cadena programe por descuido el “Amanecer” de Murnau, “El cuarto mandamiento” de Welles, o “La palabra” de Dreyer. Ni que decir tiene que deben ustedes obstaculizar con toda su autoridad que sus hijos arriben a las orillas del mar de Ozu y Kurosawa; no digan que no les he avisado.
Después, si eso, observen de reojo cómo actúa la ley del caso omiso y disfruten del espectáculo.
Más consejos, padres: dediquen todas sus energías para que ningún chaval pueda sentir el menor interés por ver el mundo como lo contemplaron Velázquez, Murillo o El Greco. Que no se identifiquen, por favor, con Dalí ni con Picasso, que no contemplen la luz ni las formas como lo hace Antonio López. No permitan que los chavales reparen en los detalles del universo moral como lo hizo El Bosco, ni que desarrollen un pensamiento abstracto como el de Rothko o Pollock.
Por supuesto, queridos lectores, delante de sus hijos eviten referirse con admiración hacia un Ramón y Cajal, un Gregorio Marañón, un Severo Ochoa, un Valentín Fuster o un Barbacid. Explíquenles con paciencia a los chicos que estos y otros ejemplos de científicos preclaros no conducen a nada concreto.
Y cercenen, oxiden y cautericen ustedes como mejor sepan las tendencias que pudieran desarrollar sus muchachos hacia Mozart, Bach, Beethoven o Vivaldi; por otra parte, a Bartok, a Ligeti y a Stockhausen que ni se acerquen, no sea que se quemen. Y a Arriaga, Falla, Granados, Albéniz, Rodrigo, Bernaola, Marco o Halffter, por precaución, que tampoco se arrimen. Ni que decir tiene que Mahler, Wagner, Menuhin, Horowitz, De la Rocha, Arrau, Segovia y Yepes, ¡prohibidos hasta que cumplan, por lo menos, la mayoría de edad!.
¿Algo más? ¡Ah, sí, se me olvidaba! Por favor, ¡por favor!, eviten en la medida de lo posible que Cela o Delibes tienten a sus hijos con su prosa; pongan tierra por medio entre un Borges y un Cortazar y los chavales. Sartre, Lewis, Salinger, Papini, Kafka, Hesse, Marai, Lem, Tolstoi, y Unamuno, desaconsejados por completo. Como Buero Vallejo, Sastre, Martín Descalzo, y Valle Inclán, Nieva o Gala; contra Lope de Vega, creo que les he prevenido antes; pero no lo he hecho contra Moliere, Tennesse Williams y Becket. No puedo estar en todo. Sé que me dejo nombres en el tintero. Por eso, aún a riesgo de omisión, no quiero terminar sin referirme a lo más importante: nunca, nunca, pero absolutamente nunca, consientan que un ejemplar de “El Quijote” caiga en sus manos: que nunca tengan la menor noticia, por favor se lo ruego a ustedes, acerca de la aventura de los odres de vino o el incidente de los molinos de viento.
Digo yo que siguiendo todas estas prescripciones y con un poquito ayuda de la ley del caso omiso
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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