Abre los ojos

Bonnard: un estallido de color

14.10.2015 | 0 Comentarios
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A la sala Recoletos de la Fundación Mapfre, llega una magnífica exposición dedicada a Pierre Bonnard (1867-1947). El pintor francés jugó una papel fundamental en los comienzos del arte moderno pero su personal estilo hace díficil encasillarlo en un movimiento en concreto.

Pertenecía a una familia acomodada y compaginó sus estudios de derecho con las clases de pintura en la Académie Julian, donde conoció a Maurice Denis, Édourd Vuillard,  Paul Ranson y Paul Sérusier. Junto a ellos fundó, en 1888, el grupo de los nabis. Le interesó mucho el simbolismo de Gauguin y su manera de entrelazar en el lienzo lo cotidiano y lo onírico. También le influyó la estampa japonesa: sus formatos, la simplificación de las formas y, sobre todo, la importancia de lo decorativo.

Respecto a los temas, Bonnard partió de los géneros convencionales: desnudos, retratos, bodegones o paisajes, pero los reinterpretó con un lenguaje pictórico propio basado en el poder expresivo de la luz y el color. Aunque es el pintor de lo cotidiano sus cuadros producen un cierto extrañamiento; quizá es porque el tiempo está siempre suspendido o porque  los objetos parecen tener una vida que se nos oculta.  

La muestra reúne en total ochenta pinturas, una docena de dibujos y medio centenar de fotografías tomadas por el propio artista con su cámara Kodak. Vamos a verla. 

La primera sala está dedicada al Bonnard más japonista, con biombos decorados y composiciones de formato vertical. Al entrar encontramos los cuatro paneles que forman “Mujeres en el jardín” en los que el pintor ha abandonado la representación ilusionista del cuerpo humano renunciando a las leyes de la perspectiva. El horizonte desparece y el paisaje envolvente lo ocupa todo. Predominan las líneas curvas, los arabescos que atraviesan sinuosamente las manchas de color. Me encanta el enrarecido ambiente de “Crepúsculo. La partida de cróquet”. Está dividida en dos escenas, en la primera unos personajes abstraídos visten trajes cuyas telas estampadas parecen existir antes que ellos. Al fondo hay una escena de jóvenes danzando que nos traslada a algún paraíso bucólico. 

Avanzamos y los cuadros se reúnen en torno al tema del Interior. El artista pronto se alejó de los motivos pomposos para centrarse en la intimidad del hogar. Por un lado nos sorprende el Bonnard menos amable con una serie de desnudos muy explícitos dentro de atmósferas angustiosas como “El hombre y la mujer”. También pinta interiores con escenas creadas a base de planos cortos y difíciles encuadres. Un ejemplo es “La mesa”  un auténtico bodegón presidido por una misteriosa figura femenina. 

Intimidad es el nombre de la siguiente sala. Bonnard ejerce de voyeur y contempla escondido el mundo femenino en “Desnudo en un interior”, el aseo, o el reflejo en el espejo en “El tocador”. El cuerpo de la mujer desborda sensualidad y erotismo y, a veces, también esconde un drama. En “Bañera” la quietud del agua y la languidez de la figura nos acerca a la muerte. La modelo era Marthe Méligny, su principal musa, primero amante y luego esposa. Al parecer era muy celosa y tenía un carácter obsesivo y muy atormentado que trataba de calmar con estos, ya inmortales, baños terapeúticos. 

Con Retratos escogidos empieza el recorrido de la planta superior. Bonnard siempre pinta a su círculo cercano sin artificios ni posados. En sus quehaceres cotidianos aparecen sus amigos Thadée y Misia Natanson. En “El palco” sus marchantes se convierten en figuras ausentes teñidas de colores nocturnos.  Magnífica es la selección de autorretratos que hay un poco más adelante. El artista se pinta frente al espejo, descarnado, envejecido y despojado de cualquier atributo que le pudiera embellecer. A los sesenta y cuatro años aparece como “El boxeador” en plena lucha con el arte y también con su propia existencia. 

Pero el Bonnard de la joie de vivre vuelve a aparecer en los bodegones y paisajes de Ultravioleta con unos óleos optimistas que transmiten alegría gracias al estallido del color.

En 1926 compra una casita en la Costa Azul enamorado de su luz y disfruta del lado más hedonista de la vida. Sus mesas están saturadas de rotundos amarillos, rojos o verdes en “El postre” o en “Rincón del comedor de Cannet” cuya protagonista, enfundada en un precioso mantón floreado, nos da la espalda. Y el color triunfa también en paisajes como “La palmera” , en ellos su peculiar interpretación lírica de la naturaleza le lleva a convertir cada cuadro en un jardín del Edén.

Gracias a su reputación como pintor decorativo le llegan los grandes encargos: trabajos murales para residencias privadas. La última sala está dedicada a ellos. Hizo paisajes idílicos con personajes mitológicos para los frisos del comedor de Misia Sert. Otros prefirieron escenas urbanas con el bullicio de las calles y de los cafés. Para Hahnloser pinta “El verano” una escena paradisíaca formada por grandes manchas de color en las que, auténticamente, quedamos sumergidos.

Bonnard creó su particular universo, su Arcadia. Pero recordad que incluso en el lugar más feliz y perfecto de la tierra la muerte está presente: “Et in Arcadia ego”. Y así  -como en el cuadro de Poussin-  en cada paisaje vibrante y luminoso de Bonnard descubrimos que su exaltación de la vida le da la mano a una cierta angustia existencial.
 

Twitter: MARÍA VERA


 

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He sido siempre una apasionada del mundo del arte, me recuerdo adolescente comprándome en el kiosko unos coleccionables sobre museos del mundo que todavía conservo en casa. Cuando me licencié en la facultad me dediqué al arte moderno,  centrándome en Dalí, protagonista de mi tesis y de alguna de mis publicaciones. Ahora, en este blog, me apetece compartir con vosotros mis visitas a  las más interesantes exposiciones de Madrid, a sus museos y sus galerías, y teneros al tanto de la actualidad artística. ¿Os animáis a patear la ciudad conmigo?

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