Abre los ojos

Bill Viola y los viejos maestros

28.01.2014 | 0 Comentarios
BILLVIOLA3

“Los viejos maestros eran justo un punto de partida. No me interesaba apropiarme de nada, ni volver a representarlo; quería meterme en el interior de esos cuadros, encarnarlos, habitarlos, sentirlos respirar (…)”, Bill Viola 2002.

En noviembre del 2003 asistí entusiasmada a la exposición The passions de Bill Viola en la National Gallery de Londres. He de reconocer que, desde entonces, siento debilidad por el artista neoyorkino. Me fascina su poética relación con los maestros antiguos y la belleza lenta de su obra, envolvente hasta el estremecimiento pero con una factura muy high tech. Por eso me parece muy recomendable su intervención en el Museo Real Academia de Bellas Artes de San Fernando que podéis visitar hasta el 30 de marzo y que coincide con la representación, en el Teatro Real, de la ópera de Wagner “Tristan und Isolde” en la que también participa.

Recordemos que a partir del año 2000 Viola se sumergió de lleno en la pintura clásica de temática religiosa como punto de partida para la exploración de las emociones humanas; él mismo reconoce su fascinación por la mística de Juan de la Cruz y Teresa de Ávila. Desde estas premisas y usando su medio habitual, el vídeo, intentará establecer un diálogo con los artistas de la colección de la Academia, pintores como José de Ribera, Alonso Cano, Zurbarán, El Greco y Goya, o escultores como Pedro de Mena.

El proyecto se articula con cuatro videoinstalaciones. Nos acercamos a ellas con el recogimiento y el silencio que imponen las vetustas salas de la primera planta del museo. Perfectamente integrada entre los cuadros de Zurbarán nos sorprende “Dolorosa” (2000). Se trata de dos imágenes, una mujer y un hombre, en pantallas digitales individuales, enmarcadas y montadas como un díptico en forma de libro abierto y colocado sobre una pequeña peana. A su lado “Agnus Dei” lo separa de la escultura barroca de Juan de Mena. La talla polícroma de la Virgen tiene el rostro deformado por el dolor y lágrimas corriendo por sus mejillas. Esta representación de la pena está también en los personajes del vídeo donde lloran en una secuencia en bucle que empieza una y otra vez. La cercanía entre las dos obras, antigua y moderna, es, por tanto, además de física, anímica.
 Un poco más adelante nos espera otro díptico, esta vez en pantallas separadas aunque paralelas, llamado “Montaña silenciosa” (2001). De nuevo los protagonistas, mujer y hombre, parecen invadidos por una ola de angustia que va aumentando de nivel hasta hacerse insoportable. Los cuerpos y la expresión facial muestran la gran tensión y, de repente,  estallan en un grito violento y explosivo. De nuevo se trata de la evocación del sufrimiento como parte inseparable de la condición humana.

“El quinteto de los silenciosos” (2000) nos aguarda en una salita dentro de una estancia dedicada a nuestra pintura del siglo de oro. Está custodiado por un “San Jerónimo escribiendo en el desierto” de José de Ribera y un “Cristo recogiendo las vestiduras” de Alonso Cano, justo en la pared opuesta se enfrenta al efectista “Ecce Homo” también de Ribera y a un “Prendimiento de Cristo” de Gerard Seghers. En estos clásicos destaca el maravilloso tratamiento barroco de la luz que se consigue con una reducida gama cromática, así como la teatralidad de los protagonistas. Lo mismo sucede en el vídeo; el grupo aparece sobre un fondo neutro, todos están de pie, próximos entre sí aunque sólo se tocan levemente. Parecen dirigir la mirada a algo que sucede fuera del marco de la composición, algo que intuimos pero que no alcazamos a ver. Al principio la expresión es neutra, poco a poco la emoción contagia al grupo y llega a un nivel extremo; luego retrocede dejando a cada uno agotado y exhausto. Es un extraño oleaje de sentimientos, que va y viene, formando una original coreografía.

La última obra y quizá la más singular de las cuatro es “Rendición” (2001) colgada entre los retratos de Goya. Se trata de un díptico más, con un panel abajo y otro arriba donde se contraponen un hombre y  mujer,vestidos de rojo y azul. Los dos personajes están de medio cuerpo, el del panel inferior se muestra cabeza abajo como si fuera una visión reflejada en un espejo.

Poco a poco van haciendo inclinaciones cada vez más intensas como si quisiesen abrazarse o besarse lo que nos lleva a descubrir que el espejo no es tal, sino que es el agua en la que acaban sumergiéndose. Cuando salen, su dolor crece y produce una ondulación cada vez mayor de la superficie hasta que los cuerpos se rompen en formas borrosas. La imagen se desintegra, sólo queda abstracción, luz y color.

Sin duda Bill Viola consigue que las cuatro videoinstalaciones modifiquen las piezas con las que dialogan, actualizándolas y conectándolas, de manera que puedan convivir en una institución tradicional como la Academia. Pero la forma visual no es lo único que le interesa, lo más importante es la dimensión espiritual. Viola recupera la eficacia emotiva de la pintura religiosa creando un arte que quiere conmover al espectador. Busca el origen de los sentimientos pero eso sí, sin prisas, con la cámara lenta capaz de hacer visibles los más sutiles matices expresivos, desde la pena al arrebato, y crea un espacio donde el tiempo ha desaparecido para los personajes y también para nosotros.


Más datos en:
www.billviola.com/
www.rtve.es/alacarta/videos/metropolis/metropolis-bill-viola/996783/

María Vera


 

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He sido siempre una apasionada del mundo del arte, me recuerdo adolescente comprándome en el kiosko unos coleccionables sobre museos del mundo que todavía conservo en casa. Cuando me licencié en la facultad me dediqué al arte moderno,  centrándome en Dalí, protagonista de mi tesis y de alguna de mis publicaciones. Ahora, en este blog, me apetece compartir con vosotros mis visitas a  las más interesantes exposiciones de Madrid, a sus museos y sus galerías, y teneros al tanto de la actualidad artística. ¿Os animáis a patear la ciudad conmigo?

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