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Babel

18.11.2011 | 1 Comentarios
Globo terráqueo con banderas

“He aquí que todos forman un solo pueblo y todos hablan una misma lengua, siendo este el principio de sus empresas. Nada les impedirá que lleven a cabo todo lo que se propongan. Pues bien, descendamos y allí mismo confundamos su lenguaje de modo que no se entiendan los unos con los otros”. Les suena, ¿verdad? Es el capítulo 11 del libro del Génesis, donde se describe la maldición con que Yahvé castigó a los hombres por su osadía de levantar la Torre de Babel. Traigo este pasaje a colación porque de uno de los aspectos de la maldición de Babel trata el último Treinta Minutos, titulado “Do you speak english?”, una radiografía diagnóstica que explica la flojera de piernas que le entra al españolito medio cuando se le pregunta a bocajarro qué tal anda de idiomas y, más concretamente, qué tal se defiende con el inglés.

Como es bien sabido, que hoy día ustedes y yo hablemos castellano en Fuenlabrada o en Alicante, que los norteamericanos de Detroit o de San Luis hagan lo propio con el idioma inglés, o que los chinos de Hong Kong hablen con soltura lengua cantonesa si lo creen conveniente son todas ellas consecuencias derivadas del empeño de construcción de la susodicha Torre de Babel. Metáforas aparte, me parece pertinente señalar que la maldición de Babel (entendida aquel relato como una forma de explicar la cesura profunda que separa a todos los seres humanos que han existido y existirán respecto de sus semejantes) va mucho más allá de la confusión de lenguas que, aunque incómoda y ciertamente farragosa en nuestro quehacer diario, con la ayuda de ciertas nuevas tecnologías de reconocimiento de caracteres y de traducción simultánea en tiempo real que están por venir, está empezando a dejar de ser insuperable.

No obstante, ese efecto concreto de la maldición persiste.

¿Se acuerdan ustedes del esperanto, aquel conmovedor intento de un oftalmólogo polaco de fusionar las muchas lenguas del planeta en una sola, es decir, todas en ninguna? Aquello no cuajó, lógicamente, a pesar de las buenas intenciones, como no cuajará el anhelo de los acuarianos del 68 (y de sus actuales herederos) de diluir las distintas religiones del orbe en una espiritualidad vaporosa e indefinida que indujera al género humano a adoptar una única conciencia planetaria mediante la cual contemplar el sentido de la existencia.

Se diga lo que se diga, al espíritu del Hombre (y de la Mujer), que es indómito y plural, no le sientan demasiado bien los uniformes hechos a medida, en plan talla única, le pese lo que le pese a algunos profetas que, como John Lennon, trataron de confeccionarle a la raza humana un trajecito estándar (do you remember “Imagine”, John?: ‘no countries, no religion, no possessions’). Lo siento, pero aquella propuesta del genial Beatle me temo que no era sino un bello disparate de vapor.

Miren: la antropología comparada ha demostrado sobradamente que es en la multiplicidad de lenguas, de religiones, de ideas, de países, de culturas, de enfoques y de perspectivas donde emerge lo mejor que los humanos podemos dar de sí como especie inteligente. También ha demostrado, no lo niego, que es en medio de esa multiplicidad donde emana en no pocas ocasiones lo peorcito de nosotros, en forma de intolerancia, de persecución y de exterminio; pero esto “peorcito” que emana en medio de la diversidad no lo hace porque esa diversidad exterior, en sí misma, sea la causa principal que nos enfrente hasta exterminarnos mutuamente los unos a los otros. En mi opinión, la maldición de Babel no consiste únicamente, ni mucho menos, en la aspersión aleatoria de lenguas y de culturas sobre la superficie de la tierra, en la separación de las fronteras y del color de la piel o en la forma plural en que los seres mortales se relacionan con la trascendencia; para mí, la “almendra” de la maldición de Babel no es otra que la barahúnda de deseos, anhelos, incoherencias, soberbias y jactancias en el error que albergamos en la conciencia todos y cada uno de los seres humanos que han existidos, existen y existirán sobre el mapamundi.

Dicho de otro modo: digan lo que digan los manuales oficiales de psicopatologías varias, las cartografías autorizadas de yerros y disparates, y los diccionarios de principales barbarismos comunes, mortales o veniales, cada ser humano encierra dentro de sí mismo su propia Torre de Babel así como su particular maldición que le separa de todos y de todo, hasta de sí mismo.

Esa es la verdadera confusión de lenguas derivada de Babel: no el que hablemos suajili, romaní o latín clásico, si nos apetece: sino el que ni siquiera, después de toda una vida, lleguemos a comprendernos y, lo que es más grave, a explicarnos, a nosotros mismos.

  • Eso explica por qué ni hablando se entiende la gente. En mi opinión, lo que realmente nos conecta a todos, y nos hace verdaderamente partícipes los unos de los otros, es la voluntad, no el lenguaje, o al menos no el verbal; sin la voluntad de comprender al otro, sin la voluntad de aceptarnos tal y como somos, sin la voluntad de respetarnos y ayudarnos dejando de lado nuestros propios intereses, sin todo esto, sin todo esto no sé qué sería de nosotros.
    23.11.2011 alias
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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