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Ante la Ley

10.10.2012 | 0 Comentarios
Ante la ley

“Ante la Ley está plantado el guardián”. Así comienza uno de los cuentos más célebres que escribiera Franz Kafka; un cuento, “Ante la Ley”, que, por cierto, alcanzaría mayor gloria al incluir su autor una franquicia del mismo en la trama argumental de “El proceso”, la novela más leída, después de “La metamorfosis”, del más talentoso escritor checo que ha existido.

“Ante la ley está plantado el guardián”, y continúa el cuento: “Un hombre viene de lejos…”.

¿Quién es este hombre (o esa mujer, que para el caso es lo mismo), este individuo insignificante de la metáfora de Kafka que de tan lejos llega, quién es esa persona sin nombre que espera ante las puertas de la Ley a que el guardián abra el paso?

Ese hombre podemos ser ustedes o yo, queridos lectores: cualquier ciudadano que sufra en su piel, siquiera una vez en la vida, la afrenta de un grave delito cometido por un semejante devenido en fiera, en lobo, que diría Hobbes.

Si le ponemos nombre y apellidos al ciudadano del cuento de Kafka que acude ante la Ley para exigir Justicia podríamos decir que tiene cualquier nombre, por ejemplo, María del Mar, madre de Sandra Palo; o también, que tiene el nombre de una de las muchas, de las muchísimas víctimas del terrorismo; podríamos llamarle por el nombre que tienen los padres de Marta del Castillo o por el nombre de Juan José Cortés, el padre de la niña Mari Luz.

El ciudadano que espera la respuesta de la Ley podríamos ser todos.

Ante la Ley se allegan los humillados, los ofendidos, los hastiados de dolor y los inundados por el oprobio. Ante la Ley recalan los débiles, los inocentes, los insignificantes y los Juan Nadie, los que no tienen voz y los que, teniéndola, no se atreven a levantarla, al igual que no levantan la mirada del suelo cuando el furor de los lobos se desborda; ante la Ley se acercan los que esperan y esperan y esperan, los que lloraron sin tener culpa, los que perdieron algo (o alguien) irremplazable y confían a que, como mínimo, se les retribuya, por justicia elemental, y se les restituya un pálido reflejo de su pérdida.

Se objeta a menudo: ¡cuidado!, que el endurecimiento de la Ley no erradica la comisión de delitos. Que los delitos seguirán produciéndose, aun los más graves. Y se advierte también: ¡atención!, que el aumento de penas no disuadirá a los desalmados de cometer su iniquidad.

El debate sobre la proporcionalidad entre el delito y su sanción es tan viejo como el mundo. Sabemos, ciertamente, que hay sociedades que han mantenido y mantienen durísimos sistemas sancionadores, aún los más terribles y severos, y, aun así, no consiguen con eso mayor eficacia en la represión del crimen ni en su elusión.

Si esto es así, ¿para qué cambiar leyes? ¿Para qué ajustar los códigos punitivos al correspondiente signo de los tiempos?

Para encontrar respuesta a esta pregunta debemos recurrir de nuevo al cuento de Kafka, a su moraleja última, que no es otra –si es que tiene alguna (Kafka era así de intrincado)- que la sensación de futilidad que invade al individuo cuando contempla al guardián que custodia, impávido, las puertas de la Ley. “Si todos se esfuerzan en alcanzar la Ley” –pregunta el individuo al guardián- “¿cómo es que en el transcurso de todos estos años nadie más que yo haya pretendido entrar?”. A lo que el guardián responde: “nadie podía siquiera pretenderlo porque esta puerta estaba reservada sólo para ti; ahora voy a cerrarla”.

Sensación de irrealidad. Kafka, vamos.

Pues bien: esa, -exactamente esa- me parece la razón última por la cual merece la pena plantearse la revisión de los códigos punitivos: fíjense que no estoy hablado de endurecer ni de aumentar penas, sino de ajustar los mismos a la gravedad de los delitos y de la percepción colectiva que de estos tiene la sociedad; el fin es, por tanto, eliminar el estado de estupor de la víctima, del individuo, del ciudadano, su impotencia, su pasmo ante la impasibilidad de un guardián incapaz de ofrecer respuestas convincentes, incapaz de ofrecer un resquicio de esperanza, de justicia.

A todo esto, y prosiguiendo con la metáfora: ¿quién es el guardián?

¿Son los jueces el guardián? ¿Son los legisladores? ¿Son los jurisconsultos? ¿Son los doctores de la teoría del derecho penal?

No tanto. El guardián es la sociedad entera: el guardián somos ustedes y yo, también. Todos nosotros. Así es la paradoja de Kafka: que todos somos ciudadanos y guardianes; todos somos víctimas potenciales y todos conformamos el magma social en el que se fraguan las leyes. Porque es la sociedad entera -a través de sus cauces democráticos- quien debe exigir justicia; es la sociedad quien, midiendo el pulso de los tiempos, debe protegerse de las manifestaciones de la iniquidad que aflora esporádicamente dentro de sí; es la sociedad quien debe ofrecer respuestas a la mirada implorante de los inocentes.

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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