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Alta cordura

13.05.2011 | 1 Comentarios
Alta costura 30 Minutos

Como del mundo de la Alta Costura, –hermético ámbito que, al menos parcialmente, desvela el último reportaje de Treinta Minutos-, entiendo más o menos lo mismo que de bosones y gravitones, (¿se dice así, señores físicos cuánticos?), esta semana me voy a permitir utilizar un sólo dato del mundo de la moda, a modo de coartada, para construir este post. El dato no es otro que las astronómicas cifras que llegan a pagar las clientas compradoras por hacerse con un vestido de Galliano, Valentino o Lagerfeld: 70.000 euros.

70.000 euros con todos sus ceros, uno detrás de otro: más de 11 millones de las antiguas pesetas. Quien paga esos precios los paga porque puede, porque el vestido en cuestión lo vale, o porque quiere: por lo que sea, -yo en las causas ni entro ni salgo-; lo cierto es que eso es lo que abulta la cifra de un trapito diseñado en el Olimpo.

He prometido antes que no me metería en camisas de once varas hablando de un mercado y de un universo del que desconozco casi todo. Pero la cifra, ¡ay la cifra!, los 70.000 euros, “leuros”, como diría Carlos Herrera, se me aparecen todos juntos como una pesadilla, como un espectro que no me deja descansar en paz.

¿De verdad existen personas tan despreocupadas de su economía que se permitan gastar todos esos ceros, con su “siete” delante, en prendas que van a vestir una, dos, tres veces a lo sumo en toda su vida? Existen.

Existen esas personas, por supuesto, ancha es Castilla y ancho es el ancho mundo: aún en estos tiempos de crisis con cinco millones de españoles parados.

Pero, aunque mis instintos más primarios y la ética básica que aprendí de niño me inciten a juzgar e incluso a condenar ese comportamiento banal sin necesidad de vista preliminar ni pruebas periciales, a criticar esa actitud vital derrochadora con el dedo en alto, como un telepredicador americano o un pepito grillo sobrevenido, me contendré para no pillarme los dedos, porque lo cierto es que pienso que en esta adormecida sociedad nuestra casi nadie está, estamos, libres de pecado.

Me explico: no sé si estos días habrán escuchado en los medios de comunicación que existe un reciente estudio de Albal y Acción contra el Hambre sobre los hábitos de consumo alimentario de los españoles, un estudio que denuncia que, sólo en nuestro país, anualmente, se tira más del 20 por ciento de la comida que se compra. 11.000 millones de euros a la basura. Lácteos que caducan en la nevera sin que nadie los mire, promociones XXL que duermen por siempre el sueño de los justos en el congelador, toneladas y toneladas de frutas y verduras, oxidadas en alacenas y fresqueras por culpa del olvido; y, cómo no: esos insidiosos, dolosos y permanentes cálculos fallidos en la compra de los ingredientes que conforman los mil y un deliciosos guisos patrios de nuestros hogares… En fin: 11.000 millones. Como ocurre con los vestidos de Alta Costura, estos 11.000 millones suman también una cifra muy gorda, muchos ceros juntos, demasiados, uno detrás de otro, para que no se nos atraganten en nuestra conciencia.

¿Dónde han quedado aquellos consejos sensatos, sin duda acreditados por el recuerdo de los años de penurias de la posguerra, en que nuestros abuelos, los mayores, de cualquier bando, que aquí no viene al caso hacer distinciones, nos reconvenían con sabia severidad, a nosotros, niños, hijos, nietos, en cuanto nos veían despreciar con asco tal o cual alimento, tal o cual porción de comida? “No se tira nada, que hay mucha gente que pasa hambre en el mundo”. Todos lo hemos oído; seguro que no se nos puede haber olvidado tan pronto. 11.000 millones.

Derrochamos comida despreocupadamente. Todos lo suponíamos. Lo sabíamos. Y no queríamos reconocerlo. Algunos, a este acto indigno le denominan pecado; otros lo calificarán como falta de conciencia ética; o lo llaman despilfarro; u obscenidad… Llámesele como se le llame, lo cierto es que es una iniquidad como la copa de un pino.

Sin embargo, aún culpables, nos resulta fácil, como decía antes, apuntar entretanto con el dedo a tal o cual miembro del club de la Alta Costura por el disparate de los 70.000 euros por vestido. O rasgarnos, valga la redundancia anticipada, las vestiduras cuando conocemos lo que paga tal o cual club de fútbol por un fichaje estrella. O escandalizarnos por la especulación de los coleccionistas de arte contemporáneo, que pagan lo que no está escrito por tal o cual pieza de un Pollock o un Rothko. No discuto que todas estas desmesuras cantan; cantan y mucho.

Pero lo que quiero señalar también es que todos estos ejemplos son una diana moral muy evidente, fácilmente detectable, por desaforada: demuestra lo que el ser humano, cuando se doctora en estulticia, puede llegar a prodigar. Como digo, son ejemplos con los que es muy fácil ensañarse. Sin embargo, creo que debemos dar un paso más: me parece que la conciencia ética, si quiere ser en verdad crítica, coherente, sincera, debe empezar por analizarse a sí misma en las cosas cotidianas, menudas, pequeñas en apariencia pero inmensas en significado. La comida es una de esas cosas. La comida nos rodea por todas partes, está omnipresente, y ello es así porque vivimos (aún) en una sociedad opulenta: la comida es parte del paisaje cotidiano: brota como por ensalmo de gasolineras, máquinas expendedoras, tiendas, centros comerciales, hipermercados, calles, plazas, carteles publicitarios, pantallas de plasma en 3D… no tenemos más que alargar la mano para cogerla. Sin embargo, la comida en sí, como concepto, por satisfacer la más primaria y elemental de las necesidades fisiológicas, por ser un bien no universal del que todos los seres humanos pueden disfrutar, por el esfuerzo humano que supone su cultivo, su crianza, su elaboración, es una materia que se eleva a una entidad simbólica y ética muy especial, casi sagrada. Por eso, queridos lectores, creo que, para empezar, es ahí es donde a ustedes y a mí nos corresponde preguntarnos en qué medida somos copartícipes de la vergonzante cifra de los 11.000 millones arrojados a la basura.

Como habrán comprobado, he empezado hablando en este post de ALTA COSTURA y al final he derivado hacia los yogures que tiramos a la BASURA. Por eso, con todo cariño, les apelo a ustedes, queridos lectores, me apelo a mí mismo, ¡faltaría más! para que a partir de esta reflexión sobre la comida que arrojamos al sumidero recuperemos valores imprescindibles para construir un mundo mejor; valores que (se lo adelanto ya) riman entre sí, con rimas fáciles, sencillas, como de poemita de Gloria Fuertes, pero que, quizá por su inocencia, son también rimas útiles: les hablo de valores y de rimas como TEMPLADURA, LECTURA, MESURA CULTURA, e incluso, si me lo permiten, ya que estamos y por hacer una analogía barata con el mundo de los trapos elevados a la categoría de arte abstracto, CORDURA: ALTA CORDURA

  • Recuerdo que hubo un tiempo en el que los valores eran bien distintos; algunos, ciertamente, y como bien dice usted, rimaban con "cordura", en el buen sentido; otros no tanto, pero nunca llegaron al extremo. Los valores de los que hoy se hace gala son completamente diferentes, de estos no tengo ningún recuerdo, siempre hubo excepciones, cierto, pero lo que está ocurriendo ahora es realmente preocupante.
    17.05.2011 alias
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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