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Acorralados

14.10.2011 | 1 Comentarios
blog albelda ugandeses

Uganda. Uno de los 37 países de África donde la homosexualidad es considerada delito. Es el drama que denuncia el reportaje de la BBC “El peor sitio del mundo para ser homosexual”, que ha emitido esta semana Treinta Minutos. Nos referimos sólo a África, pero si nos damos una vuelta por las teocracias de corte islámico del Medio Oriente, y aún más allá, por Asia, la situación es tan escalofriante o más que en Uganda: Irán, Arabia Saudí, Siria, Pakistán, China, Corea del Norte, Malasia… La lista de técnicas represivas es inagotable: azotes, penas de cárcel, muerte, delaciones constantes, tortura, vejaciones…

Cuando decimos represión de “homosexuales”, podríamos decir también represión de “minorías étnicas”, “disidencias políticas” o “credos diferentes”.
La cosa es no respetar al otro.

Si lo pensamos bien, con la salvedad del continente americano, Europa, Israel, Oceanía y algunas excepciones notables de Asia, la persecución del de enfrente, del diferente, de aquel que se percibe como una amenaza, es la principal regla de juego de la vida cotidiana en buena parte del ancho mundo. De los casi 6800 millones de seres que poblamos la Tierra, más de dos tercios de los mismos juegan a sojuzgar al tercio restante. Lamentable.

Podrá decirse lo que se quiera de nuestra civilización occidental, (de hecho, como habrán comprobado a estas alturas de los post que escribo en “1 frame de 30”, soy regularmente autocrítico con muchos de los malos hábitos de nuestro estilo de vida), pero nuestro mundo de leyes y de respeto a los derechos humanos basado en democracia, es, hoy por hoy, aún con sus defectos, la única alternativa razonable y deseable sobre el horizonte; la única alternativa para distanciarnos del abismo.

Y es que el abismo es muy pero que grande, y también, desgraciadamente muy atractivo para según qué naturalezas humanas propensas a la intolerancia y a la furia liberticida.

No lo duden. La libertad, a poco que nos descuidemos, se convierte en especie en peligro de extinción. Se convierte en un animal acorralado.
Este asedio a la libertad, -libertad teórica o libertad ejercida en la práctica-, sucede no tanto porque un determinado grupo de poder o un colectivo de tal o cual ideología conspiren desde la sombra para hacerse con el control del mundo tal y como hacen los malos malísimos de las películas de James Bond o los perturbados sectarios de las noveluchas esotéricas de temática conspiranoica. Sucede, más bien, porque la naturaleza humana, en genérico, aquí, allí, arriba y abajo, es propensa al miedo. Y, como es bien sabido, un antídoto contra el miedo propio reside en el control del otro, en la represión del movimiento del otro, de su pensamiento, de su radio de acción; en la constricción de la libertad, en definitiva.

Para documentar con un ejemplo lo que afirmo sobre el cercenamiento de la libertad podríamos evocar ahora los celebérrimos versos, falsamente atribuidos a Bertold Bretch, de “primero vinieron a por los comunistas, (…) después a por los judíos, (…) luego a por los católicos (…)”; es lugar común hacerlo cuando se habla de los acosos y derribos al concepto de libertad y, en general, esa evocación es pertinente.
Pero, fíjense en lo que les digo: con todo, la persecución más peligrosa de la libertad no es la que se deriva del totalitarismo invasor o de la inacción cobarde ante una bota de hierro. Siendo terribles esos embates,  el verdadero cerco que repliega a la libertad a la fondo de la cueva, como si fuera un animal herido y acorralado, es el que deriva de nuestro consentimiento informado, de nuestra complacencia tácita, de nuestro entumecimiento y nuestro mal entendido respeto de todas las opciones posibles.

No señor. No todas las opciones de pensamiento que pueden pensarse en el ancho mundo son respetables. Perseguir y exterminar a un hombre o a una mujer por su credo, por su condición sexual, por su etnia o por su ideología, no es respetable. Quien asesina y aniquila a otro (por la causa que sea) no puede exigir respeto hacia su criminal visión del mundo porque, para empezar, no es ya que no me respete a mí, no es que no respete a sus víctimas; es que no se respeta a sí mismo.

  • Esto es algo que siempre ha escapado a mi entendimiento y me indigna profundamente. Ninguno de nosotros hemos pedido nacer de un determinado color o de un determinado sexo. Ninguno de nosotros hemos pedido criarnos en una determinada cultura o en un determinado país. Ninguno de nosotros hemos podido elegir nuestras experiencias ni nuestras creencias previas o cambiar lo que nos acontecía en un determinado momento. Los demás tampoco.
    23.11.2011 alias
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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