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5 litros

20.01.2012 | 0 Comentarios
Fotograma del reportaje 'Donar sangre, dar vida'

Sangre. No existe nada tan fácil y rápido de dilapidar como la sangre ajena: un asesino se levanta con el pie izquierdo, blande un arma contra otro ser humano y cinco litros del fluido más valioso que existe sobre la tierra se van por el sumidero. En 1 minuto. Así de sencillo y de terrible es nuestra finitud material. Así de banal es el mal.

Y lo mismo que destruir es más fácil que construir, dar vida es mucho más difícil que quitarla.

Hay personas que se toman muy en serio esta evidencia y, por eso mismo, deciden actuar.

No descubro la pólvora si les recuerdo que la sangre no se vierte únicamente por causa de la violencia homicida: leucemias, anemias congénitas, cirugías complejas, accidentes de tráfico y traumatismos heterogéneos son tan sólo algunas de las circunstancias que precisan de la generosidad de los donantes para proveer de sangre los hospitales.

Comenta un enfermo receptor de sangre, uno de los protagonistas del último Treinta Minutos, titulado “Donar sangre, dar vida”, que lo verdaderamente maravilloso de la donación es que cada litro de sangre recibida puede provenir de decenas, de cientos, de miles de ciudadanos anónimos que, sin conocerse entre sí, comparten el mismo principio ético: haz bien y no mires a quien.

Un donante de sangre, cualquier donante, por definición, –nada hay más obvio-, da. Pero da sin saber a quién da: lo mismo dona su sangre para salvarle la vida a un niño inocente en un quirófano que dona para prolongar la existencia a un malvado que ha salido malparado en mitad de una fechoría. Sin embargo, en esta particularidad del anonimato de los destinatarios de la sangre es donde reside, más aún, si cabe, el quid de la cuestión, lo verdaderamente admirable de la generosidad del donante. “Deseo serte útil, quiero que vivas, quienquiera que seas” parece querer decir el donante cada vez que ofrece su brazo para que le extraigan sangre.

Esto se llama ser consciente de una necesidad y de un problema, y ponerse manos a la obra para buscarle un remedio.

Sé que soy un plasta con lo de los ejemplos cinematográficos, pero no puedo dejar de rememorar una película que ya les citaba la semana pasada, “Dersú Uzala” (1975, Akira Kurosawa); en una secuencia preciosa, el anciano protagonista, Dersú, se dispone a reparar con ramas de árbol un refugio medio derruido en mitad de la taiga. El capitán del destacamento, intrigado, le pregunta a Dersú por qué se afana tanto en reparar un refugio que van a abandonar en unos minutos. Dersú le responde: “no es por mí, capitán; es por si alguien lo necesita cuando nos hayamos marchado. Si un caminante extraviado llega en mitad de una tormenta de nieve, sobrevivirá”. El capitán se queda admirado y reflexiona para sí: “Dersú tenía un alma tan grande que incluso se preocupaba por alguien al que ni siquiera conocía”.

Como digo, los donantes de sangre actúan igual que Dersú.

Hace falta sangre. Siempre hará falta sangre, porque la sangre, que es vida, es como la savia de un árbol del que todos los seres humanos somos ramas. Esta verdad puede parecer una metáfora barata y hasta una cursilería pero no por ello deja de ser cierta.

Porque, sépase, el donante de sangre, además de hacer el bien y de salvar vidas, da una lección al mundo con cada acto de generosidad, actos que se extienden más allá de su propia acción concreta, como una onda expansiva luminosa y creadora de alcance incierto pero magnífico.

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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