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¿Sale barato lo caro?

17.06.2011 | 1 Comentarios
comer

Chollo, ganga, oportunidad, saldo y ocasión. Pasen y vean nuestro frame de ésta semana: ejemplos de cómo sobrevivir a la crisis mediante el ahorro, la inteligencia, la imaginación y, ¿por qué no?, la astucia benigna (siempre dentro de los límites éticos de la ley, claro). Nuestro Treinta Minutos de esta semana, “¡Vaya chollo!”, es un completísimo recetario de ideas originales para capear el temporal y llegar a fin de mes en tiempos difíciles en que cada euro, de más o de menos, cuenta.

Como es natural, nada que objetar a la ignota ciencia derivada del bello arte de rastrear cupones de ofertas varias, conseguir gangas de coches a mitad de precio, localizar viajes otrora imposibles de planificar -hoy a un tercio de su coste- o inventar cualesquiera estratagemas que nos permitan salir más o menos indemnes de la tormenta.

Ninguna objeción, por tanto, a la pericia en venta ágil, a las compra inteligentes, al comercio libre y concurrente que, en definitiva, siempre redunda en una mejora de la competencia y en un aumento de la excelencia.

Dicho este, quiero reflexionar sobre un aspecto que no acaba de encajarme como consumidor y potencial ahorrador. No, no se imaginen que lo que me inquieta es conocer la solución a la eterna disyuntiva de si, a la postre, sale caro lo barato. El debate sobre esta incógnita, tan irresuelta como el misterio de los Moái de Pascua, la reservo para mejor ocasión.

No es eso, no.

Lo que me inquieta es, justamente, lo contrario; un enigma mucho más escurridizo. Sin más prolegómenos: ¿sale barato lo caro? Dicho está.

“¡¡Cómo dice!! ¿Ha perdido el juicio este bloguero?”, escucho a mi espalda: “¿Es que acaso está usted abogando, con la que está cayendo, por otra subida de precios?”.

Tranquilos; este humilde bloguero no se ha vuelto loco.

En mi pregunta con retruécano, aparentemente absurda y aparentemente formulada en detrimento del bolsillo del sufrido ciudadano, subyacen unas gotitas de mala uva, pero no en el sentido en el que ustedes podrían temer sino, más bien, en el contrario.

Verán. En realidad, lo que quiero cuestionar cuando me pregunto si sale barato lo caro es por qué, en no pocas ocasiones y siempre después del pertinente lavado de cerebro de la mercadotecnia más sofisticada, tenemos los consumidores la sensación de que algunos productos caros merece ser caros, está bien que sea caros, no es mala cosa que sean caros; más aún, querría averiguar por qué esos caros productos a los que me refiero se convierten en apetecibles objetos de deseo precisamente por eso, por ser caros.

Que conste que algunos de los productos caros carísimos a los que aludo (coches, teléfonos, cafeteras, cremas cosméticas, antioxidantes de laboratorio…) no justifican su exorbitante precio a causa de una supuesta exclusividad: no la tienen porque se trata objetos clonados por millones de unidades y para millones de consumidores; tampoco pueden escudarse detrás de la coartada del elevado coste de sus rarísimos componentes, porque estos componentes son plástico y silicio en un 90 por ciento.

“La inversión de las marcas en I+D tiene un precio”, se argumenta desde la industria. “Y el diseño también se paga, ¡qué diantre!”, se insiste. “Luego está la publicidad, la distribución, ¿sabe usted algo de esto, querido bloguero? La cosa es más compleja de lo que parece a simple vista. Cuando algo cuesta tanto… es porque lo vale”.

Ya. Y, cuando el río suena, agua lleva.

Tópicos.

Qué quieren que les diga. No me convencen esos argumentos como únicas justificaciones del sobrecoste. El matrimonio del diseño y la tecnología no puede ser la excusa que eleve la categoría de un objeto, de interesante o simplemente útil, a excelso. Tampoco puede el sobrecoste achacarse a los gastos de publicidad, que no añaden ni una sola bondad o cualidad al producto final.

Pero, ¡basta! Porque no quiero aquí cuestionar la lógica de los fabricantes: es natural que traten de obtener el máximo beneficio.

Lo que quiero sí cuestionar es el criterio un tanto masoquista que a veces tenemos los consumidores cuando asociamos indefectiblemente lo caro con lo bueno. Cuestiono el que rebajemos nuestro juicio crítico cuando adquirimos un producto caro, como si el precio elevado eliminara los defectos y carencias del producto, que siempre existen. Cuestiono la disonancia cognitiva que nos invade cuando estamos a punto de hacer la compra, o cuando ya la hemos hecho, y tratamos de racionalizar y justificar el elevado desembolso persuadiéndonos de que, en realidad, hemos hecho lo correcto. Cuestiono el que nos engañemos a nosotros mismos pensando que los productos caros durarán más, serán más resistentes al inmisericorde paso del tiempo, nos harán más felices o nos conferirán, por el mero hecho de poseerlos, cualidades mágicas que nos hagan volar o soñar mejor, ser mejores personas, ser más queridos, más guapos, más listos, más sanos, más fuertes, más jóvenes, más…

Tal es la distorsión y la distancia con la que a veces percibimos la relación calidad-precio que me pregunto si, en nuestro alejamiento del sentido común, no hemos acabado por pensar que lo bueno, si caro, dos veces mejor. O como decía antes: como sigamos así pronto opinaremos que, después de todo, lo caro sale barato.

  • Creo que esto se suele pensar al adquirir un producto que se sale un poco de nuestro presupuesto, quizá a modo de excusa ante nosotros mismos por dicho gasto, quizá por otros motivos, pero lo cierto, y curioso por otra parte, es que este pensamiento nunca se verbaliza, ¿será por miedo a que este argumento se desmorone nada más hacerlo?
    18.06.2011 alias
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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