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¿Dónde están, que no los veo?

17.11.2010 | 0 Comentarios
ovni_antiguo

 

Porque me parece entrañable, congelo el frame de un platillo volante, tosco y poco convincente como astronave intergaláctica, pero suficientemente sugerente, y hasta tierno: todo sea para darle alas a mi imaginación de cinéfilo aficionado al género de ciencia ficción. Como no podía ser de otra forma, el frame pertenece al reportaje de esta semana de Treinta Minutos titulado “Ovnis: ¿vienen o no?”, una revisión crítica del asunto de los avistamientos de platillos volantes y demás objetos flotantes de procedencia supuestamente alienígena. Se trata de un fenómeno social y mediático ciertamente menguado de unos años a esta parte: ¿dónde –díganme-, dónde ha ido a parar la credibilidad de los testimonios de las personas que, por cientos, por miles, ¡por decenas de miles!, afirmaban, hace sólo un par de décadas, haber sido abducidas por naves extraterrestres? Si no comulgan con mi escepticismo, contéstenme, por favor, a otra pregunta: ahora que todos llevamos una cámara –o dos- de fotos en el móvil: ¿cómo es posible que nadie en todo el mundo, repito, nadie ha sido aún capaz de coger, de atrapar “in fraganti”, una instantánea decente de alguna que otra avanzadilla de naves procedentes del espacio exterior?
 
 
“¿¿Cómo que nadie?? ¡Antes de hablar, infórmese, bloguero ignorante; aunque sea por un mínimo sentido de la profesionalidad, mire usted en youtube: vídeos de ovnis los hay por docenas!” -me gritan, tirándose a morder a mi cuello de periodista “mainstream” quienes investigan el fenómeno.
 
 
Reconozco que vídeos, más o menos extraños, –algunos de ellos burdos fraudes-, sí que hay; y admito también que existen fotografías en las que aparecen luces y sombras, instantáneas mágicas donde se entrevén formas y volúmenes de objetos que flotan en los cielos, objetos que no han sido explicados. Admito, pues, lo sugerente que es el misterio y las incógnitas que despliega éste tras de sí; pero sé muy bien que, con el misterio, surgen inevitablemente las ganas locas de que aquello que fue vislumbrado subjetivamente en la penumbra de la medianoche se convierta, al despuntar el alba, en una verdad incontestable y universal. Seamos serios. Con todos los respetos, existen demasiadas “equis” (con o sin eXpediente) sin despejar en la ecuación, pero, de ahí, a decir que todos esas neblinas vaporosas, que todas esas refracciones de luz –las describa quien las describa, ya sean pilotos, granjeros, oficinistas o peritos en lunas- sean pruebas sólidas de que nos visitan inteligencias extraterrestres…
 
 
¡No, no y mil veces no!: las pruebas no son tan incontestables como desearían los ufólogos y, desde luego, en solidez y calidad, tampoco esas pruebas son directamente proporcionales a la profusión de testigos que, desde finales de los años 40, pronunciaron, pronuncian  y –previsiblemente- pronunciarán la misma frase: “¡han llegado, yo los he visto!”.
 
 
Porque esta es la verdadera clave de bóveda del misterio: que tantas y tantas personas de buena fe afirmen haber visto algo. Descontemos los testimonios de los caraduras, que proliferan; de los mentirosos por lucro y notoriedad, que también abundan; y de los alucinados, que tampoco escasean… Descartados todos estos sujetos, reconozco que, en mi experiencia como periodista, he escuchado algunos relatos de personas honestas -y presumiblemente en su sano juicio-, convencidas de que lo que vieron “aquella noche” era una nave espacial. Acepto que no mienten, pero me pregunto si lo que vieron era realmente lo que creyeron ver.
 
 
La mayoría de los escépticos que cuestionan el fenómeno ovni piensan que todo este tinglado empezó con el cine. Hablo de los avistamientos masivos de luces, de los dedos apuntando hacia el cielo (al principio, un cielo mayormente norteamericano) y de las naves con forma de platillo; sí, amigos y amigas blogueros: fue Kenneth Arnold, un piloto estadounidense, quien, en 1947, acuñó el término “platillo” después de un agitado vuelo en el que presuntamente jugó al gato y el ratón con varias esferas flotantes: “¡tenían forma de platillos y eran tan delgadas que difícilmente podía verlas!”, contó Arnold cuando de nuevo piso tierra.
 
 
-¡Mmm! ¿Así que platillos volantes, “flying saucers”, dice usted? –se interesaron con avidez los periodistas hambrientos de titulares que interrogaron a Arnold.
 
 
“Flying saucers”. Sonaba bien.
 
 
Tan bien sonaba, que Hollywood -se lo avanzaba a ustedes un par de párrafos más arriba- no quiso desaprovechar el filón. El resto, ya es historia: un aluvión de películas, como “El hombre del planeta X” (Edgar G Ulmer, 1951), “El enigma de otro mundo” (1951, Christian Nyby), “Invasores de Marte” (1953, W.C. Menzies), etcétera, etcétera, y así, hasta llegar a “Encuentros en la Tercera Fase” (1977, Steven Spielberg), “E.T.” (1982, Steven Spielberg), “V”(1983, serie de TV), “Expediente X” (1993-2002, serie de TV) y todo lo que ha ido desencadenándose hasta el presente. ¿Me eximen ustedes –por caridad- de tener que continuar con la lista de ejemplos cinematográficos y televisivos?
 
 
Gracias.
 
 
A lo que iba: dicen los escépticos –y yo me subo con ellos al carro de su argumento- que la causa efecto del fenómeno ovni (considerado éste desde una perspectiva sociológica) es así de simple: cuanto más cine se proyecta sobre platillos volantes, más avistamientos se producen en el mundo real. Sumen a esta ecuación otros condimentos indispensables para entender el auge del asunto en los años 50 y 60: Guerra Fría, miedo enfermizo a los enemigos infiltrados, terror al arma atómica, proliferación de la literatura fantástica impresa en publicaciones “pulp”…
 
 
Una bonita ensalada, vamos: lista para ser digerida (mal).
 
 
[lo que me pregunto yo –por ponerme un momento del lado de los “creyentes” en los platillos volantes- es por qué, si los ovnis son derivaciones sociológicas de lo que se proyecta en las pantallas de cine, no se han producido igualmente avistamientos masivos del Frodo de El Señor de los Anillos, del Atreyu de la Historia Interminable o de la Hermione de Harry Potter].
 
 
Parece que, cuando queremos, los seres humanos sabemos distinguir perfectamente entre realidad y ficción.
 
 
Por otra parte, quienes atacan el fenómeno ovni aducen otras explicaciones adicionales para aclarar el misterio del mismo: globos sondas, aeronaves secretas de los ejércitos, fenómenos atmosféricos, efectos ópticos…
 
 
Yo, en todo este asunto de los platillos sí platillos no, -se lo he avanzado antes- soy escéptico; pero, aún siéndolo, considero también que hay algo en todo este embrollo que no me encaja: ¿qué necesidad tienen tantas personas honestas, mentalmente sanas, de complicarse la vida contando que han visto lo que dicen que han visto, desprestigiándose a sí mismas, perdiendo muchas veces su consideración social, su credibilidad e, incluso, su trabajo.
 
 
El gran psiquiatra y psicólogo Carl Gustav Jung, interesándose por el fenómeno al final de su vida, llegó a formular una interesante hipótesis: los avistamientos masivos de todo tipo (lejanos, cercanos, de contactados, de abducidos) podían ser manifestaciones de arquetipos del inconsciente colectivo. Bueno –afirmo yo ahora-: como hipótesis, no estuvo mal; después de todo, la explicación de Jung era el mejor intento científico para que todos quedásemos contentos. Lo cierto es que, recientemente, esta explicación de Jung, convenientemente maquillada, ha dado mucho juego a ciertos ufólogos e investigadores que, observando cómo el fenómeno se iba desinflando y empezaba a oler a rancio con el paso de los años, han preferido decir “Diego” donde años atrás dijeron “Digo”, y se han salido por la tangente: los ovnis –reniegan muchos de los modernos “investigadores”- no serían naves de procedencia extraterrestre, sino alucinaciones colectivas, fantasías compartidas derivadas del contexto sociocultural; o experimentos de control mental realizados por servicios secretos extranjeros; o fraudes masivos coordinados por oscuros grupos de poder con intereses ocultos…
 
 
¿Alguien de ustedes, queridos lectores, quiere elevar la apuesta? ¿Se les ocurre alguna otra hipótesis o explicación mejor? ¡Hagan juego!
 
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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