Se cumplen cuatro años de la invasión de Iraq, una operación militar dirigida por Estados Unidos y respaldada por medio centenar de países de todo el mundo, entre ellos España. Tras el 11-S, el presidente Bush exigió a Sadam Husein que demostrara que se había desecho de todas sus armas de destrucción masiva. El dictador iraquí respondió con un desafío, que acabó desencadenando el conflicto.
Durante más de una década, Iraq estuvo jugando al gato y el ratón con la comunidad internacional, incumpliendo los compromisos adquiridos tras su derrota en la primera Guerra del Golfo, en 1991.
Los brutales atentados del 11 de septiembre de 2001 pusieron sobre la mesa el peligro que representaba la posesión de armas de destrucción masiva en manos de los llamados "países irresponsables".
Tras la rápida caída del régimen de los talibanes en Afganistán, la Administración Bush fijó un nuevo objetivo: Iraq.
Presentó una amplio catálogo de pruebas para justificar la intervención. Fue sumando apoyos para cercar a Sadam
El 8 de noviembre de 2002, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó por unanimidad la Resolución 1.441, que daba a Iraq "una última oportunidad para cumplir con sus obligaciones de desarme". Si no, amenazaba con "serias consecuencias".
Las posteriores inspecciones internacionales determinaron que Bagdad seguía sin colaborar. Los acontecimientos se precipitaron.
Francia y Rusia, ambos con grandes intereses petroleros en Iraq, abanderaron el bloqueo en la ONU a una invasión. Estados Unidos consideró que la Resolución 1.441 daba cobertura legal a sus planes.
El ruido de sables era a esa altura ensordecedor.
El 16 de marzo de 2003, las Azores fueron el escenario del ultimátum a Sadam. George Bush, el británico Tony Blair, el portugués Durao Barroso y José María Aznar pusieron cara a la coalición reunida para poner fin a la amenaza iraquí.
Un total de 49 países conformaron la alianza. Más de 300.000 soldados tomaron parte, el 90% estadounidenses.
España envió 1.300 soldados, con una misión fijada muy claramente por el Gobierno de Aznar: contribuir a la estabilización y reconstrucción de Iraq tras la caída del régimen de Sadam.
En las provincias sureñas de Qadisiya y Nayaf fijó su base la Brigada Plus Ultra, compuesta, además, por 1.200 soldados centroamericanos. Todos ellos bajo mando polaco.
Desde el primer momento, trabajaron por ganarse la confianza de los habitantes de la zona, de mayoría chií, una comunidad religiosa muy castigada por Sadam.
Reconocida fue, igualmente, la labor humanitaria del buque Galicia, anclado en el puerto de UM QASAR. El hospital de campaña abierto al sur de Basora también se convirtió en un referente sanitario en la zona.
José Luis Rodríguez Zapatero ordenó unilateralmente la retirada de las tropas el 18 de abril de 2004, en su primera gran decisión como presidente. Dos meses después, el 27 de junio, no quedaba ya ni un soldado español en Iraq.